martes, febrero 24, 2026

THERIANS:  IDENTIDAD O CONFUSIÓN

OpiniónCulturaTHERIANS:  IDENTIDAD O CONFUSIÓN

La cultura contemporánea nos confronta con realidades nuevas que interpelan profundamente la comprensión de la identidad humana. Entre ellas aparece el fenómeno de los llamados Therians, personas que experimentan una identificación interior con algún animal, no en el plano biológico, sino en el ámbito simbólico, psicológico o espiritual. Este fenómeno suele estar vinculado a una corriente más amplia donde la autopercepción subjetiva se convierte en el criterio principal para definir quién se es. Ante esta realidad, la ética cristiana no puede responder ni con burla ni con condena simplista, sino con una síntesis de verdad y caridad.

El punto de partida de toda reflexión cristiana es la dignidad inalienable de la persona humana. El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y esa dignidad no depende de su estado emocional, de su percepción subjetiva ni de las categorías culturales del momento. Por ello, cualquier persona que viva una experiencia de identificación distinta merece respeto absoluto, escucha sincera y acompañamiento pastoral. La caridad cristiana excluye la ridiculización y la deshumanización.

Sin embargo, la ética cristiana no se reduce a la comprensión afectiva; está inseparablemente unida a la verdad sobre la naturaleza humana. La antropología cristiana afirma que el ser humano es una unidad de cuerpo y alma. Nuestra corporeidad no es un error ni una prisión, sino parte constitutiva de nuestra identidad. No somos conciencia flotante ni identidad maleable desligada de la realidad corporal. Desde esta perspectiva, la autopercepción subjetiva puede expresar experiencias profundas, heridas, búsquedas simbólicas o necesidades de pertenencia, pero no redefine ontológicamente lo que uno es. Sentir no equivale a ser.

Cuando la cultura absolutiza la autopercepción, corre el riesgo de desligar la identidad de la realidad objetiva. Si el “yo siento” se convierte en criterio supremo, la verdad se fragmenta y la identidad se vuelve inestable, dependiendo de estados internos cambiantes. La propuesta cristiana es distinta: la identidad no se inventa, se descubre; no se impone desde el deseo, sino que se acoge como don. La libertad auténtica no consiste en redefinir arbitrariamente lo que somos, sino en reconciliarnos con la verdad de nuestro ser.

Al mismo tiempo, la ética cristiana reconoce que muchas manifestaciones identitarias contemporáneas pueden estar asociadas a procesos psicológicos complejos, experiencias de exclusión o búsquedas simbólicas de fortaleza, protección o pertenencia. Por ello, el discernimiento pastoral es esencial. Acompañar no significa validar toda interpretación subjetiva como verdad última, pero tampoco implica desestimar el sufrimiento o la experiencia interior de la persona. Significa ayudar a integrar lo que se siente dentro de una visión más amplia de la dignidad humana.

La fe cristiana invita a la integración, no a la negación de la experiencia, sino a su purificación y plenitud. Si alguien se identifica simbólicamente con cualidades animales, fuerza, instinto, libertad, la pregunta ética no es reprimir esa vivencia, sino orientarla hacia una integración sana dentro de la propia humanidad. La plenitud humana no se alcanza desdibujando nuestra naturaleza, sino elevándola.

En definitiva, la ética cristiana ante la ideología de la autopercepción sostiene una doble fidelidad: misericordia hacia la persona y verdad sobre el ser humano. Toda persona es digna y merece respeto; pero la verdad antropológica no depende del sentimiento. En Cristo se revela la identidad más profunda del hombre: criatura amada, cuerpo y alma, llamada a la comunión con Dios. Solo cuando la persona se descubre desde esa verdad puede encontrar una identidad estable, no sujeta a fluctuaciones emocionales, sino fundada en el amor creador que la sostiene.

Padre Pacho

1 COMENTARIO

  1. Padre, es difícil entender estás nuevas actitudes de las personas; solo desde la caridad cristiana, reconocemos q deben tener vacíos muy grandes y total falta de Dios.

    Gracias, el artículo muy interesante.

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