domingo, febrero 8, 2026

VERDAD SIN ABSOLUTISMOS

OpiniónEspiritualidadVERDAD SIN ABSOLUTISMOS

En la historia del cristianismo, los concilios han sido momentos decisivos de discernimiento en los que la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, ha buscado custodiar la verdad revelada frente al error humano. Fundados en una eclesiología clara, no pueden entenderse como simples asambleas humanas ni como ejercicios de poder, sino como acontecimientos de discernimiento eclesial en los que la Iglesia ejerce su misión histórica de “atar y desatar”.

Con razón se subraya la importancia de concilios como Nicea, Éfeso y Trento, pues en ellos se articularon verdades centrales de la fe cristiana: la divinidad de Cristo, la unidad de su persona, el título de María como Madre de Dios y la relación entre fe, obras y sacramentos. Estas formulaciones no fueron abstracciones teóricas, sino respuestas pastorales a crisis concretas que amenazaban la comunión eclesial y la fidelidad al Evangelio apostólico.

No obstante, una reflexión teológicamente honesta evita idealizar el proceso conciliar. Los concilios estuvieron verdaderamente asistidos por el Espíritu Santo, pero también marcados por tensiones históricas, políticas y humanas. Reconocer esta dimensión no debilita su autoridad, sino que asume la lógica de la Encarnación: Dios actúa en la historia y a través de lo frágil.

Asimismo, el lenguaje tradicional sobre la herejía y la Reforma, aunque comprensible en una apologética clásica, resulta insuficiente desde una eclesiología madura. El Concilio Vaticano II recordó que muchos cristianos separados no son culpables de la división y que en ellos actúa auténticamente el Espíritu de Cristo. La verdad católica no se afirma descalificando al otro, sino reconociendo la acción de Dios más allá de las propias fronteras visibles.

También requiere precisión la idea de que sin los concilios no existiría la Biblia. La Iglesia no crea la Escritura ni le otorga autoridad, sino que reconoce una Palabra que ya es de Dios por inspiración. El concilio confiesa esa autoridad; no la produce.

No podemos establecerse una oposición rígida entre autoridad eclesial e interpretación creyente. La Tradición católica reconoce tanto la autoridad del Magisterio como el papel de la conciencia, la razón iluminada por la fe y el sensus fidei del Pueblo de Dios. La autoridad no anula al creyente, sino que lo integra en una comunión viva.

Finalmente, el cristianismo afirma que Cristo no dejó solo un libro, sino una Iglesia viva. Pero esa Iglesia camina en la historia, entre luces y sombras, y es precisamente en esa tensión donde se manifiesta la fidelidad de Dios, que escribe recto incluso con líneas torcidas. Lejos de debilitar la autoridad eclesial, esta conciencia la hace más evangélica, creíble y humana.

Padre Pacho

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Vea nuestros otros contenidos