Durante siglos, la idea de “destino” ha sido concebida como una sentencia inmodificable: lo que nos ocurre estaría determinado por la herencia, el pasado o la voluntad de fuerzas externas. Sin embargo, tanto la neurociencia contemporánea como las grandes tradiciones espirituales coinciden en un punto esencial: el ser humano no es un sujeto pasivo en la construcción de su historia; puede influir, de manera real y responsable, en el rumbo de su vida. Paramahamsa Yogananda lo expresó con claridad al afirmar que el destino representa los efectos de decisiones pasadas, pero que estos pueden transformarse mediante el uso consciente del libre albedrío. Desde esta visión, no se niega el peso del pasado, sino que se reconoce la capacidad humana de responder de otro modo en el presente. En Psicología, podríamos decir que los condicionamientos existen, pero no son absolutos. La conciencia y la voluntad pueden intervenir sobre ellos. Yogananda enseñaba que cuando la voluntad humana se alinea con una voluntad superior —no como imposición externa, sino como coherencia ética, con sentido y propósito— es posible “quemar” las semillas kármicas antes de que se manifiesten.
Jesús de Nazareth, desde otro marco espiritual, repetía con frecuencia: “Tu fe te ha salvado”. Más allá de la interpretación religiosa, esta frase señala un fenómeno conocido por la Psiquiatría: el impacto de las creencias sobre la salud mental y física. La fe, entendida como convicción profunda y esperanza activa, puede movilizar recursos internos que cambian la forma en que una persona enfrenta la enfermedad, la pobreza o la adversidad. No se trata de negar la realidad, sino de modificar el estado de conciencia desde el cual se la vive, lo que puede producir cambios significativos en la conducta, la adherencia a tratamientos y la calidad de vida. La idea de “renacer”, tan presente en el mensaje de Jesús, sugiere que no estamos condenados por nuestro linaje, errores pasados o condiciones sociales. Desde la Psiquiatría, esto se traduce en la posibilidad de reconstruir la identidad: una persona no es su diagnóstico, ni su historia traumática, ni las etiquetas que ha recibido. Eso quiere decir que siempre existe la posibilidad de reorganizar el sentido de sí mismo y abrir un nuevo capítulo vital.
La ciencia moderna ha comenzado a aportar evidencia a esta intuición ancestral. Si bien durante décadas se creyó en el determinismo genético: la idea de que el ADN fija de manera rígida nuestro destino biológico y psicológico, la epigenética ha desmontado este mito. Hoy sabemos que los genes no actúan de forma aislada; necesitan ser activados o silenciados por factores ambientales y psicológicos. Pensamientos, emociones, dieta, relaciones y entorno funcionan como verdaderos interruptores biológicos. Modificar el destino no significa prometer milagros inmediatos ni negar las dificultades reales; significa asumir, con humildad y responsabilidad, que cada acto de conciencia, cada decisión y cada cambio interno tiene el poder de abrir posibilidades nuevas. Entre la herencia y el futuro existe un espacio decisivo: el presente, y en él, nuestra capacidad de elegir.
Uriel Escobar Barrios, MD


