lunes, mayo 11, 2026

NADA ES CASUALIDAD: COLOMBIA, LA MEMORIA QUE AÚN NOS HABLA.

OpiniónCiudadNADA ES CASUALIDAD: COLOMBIA, LA MEMORIA QUE AÚN NOS HABLA.

Hay una idea poderosa que plantea en El Opinadero Juan David Hurtado Bedoya, investigador en sostenibilidad de ciudades, en su reciente columna “Nada en la ciudad es casualidad, pero dejamos de preguntarnos por qué«. Quiero retomar algunas ideas de allí y darle continuidad al tema porque me parece interesante como reflexión.

Y es que cada árbol, cada calle, cada plaza, cada referente en las ciudades responde a decisiones, a momentos históricos, a necesidades concretas que con el tiempo olvidamos.

Y ahí está el problema.

Dejamos de preguntarnos por qué.

Colombia está llena de respuestas… pero caminamos sobre ellas sin leerlas.

Tomemos por ejemplo a Valledupar. Sus mangos no son un capricho del paisaje. Fueron sembrados hace décadas como parte de una estrategia urbana y climática: dar sombra, frescura y alimento en una ciudad de calor intenso. Con el tiempo, esos árboles se volvieron parte de la cultura. Hoy no solo mitigan el clima: construyen identidad. Son punto de encuentro, son recuerdos de infancia, son conversación a su sombra. Y cerca de ellos, la plaza de Francisco el Hombre no es solo un lugar: es el símbolo de una tradición oral donde el mito del juglar que venció al diablo se convirtió en esencia del vallenato.

Nada ahí es casualidad.

En Pereira, la historia es similar pero con su propio carácter. Los mangos de la Plaza de Bolívar tampoco aparecieron por azar. Fueron sembrados en procesos de embellecimiento urbano en el siglo XX, cuando se buscaba no solo ornamentar, sino humanizar el espacio público. Árboles grandes, generosos, que ofrecieran sombra en una ciudad en crecimiento. Con los años, esos mangos se volvieron testigos silenciosos de la transformación de la ciudad cafetera. Hoy, más que árboles, son memoria viva. Son parte de la escena cotidiana donde el comercio, la conversación y la pausa conviven.

Y sin embargo, pocos se preguntan por qué están ahí.

Cali también habla, si uno sabe escucharla. El puente Ortiz no es solo una obra de infraestructura: fue durante décadas la conexión vital entre dos partes de la ciudad. Es historia de caminantes en tránsito. Y el parque Jorge Isaacs, o de La María, con el río Cali al lado, es la materialización de una narrativa literaria que se volvió territorio. Allí, la ciudad decidió que la literatura también podía habitar el espacio urbano y convertirse en icono. Y ni hablar de los gatos de Tejada o la Ermita ahí en ese entorno. Todo habla.

Bogotá, por su parte, es una acumulación de decisiones históricas superpuestas. La Candelaria no es solo el centro histórico: es la huella intacta de la colonia, preservada en medio de una ciudad que no deja de crecer. Y dos lugares lo complementan con fuerza simbólica: el cerro de Monserrate, que desde lo alto marca la relación entre fe, geografía y ciudad; y la Plaza de Bolívar, donde el poder, la ciudadanía y la historia han coexistido en tensión permanente.

Nada es casualidad.

Popayán ofrece quizá uno de los ejemplos más claros. Sus paredes blancas no responden únicamente a una estética colonial. Tras las epidemias que azotaron la ciudad en siglos pasados, la cal se utilizó como medida sanitaria para desinfectar. Esa decisión, práctica en su origen, terminó definiendo la identidad visual de toda la ciudad. Y los llamados “rascaderos”, espacios de encuentro informal, nacieron como puntos de descanso y socialización en una ciudad donde la vida pública siempre ha sido central.

Decisiones concretas. Consecuencias duraderas.

Cartagena levantó murallas para defenderse. Hoy son símbolo. ¡Y cuentan tanto sobre la ciudad!

Medellín transformó sus comunas con infraestructura social. Hoy son ejemplo. Y punto de encuentro para locales y foráneos.

Barranquilla convirtió su carnaval en identidad colectiva. Hoy es patrimonio.

Colombia está llena de lugares que no surgieron por azar, sino por necesidad, por visión o incluso por crisis.

El punto es que hemos dejado de hacer la pregunta más importante: ¿por qué?

Y cuando dejamos de preguntarlo, dejamos de entender.

Y cuando dejamos de entender, dejamos de cuidar.

Esa es, en el fondo, la advertencia implícita en el enfoque del autor a la que me sumo y a la que todos deberíamos aunarnos: una ciudad que no se interpreta, se pierde.

Tal vez lo que necesitamos no es construir más, sino leer mejor lo que ya existe.

Detenernos frente a un árbol y preguntarnos quién lo sembró y por qué.

Pararnos en una plaza y entender qué decisiones la hicieron posible. ¿Por qué así o asa?

Mirar un puente y reconocer que no solo une espacios, sino tiempos, historia, decisiones.

Porque un país no solo se recorre.

Se comprende.

Y Colombia, con toda su riqueza simbólica, todavía tiene mucho por decir… para quien esté dispuesto a escuchar.

Fernando Sanchez Prada

Comunicador y columnista

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