miércoles, marzo 18, 2026

EL HÁBITO DE REACCIONAR

OpiniónEspiritualidadEL HÁBITO DE REACCIONAR

Hay algo que se repite todos los días sin que lo notemos demasiado.

Alguien dice algo, alguien responde. Otro se suma. La conversación sube de tono, se acelera, se fragmenta. En cuestión de minutos, ya no importa qué se dijo primero, sino quién reaccionó más rápido, más fuerte, más visible.

No es que estemos conversando más. Es que estamos reaccionando más.

Nos acostumbramos a hacerlo. A responder antes de entender, a opinar antes de terminar de escuchar, a tomar postura sin habernos dado el tiempo de pensarla. La rapidez se volvió una forma de presencia. Y quedarse en silencio, casi una sospecha.

Pero reaccionar no es participar. Y opinar no siempre es comprender.

Hemos confundido la intensidad con la claridad. Creemos que sentir algo con fuerza lo vuelve cierto, suficiente, incluso urgente. Y en ese movimiento, lo inmediato le gana a lo importante.

La repetición hace lo suyo. Un comentario, una respuesta, un impulso. Y luego otro. Y otro.

Sin darnos cuenta, ya no elegimos. Respondemos.

No todo lo que pasa necesita una reacción. Pero todo parece exigirla.

El problema es que eso no se queda en lo individual.

Hace poco, en una conversación sobre la necesidad de elegir sin atacar, terminé diciendo exactamente lo contrario. Sin darme cuenta, reaccioné. Y confirmé, en mí misma, lo fácil que es caer en lo que criticamos.

Las conversaciones se vuelven más cortas, más tensas, más difíciles de sostener. Escuchar se vuelve incómodo. Esperar, innecesario. Pensar, lento. Y en medio de todo eso, aparece un cansancio que no siempre sabemos nombrar, pero que está ahí.

Un país emocionalmente exhausto es un país más fácil de dirigir desde el impulso que desde la razón.

Cuando reaccionar se vuelve automático, también se vuelve predecible. Y lo predecible es fácil de mover, de empujar, de orientar. No hace falta imponer demasiado cuando ya sabemos cómo va a responder la mayoría.

No convertir cada impulso en acción es más difícil de lo que parece.

Porque el problema no es lo que sentimos.

Es que dejamos de elegir qué hacer con eso.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Vea nuestros otros contenidos