El vil asesinato de dos colaboradores de la campaña de Abelardo de la Espriella —Roger Mauricio Devia, exalcalde de Currabal, Meta, y el encargado de logística, Fabián Cardona— en las proximidades de Villavicencio, sirvió para evidenciar lo ya sabido de antemano: que, en caso de acceder al gobierno, la extrema derecha volverá, como en sus mejores tiempos, con sus conocidas masacres en todo el país.
“A Roger, a Fabián y a sus familias les prometo: su sangre no será en vano, su sacrificio no quedará impune”, dijo a un conocido medio el candidato émulo del presidente de El Salvador, Nayib Bukele. No hace falta aclarar el significado de la palabra “impunidad” cuando proviene de otro de los tantos discípulos de Álvaro Uribe Vélez.
No se trata de una exageración, ni deben tomarse las declaraciones a la ligera, otorgándoles el beneficio de la ingenuidad política al suponer que provienen de alguien herido por la pérdida irreparable de dos entrañables compañeros de campaña. En la dinámica política, es inútil hablar de amigos o enemigos, sino de adversarios circunstanciales “que mañana pueden volver a ser amigos”. Cuentan los intereses comunes, el número de apoyos, los votos y los dineros obtenidos a cambio de la colaboración política, donde, en forma piramidal, descienden recursos de manera constante y sonante.
Desde luego, esta “mala copia de Bukele”, si bien puede pensarlo, no se encuentra en posición de hacer un llamamiento a la “venganza popular”. Una que comienza con los medios de comunicación masivos “cebando” al lector y a la audiencia, para terminar haciendo apología del crimen “devenido en ley”, mostrando el rostro indecoroso del cadáver de turno en horario “apto para todo público”, sin necesidad de afirmar a viva voz: “¡Bien muerto!”.
Apariencias
Detrás de la “normalidad” de mostrar pesar por la muerte de “dos miembros de la manada” —como si admitiera de forma explícita que sus seguidores son una parranda de animales asumidos—, el falso “Tigre” esgrime los colmillos, disimula los injertos capilares y la silicona de las nalgas, e intenta desviar la atención de sus malos tratos hacia las periodistas María Lucía “Malu” Fernández y Laura Rodríguez. Una manera de lograr que quienes criticaban la actitud machista y acosadora de “Aguevardo”, esta vez digan: “Pobre muchacho… Está amargado. ¡Le mataron a los amigos!”.
En realidad, a los entusiastas fanáticos de la violencia y del maltrato, de donde el candidato obtiene su base de votantes, les resbalan dichas prácticas cuando no las justifican directamente. ¡Eso es precisamente lo que esperan de él! Mano dura: persecución a los detractores políticos, normalización del estado de excepción permanente, violencia gubernamental, víctimas y “caos controlado”, como sucedió durante veinte años de uribismo anacrónico.
En esa “ley del gallinero”, donde los “de arriba” excretan mientras los de abajo deben soportarlo por una “cuestión de jerarquías necesarias”, los beneficiados son los de siempre. ¿Pero a quién puede importarle cuando una frase adjudicada al gran “Pepe” Mujica asegura que “el peor enemigo de un pobre es otro pobre que se cree rico y defiende a quienes los hacen pobres a ambos”?
Ser ateo u homosexual, así como poseer o no implantes, es una elección personal. La Edad Media concluyó hace décadas, aunque en Colombia algunos se empeñen en revivirla. Los actos privados pertenecen al fuero interno y están supeditados a la conciencia de cada uno, a pesar de que ello moleste tanto a los uribistas —al menos en público—, enemigos tanto de la paz como de la verdadera libertad de los colombianos, cuando debiera primar la integridad, inteligencia o capacidad del aspirante.
Quizás por esa razón pueda verse a De la Espriella presumiendo de actitudes machistas y de desbordes frente a las mujeres, al igual que asistiendo a sucesivas misas para ganarse adeptos incluso dentro de espacios de los cuales prescindiría de no estar sujeto a la consideración del electorado. Pero, con tal de evitar otro gobierno de izquierda que ponga un plato de comida sobre la mesa de los pobres… ¡bien vale el regreso de los falsos positivos, las fosas comunes, los asesinatos selectivos y la guerra perpetua, para que algunos “democráticos” se sientan más “seguros”, aunque vivan llevados y sin poder comprarse una simple chocolatina!
Complicidades
Si había motivos genuinos para desmovilizarse después del último gobierno uribista haciendo “trizas” la paz, era la llegada de Gustavo Petro a la Presidencia, al ofrecerse las condiciones necesarias para reinsertarse a la vida civil. Sin embargo, cuando el interés real no es la construcción de la “patria socialista” ni la “toma del poder”, sino el tráfico de armas o de cocaína, no hace falta demostrar que “si uno no quiere, dos no pelean”.
Hasta hace poco más de cuatro años, el acuerdo tácito resultaba fácil de comprender, muy lejos de los éxitos ficticios de “la lucha contra el narcoterrorismo” mostrados a la opinión pública. Sin poner en tela de juicio el genio militar ni el poder de fuego de los grupos armados al margen de la ley —porque, en boca de los falsificadores de la verdad, hasta lo cierto se vuelve dudoso—, los gobiernos uribistas necesitaban de las guerrillas para “salir a vender seguridad”. Al mismo tiempo, las guerrillas necesitaban del gobierno para vivir del exiguo excedente de las ganancias, “tirándole cada tanto un muerto importante” para que los obsecuentes aplaudieran, llegando incluso a justificar el magnicidio de todos los cadáveres aparecidos con las botas de goma al revés.
