Hemos pagado caro, la deuda que el país contrajo con Álvaro Gómez Hurtado por no elegirlo presidente. De haberlo sido, muy seguramente las circunstancias del país fueran otras y, muy seguramente, no nos encontraríamos bajo un gobierno extremadamente corrupto y dañino como el de Petro. Su extraordinaria formación humanística y profundo conocimiento de la compleja problemática nacional, les habrían significado a los colombianos una resolución sin precedentes en materia social y económica con la puesta en marcha de su propuesta de un “Acuerdo sobre lo Fundamental”, logrando para el país en general una poderosa transformación en su desarrollo. Blanco del odio y del resentimiento político, fue víctima de un violento crimen, que las gentes han calificado de crimen de Estado, aun no resuelto. Igual, no producto de un hecho violento sino de un meningioma que es un tipo de tumor cerebral que se desarrolla en las membranas que recubren el cerebro, diagnosticado como benigno en 2016 y que requirió de varias cirugías y tratamientos a lo largo de los años, murió el pasado 8 de mayo el exvicepresidente Germán Vargas Lleras, otro colombiano excepcional, quien habiendo sido preparado para gobernar al país, cerró su prodigioso periplo vital en plena madurez de su vida pública. El primero, conservador y el segundo, liberal, una vez fallecidos, tanto el país nacional como el político, lamentaron hondamente sus desapariciones, expresando su pesar por no haberlos elegido como presidentes. De ahí el título de esta columna: “Acatamos tarde”. Sí, acatamos tarde, cuando ya el hecho cumplido es irremediable. A Álvaro Gómez, la sombra de su padre Laureano, “el monstruo” como fue llamado por quienes censuró a lo largo de su vida como “gran sensor de la Nación” como también se le conoció, y ante quien los altos funcionarios citados a sus temibles y formidables debates en el Senado, preferían renunciar antes que someterse a su implacable verbo, le creó a Álvaro Gómez una animadversión tan impresionante, que su solo anuncio de aspirar a la presidencia, producía el “milagro” de la unión liberal para atajarlo. Por reacción parecida, a Germán Vargas Lleras el país no le perdonó el famoso coscorrón dado como respuesta al estrujón que su escolta le asestó a una manifestante que quiso estrechar su mano. No es fácil entender la sicología de masas, cuando en las elecciones presidenciales del 2022 el país estuvo a pocos votos de elegir a Rodolfo Hernández en segunda vuelta, frente a Petro, pese a que Hernández como alcalde de Bucaramanga le propinó violenta bofetada al concejal John Jairo Claro Arévalo quien en el despacho de la alcaldía, en plena discusión acusó al hijo del alcalde de corrupto, escena ampliamente difundida por los medios. La pregunta que surge es inevitable: qué es más censurable ¿un coscorrón en la calle o una bofetada en pleno despacho público? Quiera Dios en esta nueva elección presidencial acatemos a tiempo, aprovechando la oportunidad única de corregir el rumbo de la nación, rescatándola de las manos de una izquierda corrupta y mezquina gobernada por Petro y sus bandidos del M-19, haciendo del país una nación paria en el concierto internacional, y sin excepción ninguna salgamos a las calles el 31 de mayo a depositar nuestro voto por la salud de la República, votando por Abelardo De la Espriella como el Bukele colombiano, que sabrá poner orden y restablecer la confianza en una cumplida justicia.
Alberto Zuluaga Trujillo. Alzutru45@hotmail.com


