martes, febrero 3, 2026

MI ENCUENTRO CON PEREIRA:

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40 años construyendo pertenencia

Se dice que Pereira es una ciudad con alto flujo migratorio, mucha gente se va, pero también llega. Vienen especialmente de los otros municipios de Risaralda, de los departamentos vecinos y en menor proporción, de otros departamentos. Por supuesto, también llegan de otros países, pero en menor cantidad.

Son los migrantes, los que dejan su tierra, su gente, sus raíces, para iniciar una nueva vida en esta ciudad. Poco a poco se van integrando, mezclando culturas, formando parte de su historia, porque, como bien se afirma, Pereira es “La ciudad sin puertas”. ¡Aquí, todos son bienvenidos!

Yo, llegué a Pereira hace 40 años. Acababa de regresar de un viaje de dos años por Suramérica, viaje del que no volví sola. En Chile, conocí un titiritero que se convirtió en mi compañero de viaje y finalmente, en mi compañero de vida. Llegamos a Colombia en 1986 y aquí decidimos establecernos.

Nos casamos en junio de 1986. El día anterior a la boda, me llamó una amiga de la Universidad, para avisarme que en Pereira necesitaban un sociólogo(a), que me presentara. Lo pensé, no una, sino varias veces. Me casaba al día siguiente y tendría que viajar inmediatamente, dejando a mi compañero en Bogotá, en plena celebración “Post boda”. Pero necesitaba trabajar, pues acabábamos de llegar a Colombia, nos íbamos a casar y aún no teníamos ingresos. Tenía que ir a Pereira.

Nos casamos un sábado, y el domingo por la noche tomé un bus que me llevó a Pereira, a donde llegué a las 7 a.m. En el terminal de buses busqué una cafetería y pedí un «café con leche, clarito». La mesera pidió en la cocina un «pintado lechudito«, que no era lo que yo había pedido, pero que terminó siendo lo mismo. Fue mi primera lección, así comencé a conocer la «jerga pereirana». Me quedó muy claro y desde entonces, lo he seguido pidiendo así.

A las 8 a.m. me presenté en las oficinas de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda, edificio Antonio Correa, sede del proyecto donde operaba el convenio CARDER – Gobierno de Holanda. Llegué así no más, sin cita previa, sin recomendaciones ni “palancas”, sin que nadie me conociera. Me pasaron a un salón donde un holandés, sin más protocolos, comenzó a entrevistarme.

Se trataba de un convenio con el Gobierno de Holanda, por eso quien entrevistaba era un holandés, pues eran ellos los que iban a contratar, y no requerían de recomendaciones ni palancas. Me preguntó sobre Pereira, el río Otún, y otros temas que yo poco conocía, pues acababa de regresar de un viaje de dos años, no estaba al tanto de los últimos sucesos, era mi primer trabajo y Pereira era una ciudad desconocida para mí.

Una hora más tarde, me encontraba de nuevo en el terminal de buses saliendo para Bogotá, sin muchas esperanzas de que me llamaran, pues creía que no me había ido muy bien en la entrevista. Aun así, no perdía la ilusión de que me resultara el trabajo. Lo necesitaba.

De repente, heme aquí que resultó esta oportunidad: un mes después me llamaron para trabajar con el gobierno de Holanda, en el proyecto de Cooperación Internacional con la CARDER: El Plan de Ordenamiento del tramo urbano del río Otún, con un contrato a seis meses.

Viajé a Pereira en agosto. Llegué directamente al edificio Antonio Correa donde funcionaba el proyecto. Estaba muy nerviosa, pues era mi primer trabajo formal, y además, era muy tímida, me costaba entablar nuevas relaciones.

Le di varias vueltas a la manzana antes de decidirme a subir al ascensor, hasta que finalmente, me armé de valor y lo hice. Llegué a un salón donde había un grupo de personas conversando en torno a una mesa, era el equipo del proyecto. Me saludaron y continuó la reunión, de la que entendí poco, pues ya estaba muy avanzada.

La reunión finalizó, ya oscureciendo. Todos se fueron y yo quedé allí, sola, sin saber para donde coger. Extrañamente, y aun sabiendo que acababa de llegar a la ciudad -lo cual era evidente pues llevaba mi maleta- ninguno me preguntó donde me iba a quedar, ni se ofreció a acompañarme o ayudarme a buscar un lugar donde hospedarme.

Me sentí sola, en una ciudad nueva, donde no conocía a nadie.  Cogí mi maleta, salí y comencé a caminar, ya oscuro, por el centro de la ciudad, sin saber dónde me encontraba. Me detuve frente a un hotel con apariencia muy modesta, pues no llevaba muchos recursos para pagar un mejor hotel, y allí me hospedé.

