sábado, mayo 2, 2026

RELATOS DE MI BARRIO

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Un nuevo barrio irrumpe en la vida citadina de Pereira, uno más, de los tantos que han surgido en el último período.

Los primeros pobladores comenzamos a ocupar las casas, con la ilusión del estrene y la expectativa de un nuevo vecindario. Porque es indudable que de un buen o mal vecino depende la clase de vida que nos espera en estos conjuntos cerrados, donde la estrecha vecindad es inevitable y en muchos casos, no hay reglamento de convivencia que funcione.

Poco a poco, el barrio va adquiriendo vida, los nuevos residentes van llegando, cargados de muebles e ilusiones, con la esperanza de una vida que comienza.

Todos miramos expectantes a los lados y hacia el frente, esperando recibir algún indicio sobre la clase de vecino que nos cupo en suerte.

Finalmente, y transcurridos los primeros días, podemos respirar tranquilos. Constatamos que somos de los mismos: profesionales o empleados clase media, de costumbres sanas y apariencia grata.

A simple vista no se avizoran escándalos ni ruidosas rumbas hasta el amanecer, todo parece indicar que la vida transcurrirá de manera tranquila y placentera.

A medida que transcurre el tiempo y por diversas circunstancias, los vecinos comienzan a abandonar el barrio, la vida los lleva a otros lugares. Cada vez que un vecino se va, es como una historia que concluye, un ciclo que se cierra. Y por supuesto, cuando un vecino se va, nos invade la zozobra sobre el nuevo residente que llegará a ocupar su lugar.

Un día, cuando apenas comenzaba a conformarse el barrio, llegó a estrenar su nueva casa, justamente al frente de la nuestra, una joven pareja que se amaba y que poco a poco, llena de ilusiones, tomados de la mano y mirando con amor su nido, lo llenaron de detalles.

Pusieron adornos, un mueble acá, otro por allá, modificaron los espacios, clavaron puntillas, sembraron unas astromelias en el antejardín que se mantenían prendidas con unas bellas flores color fucsia…

Pasaron los meses y la pareja compartía su vida, hasta que un día, a ella no la vimos más.

Él se quedó solo, como sola y grande parecía su casa.

La familia cambió. Ya no era la pareja que empezó esta historia, ya no eran él y ella. Ahora era solo él.

Después, llegó su madre que venía de alguna parte, y un hijo adolescente que también volvió, con su hermoso perro labrador. Ahora, la nueva familia eran ellos tres… ¡Y el hermoso labrador, por supuesto!

Siguió pasando el tiempo, la familia parecía adaptarse al nuevo espacio, y de pronto, un día, todos se marcharon, cada uno con distinto rumbo.

La casa quedó sola, la nueva familia dejó de serlo.

El chico tuvo que partir, sin querer irse, pues aquí tenía nuevos amigos a los que quería, su perrito labrador que lo acompañaba a todas partes, y una familia que, aunque era como era, había sido su familia durante el tiempo que permanecieron juntos. Ahora todos se fueron, seguramente buscando otros lugares donde continuar sus vidas.

Y esa casa, a la que un día llegó una pareja llena de ilusiones, ahora está vacía. Solo quedan esas bellas astromelias color fucsia que inexplicablemente todavía florecen, como testigos mudos de esta historia.

Al mirar esa casa vacía pienso en lo efímero que es todo, en esa forma tan peculiar que tenemos los seres humanos de iniciar y cerrar ciclos a lo largo de la vida. Y no lo puedo evitar, al mirar esa casa, me vuelve a la mente el temor que siempre me aborda en estos casos:

Y ahora, ¿quiénes serán nuestros próximos vecinos?

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