sábado, mayo 2, 2026

“LA IDENTIDAD EN RUINAS”

OpiniónEspiritualidad“LA IDENTIDAD EN RUINAS”

La posmodernidad no se ha presentado como una ruptura violenta, sino como una erosión silenciosa. No destruye de golpe, sino que disuelve poco a poco, y uno de sus logros más profundos, y más delicados, ha sido desdibujar la identidad del ser humano. Durante siglos, la identidad se comprendía como algo que se recibía y se construía: había una naturaleza, una historia, una pertenencia y una vocación. El hombre no se inventaba completamente a sí mismo, sino que se descubría en relación con la verdad, con los otros y con Dios. Hoy, en cambio, la identidad ha pasado de ser un descubrimiento a convertirse en una elección constante, cambiante y provisional.

El sujeto posmoderno ya no afirma con firmeza “yo soy”, sino que vive en un permanente “yo me voy haciendo”. Y aunque esto parece expresar una forma de libertad, encierra una profunda fragilidad, porque cuando la identidad depende únicamente de la voluntad, queda sometida a la inestabilidad de los deseos, a la presión del entorno y a la volatilidad de las emociones. Se ha roto el vínculo entre identidad y verdad: ya no importa tanto lo que se es, sino lo que se siente o lo que se quiere ser. La identidad se vuelve líquida, moldeable y adaptable, pero también incierta, y en esa incertidumbre el ser humano pierde un punto de apoyo fundamental, pues ya no logra reconocerse en lo más profundo.

Las consecuencias de esta ruptura son silenciosas pero profundas. Un hombre sin identidad sólida busca validación constante, vive expuesto a la comparación, se fragmenta en múltiples versiones de sí mismo y teme el compromiso, porque comprometerse implica definirse. Así, en nombre de la libertad, se instala una nueva forma de esclavitud: la necesidad permanente de reinventarse para no desaparecer. La posmodernidad prometió liberar al hombre de estructuras rígidas, de verdades impuestas y de identidades heredadas, y en parte lo consiguió; pero en ese mismo proceso le quitó el suelo bajo los pies, porque el ser humano puede adaptarse a muchas cosas, menos a no saber quién es.

En el fondo, esta crisis de identidad no es solo psicológica o cultural, sino profundamente espiritual: es la pérdida del vínculo con el origen. Cuando el hombre deja de reconocerse como criatura, como hijo, como alguien llamado, intenta ocupar el lugar de creador de sí mismo, pero ese lugar le queda grande y termina agotado, sosteniendo una identidad que nunca se estabiliza. Por eso, el desafío de nuestro tiempo no es volver a imponer identidades rígidas, sino reconstruir una identidad arraigada en la verdad y abierta a la trascendencia, una identidad que no niegue la libertad, pero que tampoco la convierta en su único fundamento, una identidad que se descubra en el encuentro con uno mismo, con los otros y con Dios.

Porque la verdadera libertad no consiste en inventarse sin límites, sino en llegar a ser aquello que, en lo más profundo, se está llamado a ser.

Padre Pacho

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