domingo, mayo 17, 2026

LA “GUERRA DE LA DROGAS” UN CONFLICTO ABSURDO Y DEMENCIAL

OpiniónLA “GUERRA DE LA DROGAS” UN CONFLICTO ABSURDO Y DEMENCIAL

Reflexión

El miércoles 17 de junio de 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon pronunció un pomposo discurso en el que declaró a las drogas como el «enemigo público número uno» de su nación, inaugurando formalmente la famosa «Guerra contra las drogas». Hoy, tras más de cincuenta años (55 para ser más exactos) de distancia, la perspectiva que nos da la historia es irrefutable: asistimos al desarrollo de un conflicto que estuvo perdido desde su primer día. Lo que nació como una supuesta cruzada moral se transformó en una de las estrategias más absurdas, sangrientas y demenciales de la época contemporánea.

La gran paradoja de esta tragedia radica en su enfoque original. A un problema que era, por su naturaleza, de salud pública y de tejido humano, se le aplicó de forma obstinada una solución policiva y militar. Esta táctica errada no solo resultó ser un fiasco, sino que generó el efecto exactamente opuesto al que pretendía: al prohibir las sustancias de manera absoluta, el Estado renunció a su capacidad de control y legalidad, dejando el mercado en manos de la delincuencia de los bajos fondos. Así, la prohibición convirtió el comercio de estupefacientes en uno de los negocios más lucrativos, rentables y violentos de la historia de la humanidad.

El resultado global es un mundo inundado de narcóticos y una sociedad norteamericana sumida en el consumo. Pero no hay que mirar de lejos para dimensionar el desastre; en nuestra propia cotidianidad somos testigos de cómo esta guerra golpea con saña al Eje Cafetero y ensombrece las calles de nuestra ciudad de Cartago. Vivimos bajo la zozobra de ver a miles de jóvenes atrapados en la tragedia de la adicción y el jibarismo y la muerte a manos de estas bandas del microtráfico que comercian con el bazuco y otras sustancias letales. Peor aún, presenciamos la degradación institucional en una alianza perversa: el matrimonio de la narco-política, donde las instituciones locales y regionales terminan secuestradas por los intereses del dinero mafioso. Es un reguero de dolor y sangre que comenzó como una directriz de Washington y terminó castigando con especial sevicia la vida de nuestros barrios, permeados por la lógica de la «cultura traqueta», una subcultura que se ha tomado los países andinos y centroamericanos.

En el fondo, este problema sanitario desnuda la triste relación del individuo con una sociedad contemporánea deshumanizada. Vivimos en un sistema que rinde un culto frenético al consumismo y al dinero fácil, donde el ser humano, en su integridad psíquica y corporal, queda relegado a un segundo plano. La alienación de este entorno empuja al sujeto a buscar la evasión, convirtiéndolo en un engranaje más de una maquinaria que consume sustancias tanto como consume mercancías.

Sin embargo, detrás del discurso bienintencionado de la salud, la verdad de esta guerra es mucho más oscura y responde a una doble estrategia. Por un lado, a nivel internacional, ha funcionado como una maniobra geopolítica de control, dominación y subordinación hacia América Latina —desde México y Centroamérica hasta Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Venezuela—. Por otro lado, a nivel interno en los Estados Unidos, sirvió para alimentar el complejo carcelario llenando las prisiones de miles de reos. Diversos estudios serios han demostrado que la política criminal de la era de Nixon, continuada con fervor por gobiernos posteriores (especialmente republicanos), no buscaba reducir la criminalidad, sino subyugar, perseguir y controlar políticamente a las minorías afroamericanas e hispanas. En EE. UU., las personas negras siguen siendo encarceladas a un ritmo cinco veces mayor que las blancas por delitos de drogas, revelando raíces profundas de racismo e imperialismo institucional.

Para América Latina, el costo de este servilismo político ha sido devastador. No solo se carcomieron las instituciones democráticas a causa de la corrupción, sino que la guerra arremetió con saña contra nuestra propia geografía. Con total impunidad, se implementaron fumigaciones tóxicas masivas que envenenaron bosques, ríos y comunidades enteras. Ya en 1975, en las primeras acciones financiadas por EE. UU. En la Sierra Madre de México, se roció la marihuana con Paraquat, un peligrosísimo herbicida. El veneno no frenó el negocio: los contrabandistas distribuyeron la flor contaminada en el mercado estadounidense y, tres años después, la Universidad de Mississippi descubrió que un tercio de la marihuana confiscada en la frontera presentaba niveles alarmantes de este agroquímico, cuyo consumo directo equivalía al suicidio. Esta misma lógica demencial se repitió en campos colombianos con el uso masivo del Glifosato, una sustancia que, a pesar de la terquedad gubernamental por reactivarla, fue declarada explícitamente en 2015 por la Organización Mundial de la Salud como un «probable carcinógeno para los seres humanos».

Hoy en día, la ironía es absoluta y dolorosa. Mientras regiones vulnerables como Tumaco o nuestros propios municipios sufren la peor parte de la militarización y el dolor del microtráfico, asistimos de manera paradójica a la legalización de la siembra y el consumo legítimo de marihuana en más de 25 estados de la unión norteamericana. El norte regula, genera impuestos y normaliza lo que en el sur nos sigue costando vidas, viudas y tierras estériles.

Las cifras recopiladas por expertos y organismos internacionales como la ONU cierran el debate confirmando un fracaso estructural. A pesar de una inversión que supera el trillón de dólares por parte de la potencia norteamericana, la oferta y la demanda global no han disminuido. Entre 1990 y 2025, las incautaciones de cocaína pasaron de 290 a 1.600 toneladas porque la producción simplemente se quintuplicó. Es el llamado «efecto globo»: la represión en una zona solo desplaza el cultivo a otra, sin alterar un ápice el mercado. Mientras tanto, las muertes por sobredosis en EE. UU. se multiplicaron de forma trágica, evolucionando hacia la actual y mortífera crisis del fentanilo.

En conclusión, la llamada guerra contra las drogas ha resultado ser un error histórico monumental que desnudó la hipocresía del sistema global. Tras medio siglo de sangre, cárceles sobrepobladas y veneno sobre nuestros campos, queda claro que la represión policial y el aparato militar son herramientas absolutamente inútiles e incapaces de resolver el problema; los fusiles y las patrullas nada tienen que hacer frente a una profunda crisis de salud pública psicosocial, alimentada por la alienación y el desarraigo existencial del ser humano contemporáneo. Lo verdaderamente perverso de este engranaje es que, mientras los jóvenes de los barrios marginales de Cartago y los campesinos de la periferia ponen los muertos y la sangre, el sistema bancario internacional —particularmente los grandes centros financieros de Wall Street y los paraísos fiscales— se consagra como el mayor beneficiado de este fenómeno, lavando billones de dólares ensangrentados con total impunidad para sostener la liquidez de la economía global. La prohibición extrema jamás buscó salvar vidas ni derrotar a las mafias. Su verdadero propósito ha sido perpetuar un negocio circular perfecto, demostrando que la adicción definitiva de esta guerra nunca fue a las sustancias, sino al control geopolítico, a la subordinación social y al enriquecimiento ilícito de los dueños del capital.

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