Durante décadas, nos han contado que el “Tapón del Darién” es un error geográfico, una cicatriz de barro y lianas que la ingeniería no ha podido conquistar. Nos han vendido la idea de una selva indomable, un «no-lugar» que se resiste a la civilización. Sin embargo, al observar de cerca las costuras de este relato, lo que emerge no es una limitación técnica, sino una decisión política deliberada. El Darién no es un muro de árboles; es un muro de intereses.
Creo que la Selva ha sido herramienta de estado de la política norteamericana una política asimétrica y de control hacia Latinoamérica en el fondo lo que sucede es un espejo del neocolonialismo de la potencia del norte hacia sus vecino del sur, el Darién ha sido históricamente el «foso» de su castillo continental. No es casualidad que la carretera Panamericana se detenga abruptamente en Yaviza.(corregimiento, del Pinogana en la provincia de Darién en Panamá)
Y a la vez se argumenta que el Darién es un “Escudo Sanitario” y entonces Bajo la bandera de la lucha contra la fiebre aftosa, estados Unidos ha mantenido a raya al ganado sudamericano por más de medio siglo. Es una barrera biológica que protege una industria multimillonaria en el norte, utilizando la biodiversidad del Darién como una cuarentena perpetua.
El tapón del Darién también se ha convertido en una Muralla Migratoria en el tablero actual Norte-Sur (y sobre todo en la era Trump), la verdad es que el Darién es el filtro más cruel del mundo, lo que Washington y Ciudad de Panamá no pueden detener con leyes en la frontera de Texas, lo detiene la selva en la frontera colombo-panameña. El reciente despliegue de cercas de púas en los pasos selváticos no es más que la formalización de una política de «seguridad por desgaste»: dejar que la geografía haga el trabajo sucio que la diplomacia no puede admitir.
Simultáneamente el tapón del Darién se ha convertido en un Espejismo de la Soberanía del canal de panamá, ya que la relación entre el Darién y el Canal de Panamá es casi mística. Panamá nació de un desprendimiento orquestado por intereses estadounidenses en 1903, y desde entonces, su identidad se ha construido de espaldas a Sudamérica.
«El Darién es la garantía de que Panamá siga siendo una isla logística, conectada al mundo por el mar, pero aislada de su origen por la selva.»
Si existiera una vía terrestre eficiente, el monopolio logístico del Canal y sus puertos se enfrentaría a una competencia terrestre que Panamá no está dispuesta a permitir. Además, existe una realidad ecológica innegable: la selva del Darién es la «fábrica de agua» de la región. Sin su equilibrio hídrico, las lluvias que llenan el Lago Gatún —y que permiten que los barcos floten de un océano a otro— desaparecerían. En este sentido, proteger la selva es proteger el negocio del Canal.
Hoy enfrentamos una nueva capa de este mito: la desinformación digital. Mientras la política oficial sostiene que el Darién es «impenetrable», las redes sociales lo han convertido en un perverso «tour de aventura».
Existe una mentira de la Ruta Pasable mientras los coyotes y grupos armados (como el Clan del Golfo) utilizan plataformas digitales para vender un pasaje al «sueño americano», omitiendo que el Darién es hoy una zona de guerra humanitaria.
Además coexiste una violencia simbólica para perpetuar relaciones de poder desiguales que converge en los emigrantes de nuestras naciones la capa vulnerable de la sociedad.
A la vez el mito de la «naturaleza salvaje» oculta la verdadera amenaza de la depredación humana ya que el migrante no teme tanto al jaguar como al fusil del criminal o a la violencia sexual que, según cifras alarmantes, afecta a casi dos de cada diez personas que intentan el cruce.
Mi reflexión final es que el Silencio es una estrategia de dominio hacia la población de nuestros países ya que el Tapón del Darién no es un accidente de la naturaleza; es una arquitectura de control. Es el punto donde convergen la paranoia sanitaria, el interés económico del Canal y la externalización de las fronteras de Estados Unidos.
Mantener el Darién como un mito de «infranqueabilidad» permite a los Estados evitar la responsabilidad de lo que ocurre en su interior. Mientras el mundo siga creyendo que es simplemente una selva indomable, ya nadie preguntará por qué se ha permitido que se convierta en una de las rutas más letales del planeta. El Darién es, en última instancia, el recordatorio de que en la geopolítica moderna, el silencio y la selva son las mejores herramientas de exclusión y control hacia los más desheredados de nuestra región.


