lunes, mayo 11, 2026

BLANCA

Homenaje a mi madre — y a todas las madres que se fueron —

«Madre es la palabra más bella en los labios de la humanidad.»

Gibran Jalil Gibran

Se llamaba Blanca Edilma Prada. Pero para nosotros — Fernando, Carlos y Marisol —, sus tres hijos, fue simplemente “ mamá. Y en esa palabra tan pequeña cabía el mundo entero.

Nació en El Guamo, Tolima, y llegó a Pereira huyendo de la violencia de los 50s, siendo apenas una niña de catorce años, sola y con el corazón abierto y lleno de esperanzas y sueños, sin saber bien lo que la esperaba. Pero doña Blanquita, como la conocieron siempre en el barrio La Victoria, no necesitaba un mapa para encontrar su camino: lo fue trazando con sus propias manos, paso a paso, año tras año, con la terquedad silenciosa de quien sabe que sus hijos dependen de ella.

Era valiente. No de la valentía que aparece en los libros de héroes y batallas, sino de esa otra valentía más callada y más honda: la de levantarse antes que el sol, la de estirar los pesos que no alcanzan, la de decir «sí se puede» cuando todo parece indicar que no. Nunca le tuvo miedo a la adversidad. Le tuvo, eso sí, un respeto profundo a Dios y a su conciencia.

Amaba con disciplina. Ese amor suyo no era blando ni complaciente: era el amor que corrige, que exige, que cree en sus hijos más de lo que ellos creen en sí mismos. Recuerdo cómo me enseñó a leer y a escribir antes de entrar a la escuela, con un cuaderno marca Bolivariano que ella guardaba como si fuera oro. Gracias a ella, llegué a la escuelita La Victoria sabiendo ya lo que muchos apenas empezaban a descubrir, las letras y los números. Eso es una madre: la primera maestra, la más importante de todas.

Y no sólo amó a los suyos. Su casa fue siempre una puerta abierta. Familiares, conocidos, paisanos que llegaban del Tolima buscando mejor suerte en Pereira: todos encontraron en ella un plato de comida, un techo, una mano tendida. Cerca de cuarenta personas pasaron por esa casa a lo largo de los años. Blanca no preguntaba cuánto tiempo se iban a quedar. Preguntaba si habían comido.

Su fe era el eje de todo. No la fe de los domingos solamente, sino esa fe que se mete en los huesos y acompaña en los momentos en que uno más la necesita. Creía en el perdón —el más difícil de practicar y el más necesario— y lo practicó de verdad, en silencio, sin aspavientos. Esa fue quizás la lección más grande que nos dejó al partir: que se puede vivir con el corazón limpio, aunque la vida no siempre sea justa.

Blanca ya no está. Se fue —muy seguramente al cielo— llevándose esa sonrisa suya y ese olor a cocina caliente que uno asocia para siempre con la palabra hogar. Pero las madres como ella no desaparecen del todo. Siguen viviendo en los gestos que heredamos sin darnos cuenta, en las palabras que les decimos a nuestros hijos, en la forma en que aprendimos a querer.

Mientras Fernando, Carlos y Marisol la recordamos, sus hijos, y los hijos de sus hijos, Blanca Edilma Prada, seguirá siendo el fuego que calienta esta familia. Ese es el milagro de las madres: que no se van del todo. Se quedan en nosotros.

Hoy, en este Día de las Madres, quiero que este homenaje a doña Blanquita sea también un abrazo para todas las madres que ya no están y que sin embargo siguen presentes: en la memoria de sus hijos, en la risa de sus nietas y nietos, en cada historia que se cuenta alrededor de una mesa. Ellas nunca mueren del todo. El amor que sembraron es demasiado grande para caber en una tumba.

Fernando Sánchez Prada

El negrito chorro d’humo — hijo mayor de doña Blanquita (así me decía)

8 COMENTARIOS

  1. Super, es una memoria de una mujer que enseño, la generosidad, la bondad, el amor, la corrección, la ayuda a todos a su alrededor. Doña blanca siempre quedará en el corazón de quienes tuvimos la fortuna de compartir con ella.

  2. Gran historia y un gran homenaje a Doña Blanquita , quien representa una gran cantidad de madres comprometidas con su rol edificador para un mundo mejor.

    Las grandes madres nacen y se hacen y su labor es tan inmensa que por eso se dice: ‘No hay nada más grande que el amor de una madre»

    Feliz día

  3. Gran mensaje Padre Francisco.

    El amor de una madre es inmenso e inagotable lo que lo hace de gran valía y significado en la construcción de un mundo mejor porque es la máxima expresión del amor interesado hacia esos frutos llamados hijos e hijas.

    Feliz día Padre Francisco.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Vea nuestros otros contenidos