He leído con atención las voces que alertan sobre el riesgo del totalitarismo. Y comparto esa alerta sin reservas. Todo Estado que pretenda poder absoluto, sin división de poderes, sin libertad de prensa, sin respeto a la vida, la familia y la conciencia, es peligroso. Sea de izquierda o de derecha. El totalitarismo no tiene color político. Tiene método: anular al individuo y convertirlo en número. En eso no podemos ceder. Autoridad; respeto por la diferencia pero respetando la legalidad; educación libre de adoctrinamiento anárquico ; acceso a la salud Y empleo digno .
Hannah Arendt nos dejó una advertencia para siempre: «la banalidad del mal». El mal no siempre llega con botas. A veces llega cuando el funcionario deja de pensar, deja de preguntarse si lo que hace es justo, y solo obedece un manual de funciones a medias y se limita a cobrar su mesada o su palada por hacer no hacer .Por eso defender la libertad de conciencia y el pensamiento crítico es el primer deber de una democracia sana.
Sin embargo, creo que el debate se pierde cuando pasamos de criticar ideas a insultar personas. Cuando llamamos con apodos vulgares al adversario, ganamos aplausos de los nuestros pero perdemos al ciudadano que está en el centro, al que duda y quiere escuchar razones. Y cuando generalizamos diciendo que todo socialismo es Stalin y todo capitalismo es explotación, cometemos una injusticia. Los matices existen. Hay capitalismos con regulación ética que han sacado millones de la pobreza. Hay socialismos democráticos que mantienen empresa privada y protegen salud y educación. El problema no es la etiqueta. El problema es cuando cualquier sistema pone la ideología por encima de la persona.
Yo no vengo a defender un «ismo». Vengo desde el ejercicio del poder con pensamientos cristianos. Vengo de la mirada de Jesucristo, que no repartió solo pan, sino dignidad. Que no creó dependencia, sino discípulos capaces. Su modelo fue simple y revolucionario: facilitar condiciones para que el más débil se levante. Multiplicar panes, sí, pero también enseñar a pescar, restaurar al caído, devolverle su nombre.
Y aquí quiero hacer un alto para recuperar la voz de un gran colombiano: Álvaro Gómez Hurtado. Desde los años setentas Álvaro Gómez planteó el desarrollismo como camino serio para Colombia. Su tesis era clara y valiente: «Crecer antes que repartir». Argumentaba que en una economía empobrecida, aplicar políticas de equidad sin riqueza previa solo servía para repartir miseria. La prioridad era agrandar la torta económica.
Para Gómez Hurtado, el empleo formal y productivo a través del desarrollo industrial era la única forma verdaderamente sostenible de romper el ciclo de la pobreza. Criticaba el asistencialismo y la intervención populista del Estado que ahoga la inversión privada, porque sin inversión no hay empresas, y sin empresas no hay trabajo. Abogaba por una inserción global, apertura económica medida y acorde con las posibilidades del país. sectores productivos competitivos, atracción de inversión y modernización.
Esa fue la columna vertebral de sus campañas presidenciales, especialmente en 1974. Se enfrentó a liberales y a la izquierda que lo acusaban de insensible. Pero él respondía: no es insensibilidad, es pragmatismo. Primero hay que generar riqueza con trabajo para que después haya qué repartir con justicia. Los archivos de Portafolio y El Tiempo guardan esos debates porque siguen vigentes hoy.
Ese desarrollismo de Álvaro Gómez encaja perfecto con el socialcristianismo que yo defiendo. Porque Jesús también multiplicó antes de repartir. Primero creó condiciones, después alimentó a la multitud. Primero dio herramientas, después dio pan. Desarrollo con rostro humano. Riqueza que nace del trabajo, no de la deuda.
Por eso mi propuesta tiene cuatro soportes firmes. La primera es el empleo digno como base de todo. Génesis 2:15 dice que Dios puso al hombre para labrar y cuidar. El trabajo no es castigo. Es sacramento. Es camino de dignidad. La política pública no puede quedarse en subsidio eterno que encadena. Tiene que construir escalera: capacitación técnica del SENA, acceso a microcrédito sin tanto papel, seguridad jurídica para que el tendero, la madre cabeza de hogar, el migrante, puedan formalizar y crecer sin miedo a que el Estado los aplaste. Como decía Gómez Hurtado: el empleo es el motor social.
La segunda columna es el principio de autoridad que sirve. Romanos 13 nos habla de autoridad, sí. Pero Juan 13 nos muestra a Jesús lavando pies. Autoridad sin servicio se vuelve tiranía. Servicio sin autoridad se vuelve caos. Necesitamos leyes claras, instituciones fuertes, división de poderes. Necesitamos respetar la jerarquía, porque sin paraguas no hay orden. Pero ese paraguas debe proteger, no golpear. Autoridad que cuida la diferencia, porque cada ser humano es único. Genética distinta, historia distinta, realidad distinta. La unidad de una nación no es uniformidad. Es familia con diferencias.
