Un día de 1999, salió de España una carta sin dirección de destino, solo llevaba en el sobre mi nombre y ciudad de residencia.
Aquella carta cruzó el océano y llegó a Colombia, voló hasta que me encontró, porque esa carta sabía que su destino era llegar a mis manos.
Finalizaba el siglo XX y me encontraba investigando la historia de mi familia materna. Cualquier información relacionada con el apellido Alvira era relevante para mí y se convertía en motivo de estudio.
Así fue como llegó a mis manos un libro escrito en España por un profesor llamado Tomás Alvira, e inmediatamente escribí a la editorial para averiguar por él. La editorial me respondió que Tomás Alvira había fallecido, pero que podía escribirle a su hijo Rafael, un profesor de la Universidad de Navarra.
Efectivamente, escribí al profesor Alvira, contándole sobre mi investigación y preguntando si sabía algo sobre la historia de su apellido en España. No hubo respuesta.
Tiempo después supe que Rafael Alvira recibió mi carta, la leyó y quiso ponerse en contacto conmigo. Lamentablemente perdió el sobre con el remite de mi dirección, lo que le impidió enviarme su carta. Sin embargo, decidió mandarla con un amigo suyo que estaba en Navarra y que era el decano de la facultad de Derecho de la Universidad de los Andes, en Bogotá.
Rafael Alvira le pidió al decano que averiguara por mí en Pereira, y sin darle ninguna pista ni señal, le puso la tarea de entregarme esa carta como fuera, pues era muy importante para él.
Quiero decir que el Decano de la UniAndes tomó muy en serio la misión, y llegando a Bogotá, contactó a la decana de la facultad de Derecho de la Universidad Libre de Pereira, en quien delegó la tarea de encontrarme y entregarme tan importante misiva.
La decana también asumió su tarea con mucha seriedad. Considerando que debía ser algo muy importante, me buscó durante meses preguntando por mí a cuanta persona encontraba. Después de numerosas indagaciones, un día preguntó si alguien me conocía, en una reunión interinstitucional a la que asistía un funcionario de la CARDER, entidad en la cual yo trabajaba.
Al escuchar mi nombre, el funcionario le expresó conocerme y le dio mis datos. La decana y su esposo se dirigieron a mi apartamento, donde los recibí sorprendida.
Muy emocionados, explicaron el motivo de su visita y me entregaron aquella carta que partió de España, atravesó el Océano y llegó a mi casa, con solo mi nombre en el sobre, sin una dirección que permitiera ubicarme. ¡Parecía increíble!
Ellos miraban la carta que permanecía en mis manos, sin disimular su curiosidad por el contenido. Conversamos, tomamos café, fui amable con ellos, pero no abrí la carta en su presencia.
Era importante para mí y quería leerla sola, para disfrutarla a mis anchas. Así que se despidieron, sin conocer el contenido de esa carta que les había demandado tantos esfuerzos y que había llegado a mis manos de forma tan inusual.
Gracias a esa carta entablé amistad con Rafael Alvira e intercambiamos correspondencia. Vino a Pereira a conocerme, y conversamos sobre nuestras vidas, asumiendo que teníamos un pasado común.
El apellido Alvira no abunda en España, por lo que supusimos que en algún momento de nuestra historia pasada tuvimos un origen común, que podía provenir de ancestros judíos, musulmanes, hispanos o lo que fuera.
Sea verdad o no, esta historia nos encantó a los dos y decidimos conservarla.
Finalmente, Rafael Alvira escribió el prólogo para mi libro, del cual trascribo un párrafo relacionado con la anterior narración:
“La auténtica vida es fiesta, y en ella se experimenta emoción. Es lo que sentí al conocer a Consuelo en Pereira, el pasado 19 de agosto (2001), quien me hizo entrega de la primera edición de su libro. Una serie de felices casualidades había hecho que entrásemos en contacto epistolar. Sabía el trabajo que ella desarrollaba, pero no imaginaba ni su plasmación literaria, ni el trasfondo que tenía. Sentí que mi familia se ampliaba y me enriquecía con tantos nuevos miembros colombianos, descendientes igual que yo, de vástagos de la tierra aragonesa. Me sentí colombiano y español, pero no con una ciudadanía fría, distante, sino con el calor de la familia. Estas vivencias y reflexiones me deparó Consuelo con su trabajo, delicadeza y finura de intuición”. Doctor Rafael Alvira, catedrático de Filosofía, Universidad de Navarra.
Consuelo Gómez Alvira


