viernes, mayo 1, 2026

SOMOS UN PUZLE

OpiniónSOMOS UN PUZLE

Hace algunos días, en consulta, un hombre de 50 años me dijo algo que resume con notable lucidez lo que muchas veces intentamos explicar desde la Psiquiatría: “Es que nosotros los humanos somos muy complejos y tenemos demasiadas situaciones que nos determinan”. Tiene razón. Cada persona es, en esencia, un rompecabezas en permanente construcción. Un puzle en el que cada pieza representa una influencia, una experiencia, una predisposición. Comprender esto no solo nos acerca al concepto de personalidad, sino que también nos permite mirarnos con mayor compasión y realismo. Desde las ciencias de la mente y las neurociencias, sabemos que la personalidad no es algo fijo ni completamente determinado, y que tampoco es arbitrario. Es el resultado de múltiples factores que interactúan entre sí a lo largo del tiempo. Una de las primeras piezas de este puzle es el componente genético, lo que en Psiquiatría llamamos temperamento. Se trata de aquellas disposiciones biológicas con las que nacemos: la tendencia a ser más calmados o más reactivos, más sociables o más reservados. Estas características tienen bases neurobiológicas claras, relacionadas con el funcionamiento de sistemas como el límbico y los circuitos de regulación emocional. Sin embargo, el temperamento no es un destino; es, más bien, un punto de partida.

A esta base biológica se suma una segunda pieza fundamental: los aprendizajes, que configuran lo que conocemos como carácter. Aquí entran en juego la familia, la cultura, la educación y las experiencias significativas. A través del aprendizaje, vamos moldeando respuestas, creencias y valores. Es en este proceso donde el cerebro, gracias a su plasticidad, reorganiza conexiones neuronales en función de lo vivido. Por eso, dos personas con un temperamento similar pueden desarrollar formas de ser muy distintas. Otra dimensión clave es el ciclo vital. No somos los mismos a los 15, a los 30 o a los 60 años. Cada etapa de la vida plantea desafíos específicos: la construcción de identidad en la adolescencia, la consolidación de proyectos en la adultez, la revisión de la vida en la vejez. Estos momentos implican cambios psicológicos y también neurobiológicos. El cerebro envejece, pero también se adapta; pierde algunas funciones, pero gana en otras, como la regulación emocional y la perspectiva.

A lo anterior se suman las formas individuales de afrontamiento psicológico; es decir, cómo cada persona responde a las dificultades. Algunos enfrentan el estrés de manera activa, buscando soluciones; otros tienden a evitar o a retraerse. Estas estrategias no surgen de la nada: están influenciadas por la historia personal, los modelos aprendidos y la estructura de personalidad. En suma, somos un puzle complejo donde ninguna pieza por sí sola define el todo. Comprender esto nos invita a abandonar miradas simplistas sobre nosotros mismos y sobre los demás. Tal vez, como aquel paciente lo intuyó, la complejidad no es un problema que debamos resolver, sino una realidad que debemos aprender a habitar. Y en esa tarea, el conocimiento —pero también la empatía— puede ser una guía fundamental.

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