viernes, mayo 8, 2026

LAS DOS ORILLAS DEL ALMA DE CUBA: CELINA Y CELIA

OpiniónArteLAS DOS ORILLAS DEL ALMA DE CUBA: CELINA Y CELIA

Reflexión

Hay voces que uno escucha con los oídos y otras que se quedan viviendo dentro del cuerpo. A mí me ocurre eso con Celina González y Celia Cruz. No las siento únicamente como artistas, sino como dos fuerzas antiguas que explican algo esencial de Cuba y también algo profundo de mí mismo. Cuando pienso en ellas, siento que representan las dos orillas del alma cubana: la tierra silenciosa del monte y el estruendo luminoso de la ciudad; la raíz que permanece y el viento que se marcha llevando el polen al mundo.

Escuchar a Celina es regresar a una casa que quizá nunca tuve, pero que reconozco inmediatamente. Hay en su voz olor a leña, a café recién colado, a ropa secándose bajo el sol. Su canto no parecía fabricado para los escenarios; parecía brotar directamente de la tierra. Cuando entonaba décimas o invocaba a Changó, uno sentía que no existía distancia entre lo cotidiano y lo sagrado. En ella convivían el surco y el misterio.

Lo que más me conmueve de Celina no es solamente su autenticidad campesina, sino la forma en que dignificó una Cuba profunda que muchas veces fue mirada con desprecio desde las ciudades. Ella convirtió el Punto Cubano en un acto de resistencia espiritual. En su música, el campesino dejaba de ser caricatura y se transformaba en memoria viva de la nación. Celina nos recordaba algo incómodo para la modernidad: que el alma también necesita raíces.

A veces pienso que su voz tenía barro. No barro sucio, sino barro fértil. Un sonido lleno de polvo de caminos, de lluvias sobre el monte, de rezos antiguos heredados por generaciones invisibles. Cuando la escucho, siento que Cuba todavía conserva un corazón rural latiendo debajo del concreto y de las consignas políticas.

Con Celia Cruz ocurre algo distinto. Celia no era la tierra quieta: era el huracán. Era el Caribe convertido en explosión. Donde Celina susurraba raíces, Celia levantaba tempestades de alegría. Su voz no pedía permiso; entraba como una trompeta ardiente capaz de hacer bailar incluso a la tristeza.

Siempre he pensado que Celia transformó el dolor del exilio en una celebración. Eso me parece casi milagroso. Porque detrás de cada “¡Azúcar!” había también nostalgia, ausencia y heridas que nunca terminaban de cerrar. Pero ella eligió responderle al desarraigo con música. En vez de apagarse, se volvió más luminosa. En vez de convertir la distancia en amargura, la convirtió en ritmo.

Su grandeza no estaba solamente en el poder vocal, sino en esa capacidad de universalizar a Cuba sin traicionarla. Celia llevó la isla a Nueva York, París, Tokio y África sin perder el sabor del barrio ni la memoria del solar habanero. La salsa, en su garganta, dejó de ser solo música para convertirse en identidad emocional.

Y sin embargo, aunque parecieran opuestas, siempre he sentido que Celina y Celia se necesitaban mutuamente. Una cuidaba el fuego del origen; la otra expandía sus llamas por el mundo. Celina era la raíz enterrada profundamente en la tierra cubana; Celia era el árbol que creció hacia todos los cielos posibles. Ambas eran formas distintas de resistir el olvido.

Pienso también en otras mujeres inmensas de Cuba: Elena Burke, capaz de convertir el bolero en confesión íntima; Rita Montaner, que rompió fronteras entre lo culto y lo popular; Omara Portuondo, cuya voz parece abrazar la memoria; y Celeste Mendoza, que cantaba con una fuerza casi ritual. Todas ellas forman un archipiélago emocional donde Cuba sigue cantándose a sí misma.

Pero Celina y Celia ocupan en mí un lugar distinto. Tal vez porque representan dos maneras de sobrevivir al tiempo. Una me enseña la importancia de recordar de dónde vengo; la otra, la necesidad de seguir bailando incluso cuando la vida rompe algo dentro de nosotros.

En el fondo, ambas hablaban de lo mismo: dignidad. Celina desde la humildad del campo. Celia desde el brillo del escenario. Y quizá esa sea la verdadera grandeza de la música cubana: convertir el dolor en belleza y la memoria en ritmo.

Hoy sus voces siguen vivas. A veces aparecen inesperadamente en una radio vieja, en una fiesta familiar, en una madrugada de nostalgia. Entonces siento que Cuba no es solo un territorio; es una frecuencia emocional. Un lugar invisible donde el monte conversa con la ciudad y donde dos mujeres inmensas continúan cantándole eternamente al alma humana.

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