La tercera coluna es el respeto radical por el otro. Se puede tener convicción firme sobre la vida desde la concepción, sobre la familia, sobre la libertad religiosa, sin caer en xenofobia, sin racismo, sin gritar. El mandamiento es amar al prójimo. Y el prójimo incluye al que vota diferente, al que piensa diferente, al que llegó de otro país buscando pan. Respetar no es relativizar. Es reconocer que delante de Dios todos tenemos el mismo valor.
Y aquí viene la cuarta columna, que para mí es urgente: recuperar los principios y valores en las escuelas y colegios, con respeto por Dios. No podemos permitir que las aulas se vuelvan campo de batalla ideológico o de vandalismo. La escuela no es para adoctrinar. La escuela es para formar personas integras.
Volvamos a llevar a los colegios las cátedras de principios y valores. Que el niño aprenda desde pequeño el respeto a la vida, el respeto al mayor, el valor de la palabra dada, la honestidad, el trabajo, la gratitud a Dios. Sin imponer religión, pero sí reconociendo que Colombia es una nación que cree, que ora, que se encomienda a Dios antes de empezar el día. Sacar a Dios del aula es dejar al estudiante sin brújula. Y un joven sin brújula es presa fácil de cualquier ideología que le prometa cielo, pero le entregue caos.
Álvaro Gómez, después del desarrollismo, planteó el Acuerdo de lo Fundamental. Decía que antes de pelear por el modelo económico, Colombia necesitaba ponerse de acuerdo en lo básico: respeto a la vida, a la libertad, a la propiedad, a la familia, a las instituciones, a Dios. Un mínimo ético no negociable. Sin ese acuerdo, cualquier modelo económico se tuerce. Con ese acuerdo, hasta las diferencias se vuelven productivas.
Ese Estado ideal que él soñaba coincide con lo que propone el socialcristianismo: no un Estado total que lo controla todo, ni un mercado salvaje que abandona al débil. Sino un Estado al servicio de la persona, que garantiza lo fundamental, estimula el desarrollo, genera empleo y forma ciudadanos con principios desde la escuela.
Por eso, cuando hablamos de agendas globales como la Agenda 2030 o las conversaciones en México, Brasil y otros países, propongo que todo colombiano aplique tres filtros ciudadanos. Primero, el filtro de la persona: ¿esta agenda protege la vida desde la concepción, la libertad de los padres para educar a sus hijos, la libertad religiosa y el derecho a enseñar principios en la escuela? Segundo, el filtro del empleo: ¿genera trabajo formal, empresa, producción, o solo burocracia y dependencia? Tercero, el filtro de la soberanía: ¿respeta que Colombia decida según su Constitución y su cultura, o impone desde afuera? Si una agenda pasa esos tres filtros, se debate y se mejora. Si falla, se corrige con democracia y argumentos. Nunca con insulto.
No le tengo miedo al socialismo ni al capitalismo. Le tengo miedo a cualquier sistema que olvide que el ser humano es imagen de Dios. Le tengo miedo al poder sin servicio. Le tengo miedo al grito con vandalismo : Le tengo miedo a una escuela sin principios. Y si queremos Una patria con seguridad física , tributaria, jurídica y próspera es lo que merecemos .
Si ponemos a Dios en el centro, al vulnerable en el corazón, recuperamos lo mejor del desarrollismo de Álvaro Gómez y lo unimos al Acuerdo de lo Fundamental, y volvemos a sembrar ; a soñar ; a tener a las familias como el eje de la sociedad; valores en las aulas, no necesitamos pelear por etiquetas. Necesitamos construir. Necesitamos fábricas, carreteras, crédito para el pequeño, seguridad jurídica para el que emprende, maestros que formen no que adoctrines ; personas como carácterny decencia ;y familias que crean.
Ese es mi contribución;Ese es mi llamado. Porque la Colombia que yo vi como Veedora en los consulado, haciendo fila una semana entera para votar, no quiere más peleas. Quiere dignidad. Y la dignidad empieza con trabajo, con principios y con Dios.
_»Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás será añadido» Mateo 6:33_
Bastará que se nos gobierne con la constitución y vocación; y así ganamos todos. Bienvenida la era del tigre.
*Asesora legal extranjera y especialista en cultura migratoria.



Buen día Doctora Elsa Gladys. Gran escrito.
El tema de Colombia es el sistema de pillaje que ha existido, existe y espero no siga existiendo, con relación a las decisiones para el bien pueblo Colombiano y que no dejan su libre curso para la prosperidad.
Colombia se está uniendo ante esta declaración de guerra por parte del futuro mandatario, con un triunfo cargado de escándalos e insostenible a priori por su falta de experiencia al hablar y creo que no va ser capaz de gobernar con esa postura de grandeza como si fuera Nerón.
Ya se ha pasado del irrespeto al menosprecio de una nación que pudo ver la otra orilla de la vida digna, a pesar de tanto sabotaje que tuvo que enfrentar el actual mandatario, perjudicando sin lugar a dudas a las mayorías de nuestra nación.
Tengo fe que algo bueno va a pasar antes del 7 de agosto.
Feliz día Doctora Elsa Gladys.
Dra Elsa sus artículos son extraordinarios…y como decía Alvaro Gomez hay que restablecer el imperio de la ley…. ese debe ser también el postulado en cualquier gobierno