De forma casi inesperada, esa situación cambió a raíz de la llegada del progresismo. En su afán de derribar al gobierno “guardando las apariencias legales”, el uribismo y la extrema derecha se vieron forzados a replantear la relación con los grupos guerrilleros. Entonces, de la misma forma en que Juan Manuel Santos Calderón llamó “nuevo mejor amigo” a la Venezuela chavista, con el objetivo de saldar —por pedido de los grandes empresarios— el déficit ocasionado por la suspensión de las relaciones comerciales, se les planteó al ELN y a las disidencias sumarse al boicot contra el gobierno.
De allí surge la falacia inconsistente sobre un gobierno o un presidente “de talante guerrillero”, cuando precisamente es perjudicado mediante atentados, hostigamientos a la población, asesinatos u otras acciones que contribuyen a mermar su credibilidad, al margen de los graves daños causados a la ciudadanía.
¿El plan de la extrema derecha uribista? Recuperar la dirección del país, uniéndolo al poder real de los poderes económicos en alianza con estructuras del crimen organizado que operan dentro del Estado. ¿El propósito de la insurgencia? Recuperar las ganancias perdidas a causa de la lucha efectiva de la administración Petro —reconocida incluso por Estados Unidos—, cortando líneas de suministro y expendio, y estableciendo cifras récord de incautaciones con tal éxito que el narcotráfico se vio obligado a buscar en el Ecuador de Daniel Noboa un aliado para satisfacer sus demandas.
De esta manera, el uribismo plantea la teoría de las “formas de lucha” antes adjudicadas a la izquierda. En el Congreso, constituyéndose en una “máquina de impedir” cualquier indicio de superación del atraso, acabando con privilegios de larga data de políticos, terratenientes, empresarios, banqueros, acaparadores de tierras o narcotraficantes. En los campos, en las grandes ciudades y en los pueblos, de la mano de la herramienta paramilitar —también celosa de perder antiguas prebendas y obligada a dirimir intereses entre sus iguales al verse reducidas sus ganancias ilícitas—, sumando además el aporte de una insurgencia que se dice “de izquierda”.
En las distintas instituciones de la República, agrietando los cimientos del Estado a través de la mermelada, la corrupción y la manipulación explícita, mediante el nombramiento unilateral de cómplices e “hijos de”, asegurando la conservación del statu quo, puesto en evidencia al ser tumbadas la mayoría de las reformas sociales. ¡Es imposible ser tan ciego como para no advertir lo que ocurre, pero peor aún es saberlo y no querer hacer nada!
No era la guerrilla el mayor cartel narcomafioso de Colombia, como pretendieron hacerle creer a la gente a lo largo de veinte años de plomo de la nefasta extrema derecha neoliberal. ¡Ese es el uribismo!, mientras los demás actores actúan como meras moscas en la olla podrida del estamento estatal, el cual, no conforme con haber promovido la descomposición nacional y obstaculizado la pacificación del país, ahora intenta volver por más.
¿Irá a permitirlo nuevamente la ciudadanía?
Atarvanato narcoparacriminal
El procedimiento de la derecha recuerda al de las mafias clásicas, alimentando el imaginario popular desde libros y producciones cinematográficas. La elección de sus referentes pareciera ser el inconveniente menor, porque lo importante consiste en orientar a “todos los barcos hacia la misma dirección”, evitando desgastadoras refriegas internas.
Lo demostraron con el carismático Álvaro Uribe Vélez, considerado en buena parte del mundo uno de los mayores responsables de crímenes de lesa humanidad, sin necesidad de establecer un régimen de facto gracias al apoyo de la corruptela. Le siguió Juan Manuel Santos, su heredero “natural”, quien lo traicionó sin vacilaciones al punto de ganarse el Premio Nobel, mientras puertas adentro entregaba Colombia entera al despojo de las multinacionales e instrumentaba el Acuerdo de Paz, válido aunque funcional también a la protección de inversiones antes que a las “personas naturales”.
Más adelante llegó Iván Duque Márquez, el “marranito de los mandados”, arrastrando con su servilismo e incapacidad manifiesta hacia su “padrino narcoparamilitar” a la peor crisis económica, política, social, institucional y de endeudamiento de la historia reciente. Por lo tanto, ¿qué otra cosa puede esperarse?
Del mismo modo en que Duque se hizo poner canas para aparentar experiencia, cuando no podía administrar ni un club de ajedrez de barrio popular, Abelardo de la Espriella se “disfraza de Bukele” no para poner límites a las mafias o a las pandillas que lo financian, sino para criminalizar la disidencia, a los trabajadores y a la pobreza surgida de las fauces de un tigre que mastica víctimas por encargo de los amos de siempre.
Aunque se vista de seda y pretendan venderlo como la única esperanza de salvación nacional, nunca dejará de ser el abogado de corruptos, mafiosos y narcotraficantes despojados de cargos públicos mediante el voto popular. De obtener la presidencia, seguramente le prestarán el poder para fungir como juez y verdugo lacónico e imperturbable, orientado a disciplinar a los sectores más sensibles de la sociedad por haber llevado al petrismo al gobierno.
Igual que la ultra uribista Paloma Valencia —quien merece un capítulo aparte—: distinto encomendero, idéntico fin. Cercenar de raíz las bases que vieron en el progresismo la concreción de mayores libertades y derechos, en un país donde la generación de empleo, las oportunidades, el acceso a la tierra, la salud y la educación parecen tener menor valor que las balas, los fusiles, los carros bomba o los tatucos, además de no provocar “bajas”.
Carlos Alberto Ricchetti


