martes, febrero 3, 2026

“UNIÓN” UN ECOSISTEMA PEDAGÓGICO DE LA ESPERANZA

OpiniónActualidad“UNIÓN” UN ECOSISTEMA PEDAGÓGICO DE LA ESPERANZA

 

Me tomé el tiempo, con cadencia lenta, lentísima, para recorrer la exposición de los estudiantes de la Escuela de Artes de la Secretaría de Cultura de Pereira. Ese caminar pausado tan propio del que desea aprender y no sólo mirar me permitió despojarme de la prisa y abrir el alma al asombro. Quedé, ciertamente, impresionado por la diversidad técnica, la madurez conceptual y esa vibración interior que solo surge cuando el arte nace de un proceso de formación auténtica, dialógica, donde cada estudiante es sujeto y no objeto de su creación.

 

Walter Benjamin escribió que “el aura es la aparición irrepetible de una lejanía, por cercana que ésta pueda estar”. Ese pensamiento me acompañó mientras experimentaba un déjà vu ante algunas obras que evocaban a los hermanos Jan van Eyck, a Giotto y a la pintura renacentista; otras, por el contrario, respiraban la ingenuidad del arte naíf, donde reaparece el niño que fuimos, la ternura intacta y el asombro que nos humaniza. En todas ellas se sentía la pulcritud de unas manos dispuestas, abiertas, que no solo moldean materia, sino mundos posibles.

 

Una de las paredes presentaba un conjunto poderoso: cromos, formas y espacios que desplegaban hojas cantoras, objetos, pájaros, flora y fauna. Entonces entendí que esta exposición no era resultado del azar. Detrás había dirección, coordinación, taller y práctica sostenida: un verdadero ejercicio pedagógico, lento y paciente, que conducía como diría Freire a que cada sujeto descubriera su capacidad creadora. El resultado era lo que padres, madres, abuelos y familias deseaban encontrar, la evidencia viva de un proceso serio, amoroso y compartido.

Los laboratorios de pintura revelan exploración técnica, fortalecimiento de habilidades y crecimiento personal. Grupos de distintas edades y géneros elaboran obras en soportes diversos, en ensamblajes colectivos, inspirados en la naturaleza, el café, la región, la cultura y la vida social. Este espacio permite que las paredes dialoguen con las personas y entre las obras mismas; allí el arte se vuelve conversación, encuentro, pregunta y camino.

 

La exposición tejió además una metáfora profundamente ligada a lo ancestral. Recordé la expresión emberá yoma ambuará: “unión”. Una trama y urdimbre que sostiene lo comunitario, lo horizontal, lo solidario. Esa palabra parecía encarnarse en los tejidos suspendidos desde lo alto, en las texturas de blusas, bolsos, gorros y pantuflas que levitaban, cargadas de color y diseño, como si el tiempo decidiera detenerse en cada puntada para recordarnos que crear también es cuidar.

 

La tridimensionalidad ocupó un lugar protagónico: formas retorcidas en dorado, pieles, alegorías de territorios sensitivos, superficies que encarnaban el tránsito entre amor y dolor, entre ternura y pasión. Porque en el arte, como en la pedagogía liberadora, se instala el ser: allí todo cabe, nada sobra, y todo puede transformarse.

 

Círculos, triángulos y contenedores de obra conducían hacia una unidad emergente desde la pluralidad. Textos semi-ocultos evocaban memoria y relato. En conjunto, la exposición hablaba de biodiversidad, paisaje, riqueza cultural y colores de la tierra. Era, sin duda, un testimonio de bienestar, de encuentro y de la potencia creadora que nace cuando la comunidad se reconoce.

 

Felicito al maestro Andrés Zuluaga Cardona, coordinador de la Escuela, que con su dedicación y su postura tranquila llena de un buen propósito pedagógico y profundo conocimiento logra esta proeza, a todos los formadores que sostienen este proceso desde sus conocimientos, formas y estilos de pensamiento, con una filosofía articulada con la vida real de las cosas que reviven en el hecho artístico, un estado dialectico y estético. Y, por supuesto, a los estudiantes que llevan mensajes de estar bien y ligados a una meta constante y superarse así mismo. Las familias que suben rampas, escaleras y ascensores para llegar a esos talleres, que no ofrecen comida para el estómago, sino alimento para el alma.

 

Extiendo también un reconocimiento al doctor Efraín Zapata y a la secretaria de cultura Emilia Gutiérrez, cuyo trabajo silencioso, pero decisivo, permite que el conocimiento fluya como el viento que ingresa por los filos de las ventanas, y que el Centro Cultural con su biblioteca, banda sinfónica, emisora cultural Remigio Antonio Cañarte, escuela de artes, sala de sistemas y sala Conectando Sentidos palpite como un ecosistema vivo donde se cultiva la sensibilidad y se ejerce, cada día, la pedagogía de la esperanza.

1 COMENTARIO

  1. Como siempre, tus escritos son toda una lección y un aprendizaje, no solo de arte, sino de esa capacidad inmensa que tienes de encontrar lo hermoso, lo bueno y lo positivo, y no solo lo encuentras, sino que lo expresas de la manera más hermosa! Felicitaciones y gracias por cada lección que saber dar cuando tomas la pluma!

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