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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadUN DIOS QUE NO ENCAJA

UN DIOS QUE NO ENCAJA

 

La figura de Rudolf Bultmann sigue siendo incómoda porque tocó una herida real: la distancia entre el lenguaje bíblico y la mentalidad moderna. Su pregunta fue legítima y necesaria: ¿cómo anunciar el Evangelio en un mundo que ya no piensa con las categorías del mundo antiguo? El problema no estuvo en la pregunta, sino en el lugar desde donde respondió. Su propuesta de “desmitologizar” el Nuevo Testamento buscaba traducir el mensaje cristiano desde un lenguaje mítico, milagros, demonios, cielos e infiernos, hacia categorías existenciales comprensibles para el ser humano moderno: culpa, perdón, decisión, autenticidad, nueva vida. A primera vista, el gesto parece pastoral y razonable; en el fondo, sin embargo, encierra una decisión filosófica previa que condiciona toda la lectura.

Bultmann parece partir de una regla ya establecida: lo sobrenatural no cabe en el mundo moderno. Esa afirmación no nace del texto bíblico, sino de una concepción del mundo asumida de antemano. Y cuando eso ocurre, la Escritura deja de confrontar a la cultura para comenzar a justificarse ante ella. La modernidad se convierte en juez y la revelación en acusada. El Evangelio, en lugar de interpelar los límites de nuestra razón y nuestras seguridades, es obligado a encajar en ellas. Sin embargo, el Dios bíblico no se presenta como una idea compatible con todas las épocas, sino como una irrupción que quiebra marcos, desestabiliza certezas y juzga la historia. Cuando se le quita esa capacidad de incomodar, se le priva también de su fuerza reveladora.

El segundo problema es aún más profundo: la separación entre el significado y el acontecimiento. El cristianismo no nació como una reflexión existencial ni como una terapia espiritual, sino como el anuncio de acciones concretas de Dios en la historia. La fe bíblica no proclama solo que el ser humano puede cambiar por dentro, sino que algo ocurrió y que ese acontecimiento transforma la realidad. Cuando hechos centrales como la resurrección se reducen a símbolos de experiencia interior, el Evangelio pierde su columna vertebral. Deja de ser noticia para convertirse en interpretación, deja de ser anuncio para convertirse en discurso. Sin acontecimiento, el mensaje se vuelve frágil; sin historia, la fe se diluye en subjetividad.

La consecuencia pastoral de este desplazamiento es silenciosa pero profunda. Un cristianismo reducido a decisión interior es fácilmente compatible con todo, y precisamente por eso, incapaz de transformar algo. Se vuelve privado, inofensivo, emocionalmente útil pero históricamente irrelevante. Consola al individuo, pero ya no interpela a la sociedad. Ayuda a sentirse mejor, pero deja de proclamar una verdad decisiva sobre quién es Jesús y qué ha hecho. En ese escenario, Jesús ya no es el Señor que irrumpe y salva, sino un recurso espiritual más dentro del mercado contemporáneo de sentidos: inspirador, pero no absoluto; cercano, pero no exigente.

Esto no significa que Bultmann deba ser descartado sin más. Su aporte fue obligar a la Iglesia a tomarse en serio el desafío de comunicar el Evangelio en contextos modernos, y esa tarea sigue siendo urgente. El error no está en traducir, sino en confundir traducción con reducción. Interpretar no es neutralizar, y hacer comprensible el mensaje no equivale a vaciarlo de aquello que lo vuelve incómodo. Porque al intentar limpiar la Biblia para que encaje sin fricciones en la modernidad, se corre el riesgo de quitarle justamente lo que la hace Evangelio: que Dios irrumpe, actúa y salva.

La pregunta final, entonces, no es meramente académica, sino profundamente eclesial y existencial: ¿estamos traduciendo el Evangelio para que se entienda, o lo estamos recortando para que no incomode? Tal vez el día en que el cristianismo deje de incomodar sea el día en que haya dejado de anunciar al Dios vivo para convertirse solo en un eco amable de nuestras propias categorías.

 

Padre Pacho

 

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