Así, comenzó mi vida en esta ciudad. Lo primero que hice fue buscar un sitio donde vivir, para que Ricardo se pudiera venir. Él se vino en septiembre. Nos instalamos en un apartamento de Niza e iniciamos una nueva vida. Era una ciudad desconocida, había que adaptarse. No fue fácil.

Comenzamos a trabajar, cada uno en lo suyo, mientas íbamos aprendiendo a conocer esta ciudad, en la que supuestamente íbamos a permanecer por solo seis meses. Pero el sociólogo de la CARDER renunció y yo lo tuve que remplazar, entonces la CARDER me vinculó a la planta, pasé a ser una funcionaria de la entidad. Ya no eran seis meses, era un destino incierto, no sabíamos cuánto tiempo nos íbamos a quedar aquí.

En diciembre del mismo año quedé embarazada, algo inesperado. Mi embarazo transcurrió trabajando en los barrios del tramo urbano del río Otún.  Un día de agosto de 1987, trabajé en el barrio El Triunfo hasta las 9 de la noche, hora en que subí por una calle en piedra, para salir a la avenida, donde tomaba el transporte hacia mi casa. Al día siguiente, nació mi hija. Ella nació exactamente un año después de nuestra llegada a Pereira, y ni qué decir, que transformó nuestras vidas.

Tener una hija en ciudad ajena, es como sembrar una semilla de la que nace un fruto que indudablemente ata a una tierra. Creo que la pertenencia comienza a sentirse en firme cuando uno se liga a la tierra, a través de los hijos que nacen en una ciudad. Y eso fue lo que ocurrió: ¡Teníamos una hija pereirana!

También recuerdo una frase que leí alguna vez, que decía: “Uno es del lugar donde comienza a enterrar a sus muertos”. Poco a poco, comenzamos a rodearnos de personas conocidas, compañeros de trabajo y amigos muy queridos que formaron parte de nuestro círculo social y afectivo.

Pero también experimentamos el dolor de la partida, cuando tuvimos que despedir a personas queridas, cercanas o allegadas, que partían para no regresar jamás. Eran nuestros muertos. Los primeros muertos que comenzamos a enterrar en esta tierra pereirana, que se volvió nuestra tierra. La ciudad donde se habían conjugado la vida y la muerte, el nacimiento y el final de la existencia, ya era nuestra ciudad.

Nosotros vivimos el “Proceso del migrante”, pues yo, oriunda de otra ciudad, que, aunque también colombiana, no era la ciudad donde nací y crecí, y mi esposo chileno, nos fuimos integrando: a medida que fuimos conociendo y aceptando las maneras de ser y vivir en esta ciudad. A medida que fuimos queriendo a su gente. A medida que fuimos conformando una red afectiva y emocional que nos permitió sentirnos en tierra propia. A medida que trabajamos en y por esta ciudad, aportando lo nuestro y recibiendo lo que ella tiene para darnos.

A medida que fui comprendiendo, que mi historia también forma parte de la historia de esta ciudad, en la que hemos construido sentido de pertenencia, en la que hemos vivido 40 años y en la que posiblemente, veremos el final de nuestros días.

Consuelo Gómez Alvira

Enero 2026

6 COMENTARIOS

  1. Me parece una historia muy interesante y me llama la atención que es una mujer Luchona y arriesgada pero sobretodo logra sus metas con su familia a una ciudad nueva y desconocida y se queda en ella y experimenta cosas bonitas y conoce muchas personas

  2. Admirable tu experiencia de vivir en tierra extraña aunque colombiana, pero debió ser realmente inquietante y valerosa para tu esposo quien fue realmente inmigrante porque dejó su familia, ciudad, país y costumbres para unirse en matrimonio contigo. Debió ser para ambos, un lanzarse al vacío de lo desconocido. Bendito sea Dios que ahora, tus gratos recuerdos nos enseñan a arriesgarlo todo por amor.

  3. Que bellas palabras Martha Inés, y como expresas de bien lo que significó nuestra vivencia en esta ciudad! Muchisimas gracias por ese comentario tan bonito!!!

  4. Consuelo es una hermosa historia de vida, que hace parte de la historia de Carder, y por supuesto de la historia de la ciudad. Me precio de haber compartido contigo varios momentos de esa historia en la carder, y doy fe de tus valiosos aportes en la ejecución del plan de ordenamiento del tramo urbano del río otun.

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