UN PAÍS GODO EN TODAS SUS ESTRUCTURAS

OpiniónUN PAÍS GODO EN TODAS SUS ESTRUCTURAS

TORRE DE PAPEL

Los resultados electorales de esta jornada dejan una conclusión dolorosa pero imposible de ignorar: Colombia sigue siendo un país godo en todas sus estructuras.
No se trata simplemente de quién ganó o quién perdió. La democracia consiste precisamente en que cada ciudadano vote libremente por quien considere mejor. Ese derecho es sagrado y debe respetarse. Lo preocupante es preguntarse qué fuerzas moldean esa decisión y quiénes terminan definiendo el rumbo político de una nación que parece condenada a repetir su propia historia.
Durante cuatro años, el gobierno del cambio gobernó en medio de una resistencia permanente. Le bloquearon reformas, le sabotearon iniciativas, le enfrentaron desde los grandes poderes económicos, desde buena parte de los medios de comunicación y desde sectores políticos que jamás aceptaron que un proyecto progresista llegara a la Casa de Nariño.
A pesar de ello, dejó hechos concretos. Incrementos históricos del salario mínimo, ampliación de la educación superior pública, construcción y fortalecimiento de universidades, nuevas facultades de medicina, programas para adultos mayores, impulso a las energías limpias, obras de infraestructura, gratuidad educativa y presencia estatal en territorios históricamente olvidados.
Pero pareciera que nada de eso valió.
Pareciera que para una parte importante del país sigue siendo más importante el miedo que la esperanza; más efectiva la propaganda que la realidad; más poderosa la costumbre que el cambio.
Lo grave no es que millones de colombianos hayan votado por una opción distinta. Lo grave es la capacidad que tienen determinadas estructuras para orientar el comportamiento político de la sociedad.
En Colombia siguen mandando los mismos de siempre.
Los grandes grupos económicos.
Los gremios empresariales.
Los poderes regionales.
Los caciques electorales.
Los clanes familiares.
Las maquinarias políticas.
Los dueños de la contratación pública.
Los financiadores de campañas.
Los que nunca aparecen en los tarjetones, pero siempre terminan gobernando.
Resulta imposible no preguntarse por el papel que han jugado intereses internacionales en la política colombiana. La influencia de sectores de poder de Estados Unidos sobre América Latina no es una teoría conspirativa: es una realidad histórica documentada durante décadas. Colombia no ha sido la excepción.
Tampoco puede ignorarse la participación abierta de dirigentes, empresarios, operadores políticos y grupos de presión que han convertido las elecciones en una gigantesca disputa de recursos, influencias y capacidades de movilización.
Mientras tanto, muchos dirigentes que llegaron al poder bajo las banderas del liberalismo terminaron actuando en sentido contrario a las raíces históricas de ese pensamiento.
¿Qué dirían Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán o Luis Carlos Galán al ver alcaldes, gobernadores y dirigentes que se proclaman liberales respaldando proyectos políticos construidos desde posiciones que históricamente combatieron?
En muchos municipios del país nadie necesita dar una orden directa.
Basta una mirada.
Basta una recomendación.
Basta una insinuación.
Basta saber quién paga la nómina, quién firma los contratos o quién controla los recursos.
Así funciona buena parte de la política colombiana.
Y así terminan votando miles de ciudadanos.
La tragedia es que este fenómeno se reproduce desde las más altas esferas hasta las estructuras más pequeñas. En empresas, asociaciones, organizaciones comunitarias, entidades públicas y privadas, hogares geriátricos, grupos sociales y espacios comunitarios donde muchas veces la dependencia económica termina condicionando la libertad política.
Por eso sostengo que Colombia necesita una profunda reforma política.
No una reforma cosmética.
No un simple maquillaje institucional.
Una transformación de fondo que obligue a los partidos a definir con claridad qué representan y a quién representan.
No es posible que un dirigente sea elegido bajo unas banderas ideológicas y gobierne bajo otras completamente distintas.
No es posible que los partidos se conviertan en simples vehículos electorales sin identidad ni principios.
Pero sería un error descargar toda la responsabilidad sobre los sectores conservadores.
El progresismo también debe mirarse al espejo.
Porque la derrota no se explica únicamente por la fuerza de sus adversarios.
También se explica por sus propias debilidades.
Mucho liderazgo disperso.
Mucho ego.
Mucho cacique.
Muy poca organización.
Muy poco trabajo territorial.
Muy poca presencia permanente en municipios y corregimientos.
Durante esta campaña hubo regiones enteras donde no aparecieron los grandes dirigentes nacionales. Municipios donde no se vio una sola actividad importante. Comunidades que jamás recibieron la visita de quienes hoy se preguntan por qué los resultados no fueron los esperados.
La política no se construye únicamente desde Bogotá.
La política se construye caminando calles.
Escuchando campesinos.
Visitando barrios.
Acompañando comunidades.
Creando organización popular.
Formando liderazgos.
Generando presencia permanente.
Las elecciones de hoy dejan una lección contundente.
La derecha ganó porque tiene estructura.
Porque tiene recursos.
Porque tiene organización.
Porque tiene presencia.
Y porque entiende que la política se hace todos los días.
La izquierda y el progresismo, si quieren sobrevivir políticamente, tendrán que aprender esa lección.
Mientras tanto, Colombia vuelve a demostrar que sigue siendo un país profundamente conservador.
Un país donde las viejas estructuras continúan más vivas que nunca.
Un país donde cambian los discursos, cambian los candidatos y cambian los gobiernos, pero donde el poder real sigue habitando los mismos lugares de siempre.
Un país godo en todas sus estructuras.

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