domingo, mayo 17, 2026

SÓLO BASTARÍA VOLVER AL ORIGEN 

OpiniónSÓLO BASTARÍA VOLVER AL ORIGEN 

Sólo bastaría volver al origen. Cuando se cumplen  las seis décadas, los titulares dejan de importar tanto como las preguntas. La que me quita el sueño es esta: ¿con qué fotografía nos recordarán en el siglo veintidós a los terrícolas que vivimos en el año 2026 ?

No será la del primer chip de inteligencia artificial que escribe poesía. Tampoco la del cohete que llega a Marte. Me temo que será la de una humanidad que, teniendo todo el conocimiento del universo en la palma de la mano, eligió vivir con las familias divididas, las sociedades rotas y las fronteras minadas de prevención. Una humanidad que cambió el asombro por la alerta permanente.

Lo que vemos hoy no es una nueva Guerra Fría. Es algo más confuso y más peligroso: un mundo bi-multipolar sin orden. Estados Unidos persigue mantener su arquitectura de alianzas en el Indo-Pacífico y Europa, contener el avance tecnológico y militar de China, y evitar que Rusia consolide ganancias en Ucrania. Su herramienta hoy es la economía securitizada: aranceles, controles de exportación, sanciones secundarias. En los últimos meses incluso evaluó medidas contra India por comprar petróleo ruso.

China, por su parte, habla de un mundo multipolar igualitario y ordenado. Su estrategia se apoya en la Ruta de la Seda, la Organización de Cooperación de Shanghái, el BRICS y el comercio en renminbi para eludir el sistema financiero en dólares. No envía armas a Rusia, pero sí microelectrónica, máquinas-herramienta y óptica que sostienen su base industrial de defensa. El objetivo es claro: desplazar la hegemonía unipolar y construir un bloque euroasiático con Rusia e India.

Rusia juega a la supervivencia estratégica. Aislada por Occidente, profundizó su asociación sin límites con China desde febrero de dos mil veintidós. Su apuesta es vender energía, usar el espacio de maniobra del Sur Global y forzar una negociación que reconozca su esfera de influencia.

El resultado es un sistema heterogéneo dominado por macropotencias imperiales, donde las alianzas se hacen por interés, no por ideología. Y en medio, la inteligencia artificial, el comercio y el clima se usan como armas de negociación. Mientras tanto, en la calle, lo que llega son titulares que ponen el sistema nervioso en modo alarma. La tecnología que debería darnos tiempo libre nos da ansiedad veinticuatro siete.

El extraordinario líder conservador de Colombia Álvaro Gómez Hurtado lo dijo en mil novecientos ochenta y seis y suena más urgente que nunca: necesitamos una revolución de las cosas elementales. No hablaba de ideologías importadas que chocan con nuestra realidad hispanoamericana. Hablaba de lo básico: que el Estado funcione, que la justicia sea pronta, que el trabajo honrado valga, que la familia no se quiebre, que la palabra dada pese más que el cálculo político.

El maestro y jefe político Álvaro Gómez Hurtado llamaba régimen al conjunto de complicidades que impiden que el país funcione. Y pedía tumbarlo para construir uno nuevo alrededor de valores compartidos, no alrededor de un gobierno. Tenía razón. Llevamos cuarenta años discutiendo superestructuras mientras se nos deshace lo elemental.

Caminar ahora en las ciudades que tránsito a diario y ver como paisajes en sus carreteras  los cementerios centenarios ,me pone a pensar en un ejercicio de humildad. Cada lápida es una historia que se llevó sus miedos, sus amores y sus pequeñas revoluciones cotidianas. ¿Qué queda? Las huellas en la familia, en la comunidad.

Cuando uno pasa de los sesenta entiende que lo que importa no es lo que acumuló, sino lo que cuidó. Y ahí está la clave para las próximas generaciones. Los derechos humanos y la dignidad no se discuten en foros ni se negocian en mesas comerciales. Deben estar tatuados en el alma de quien toma decisiones en lo público y en lo privado. Un país que negocia la dignidad de su gente por un acuerdo geopolítico pierde antes de empezar.

Colombia es emprendedora y trabajadora por esencia. Lo que nos falta es dejar de atentar contra nuestra autoestima colectiva. No se construye nación con el otro como enemigo. Necesitamos respeto por la diferencia como base de la armonía social, y acceso real a educación y cultura del trabajo honrado. La revolución digital y la inteligencia artificial no sirven si no forman ciudadanos capaces de pensar por sí mismos y de crear valor con sus manos y su mente.

La política debe volver a lo elemental. Acuerdo sobre lo fundamental: seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura. Sin unidad nacional en eso, no hay plan que aguante.

Quiero que en el siglo veintidós nos recuerden como la generación que, en medio del ruido geopolítico y la histeria tecnológica, dijo basta. Que eligió proteger a las familias por encima de las narrativas. Que entendió que la inteligencia artificial sin ética es solo velocidad hacia el abismo. Que supo que la multipolaridad puede ser competencia sana o choque de civilizaciones, y eligió la primera.

El olvido que seremos me golpeó porque nos recuerda que todo pasa. Pero lo que queda es el amor que dimos y la dignidad que defendimos. No necesitamos otro gran relato ideológico. Necesitamos volver a lo elemental: decir la verdad, cumplir la palabra, trabajar sin robar, educar sin adoctrinar, respetar sin ceder en lo esencial.

Si logramos eso, los titulares de hoy serán grandes telones en el firmamento Y la fotografía que quede será la de una sociedad que, aun dividida por el mundo, se mantuvo unida en lo que de verdad importa. Bastaría volver al origen.

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