La afirmación de que la metacognición constituye la forma más alta de inteligencia, por encima de la lógica, la memoria o la velocidad de procesamiento, se ha vuelto especialmente atractiva en el discurso contemporáneo porque conecta hallazgos reales de la neurociencia con una narrativa poderosa de transformación personal y evolución interna. Sin embargo, desde una mirada antropológica y científica rigurosa, esta idea requiere ser matizada para evitar simplificaciones conceptuales y extrapolaciones indebidas.
Es cierto que la neurociencia cognitiva ha mostrado que cuando un sujeto reflexiona sobre sus propios pensamientos, emociones o reacciones, se activan regiones del córtex prefrontal vinculadas con la autorregulación, la evaluación de la conducta y el control ejecutivo. Estos procesos permiten ajustar decisiones futuras, inhibir respuestas automáticas y aprender de la experiencia. No obstante, describir este fenómeno como un cerebro que “se reescribe a sí mismo en tiempo real” constituye más una metáfora pedagógica que una descripción científica precisa. La neuro plasticidad existe, pero no opera como un software que se reprograma instantáneamente; los cambios neuronales son graduales, dependen de la repetición, del contexto emocional, de la interacción social y del tiempo. El cerebro no corrige errores de manera neutral o automática, sino que reorganiza sus redes en función de experiencias cargadas de sentido.
Además, resulta problemático jerarquizar las capacidades cognitivas como si existiera una cima universal de la inteligencia. La lógica, la memoria, la velocidad mental y la metacognición forman parte de un sistema integrado e interdependiente. No puede haber reflexión sobre el pensamiento sin memoria, ni sin lenguaje, ni sin emoción. Elevar la metacognición como la forma “más alta” corre el riesgo de caer en un reduccionismo cognitivista que fragmenta lo que en la realidad funciona como una totalidad dinámica.
Desde la antropología, esta supuesta novedad evolutiva debe relativizarse aún más. La capacidad de observar el propio pensamiento no es un logro reciente del cerebro moderno, sino una práctica humana presente desde hace milenios en rituales, tradiciones espirituales, ejercicios éticos, narraciones autobiográficas y sistemas educativos. El ser humano aprende a mirarse a sí mismo no solo por activaciones neuronales, sino porque habita culturas que le enseñan cómo interpretar su interioridad. En este sentido, la metacognición no es únicamente un fenómeno cerebral, sino un hecho cultural, simbólico y relacional.
También es necesario precisar el uso del término “evolución”. Desde la biología, la evolución no ocurre en tiempo real en el individuo, sino en poblaciones a lo largo de generaciones. Lo que sí ocurre a nivel personal es aprendizaje, adaptación psicológica y reconstrucción del sentido del yo. Cuando alguien se pregunta por qué reaccionó de determinada manera, no está evolucionando biológicamente, sino reconfigurando su identidad, ampliando su margen de libertad frente a respuestas automáticas y reelaborando su narrativa vital. Se trata de una transformación profunda, pero más cercana a la antropología del sentido que a la evolución biológica estricta.
Finalmente, existe un riesgo ideológico en presentar la metacognición como un rasgo de superioridad humana o como una frontera entre quienes “evolucionan” y quienes “solo piensan”. Esta visión puede derivar en un narcisismo cognitivo que ignora otras formas de inteligencia humana, como la sabiduría práctica, la sensibilidad ética o la inteligencia relacional, que muchas veces se expresan sin una reflexión metacognitiva explícita. Pensar sobre el pensamiento no garantiza mayor humanidad, justicia o compasión; puede ser una herramienta de crecimiento, pero también de auto absorción o racionalización del ego.
En conclusión, la metacognición es una capacidad central para el aprendizaje, la autorregulación y la transformación personal, pero no constituye el punto culminante de la inteligencia humana ni una forma de evolución en vivo en sentido biológico. Comprendida desde una visión científica y antropológica, es una función emergente profundamente entrelazada con el cuerpo, la emoción, el lenguaje, la cultura y la historia compartida. Más que hablar de una evolución neuronal en tiempo real, resulta más honesto hablar de una responsabilidad humana en tiempo real: la capacidad de mirarse, interpretarse y decidir quién se quiere llegar a ser, no solo desde el cerebro, sino desde el sentido que se le da a la propia existencia.
Padre Pacho


