domingo, mayo 24, 2026

EL PELIGRO DE LOS DISCURSOS DE ODIO COMO PROPUESTA POLÍTICA

OpiniónÉTICAEL PELIGRO DE LOS DISCURSOS DE ODIO COMO PROPUESTA POLÍTICA

“El discurso de odio es una señal de alarma: cuanto más fuerte suena, mayor es la amenaza de genocidio. Antecede y promueve la violencia».

ANTÓNIO GUTERRES, Secretario General de las Naciones Unidas, 2023

Preámbulo

Los discursos de odio son mensajes que estigmatizan, deshumanizan o incitan a la violencia y discriminación contra personas o grupos por su identidad. Su principal peligro radica en que erosionan la cohesión social, limitan los derechos humanos y actúan como el caldo de cultivo que justifica y detona agresiones físicas reales.

El discurso de odio promueve la violencia y la intolerancia. El efecto devastador del odio, por desgracia, no es nada nuevo. Sin embargo, su escala e impacto se ven ahora aumentados por las nuevas tecnologías de la comunicación ya que el discurso de odio —también en Internet— se ha convertido en una de las formas más habituales de extender una retórica divisoria a escala mundial, poniendo en peligro la paz en todo el mundo.

La escritora Eugenia Almeida considera que los discursos de odio resultan más fáciles de reconocer a la distancia histórica: “Siempre son más difíciles de reconocer en la propia época porque justamente se van naturalizando, y el odio es muy poderoso”. En su opinión “son aquellos que tienen como objetivo la estigmatización, exclusión y persecución de determinados grupos e identidades”. “Son discursos que tienen como destino final la eliminación del otro, primero en un plano simbólico y después en un plano físico”, describe. 

Ejemplos históricos de los discursos de odio

Cuando llegó al poder, Hitler creó el Ministerio de Ilustración Pública y Propaganda para alinear y alienar la opinión de los alemanes sobre los judíos. Su misión era animalizar y criminalizar al pueblo hebreo para después crear leyes para expulsarlo del país o llevarlo a prisión. La historia revela que así mataron a seis millones de judíos ante una sociedad inmunizada.

Hoy, esa propaganda se repite en las redes sociales, donde Donald Trump y sus huestes dibujan a los inmigrantes como terroristas, y donde el presidente Gustavo Petro pone a sus detractores —sean ciudadanos que salen a marchar o dirigentes políticos— como golpistas, paramilitares y aliados del narcotráfico.

Rodolfo Hernández Suárez:  El 22 de agosto del año 2016 siendo alcalde de Bucaramanga presentó una entrevista al noticiero RCN radio en la que afirmó:” Yo soy seguidor de un gran pensador alemán llamado Adolfo Hitler en las recomendaciones que da, no pretenda que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo, la mejor bendición que le puede pasar a personas, ciudades y países, es la crisis porque la crisis trae progresos, es en la crisis donde se resuelven los grandes problemas de la humanidad”

El segundo

momento está relacionado cuando en el año 2019 a través de una entrevista de Blue Radio se refirió a las venezolanas inmigrantes en Colombia: “Nosotros, nosotros no podemos hacer nada, ¿Qué estamos haciendo? A las mujeres embarazadas, las atendemos antes del parto y posparto en el ISABU, hasta ahí les llegamos, no podemos hacer nada, con plata en la alcaldía de todos nosotros sin cobrar nada más, estamos atendiendo. Y los partos que han tenido son como cuatrocientos al año, una fábrica de hacer chinitos pobres”

En la entrevista para Radio Nacional de Colombia el 29 de mayo de 2022: La entrevistadora pregunta: “Bueno, ingeniero en caso de que usted pase entonces a segunda vuelta seguramente las personas que no pasen van a querer aliarse con usted ¿Usted recibiría alianzas?” a lo que responde: “Yo recibo a la virgen santísima y a todas las prostitutas que vivan en el mismo barrio con ella, a todo el mundo lo recibo, pero no les cambio el discurso”

En esta parte encontramos en el candidato una mirada aporofóbica con los migrantes venezolanos, al igual que una exaltación del ex líder del Tercer Reich alemán Adolf Hitler, aunque puede parecer muy coloquial siendo alcalde de Bucaramanga, refleja en su discurso simple, una gran irresponsabilidad emocional en el ámbito democrático, al igual que un irrespeto a las creencias religiosas de un icono tan representativo del catolicismo como la virgen maría, como una burla directa a las creencias y también como una forma de simpatizar con los no creyentes.

Una idea errónea peligrosa: Discurso de odio vs. Libertad de expresión

En el centro del debate se encuentra una idea errónea persistente y peligrosa: que cualquier intento de regular el discurso de odio vulnera automáticamente la libertad de expresión. Esto suele ser una falsa equivalencia. La libertad de expresión es una piedra angular de las sociedades democráticas, protegida por el derecho internacional de los derechos humanos y consagrada en instrumentos como la Declaración Universal de Derechos Humanos (artículo 19) y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP).

Estos derechos permiten a las personas buscar, recibir y difundir información e ideas. Constituyen la base de otras libertades democráticas, como la reunión pacífica, la participación en asuntos políticos y la libertad religiosa. Sin embargo, estas libertades no son absolutas. El artículo 20 del PIDCP, por ejemplo, prohíbe explícitamente «toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituya incitación a la discriminación, la hostilidad o la violencia».

El Plan de Acción de Rabat de la ONU ofrece orientación para distinguir entre la expresión protegida y la incitación ilícita, enfatizando que las restricciones deben estar cuidadosamente justificadas, ser proporcionadas y necesarias para prevenir daños o garantizar la igualdad y la participación inclusiva.

De las palabras a la violencia: Los delitos de odio como atentado contra la democracia

El vínculo entre el discurso de odio y los delitos de odio no es especulativo, sino que está bien documentado. El discurso de odio a menudo sienta las bases ideológicas para los delitos de odio al normalizar la intolerancia, deshumanizar a grupos específicos y fomentar la idea de que la violencia está justificada o es inevitable. Cuando la retórica de odio no se cuestiona, envalentona a individuos y grupos a actuar en consecuencia, convirtiendo las palabras en daño físico directo. Estos delitos socavan los principios fundamentales de igualdad, dignidad y justicia que forman la base de las sociedades democráticas. Los delitos de odio generan miedo, suprimen la participación en la vida pública y fracturan el tejido social inclusivo esencial para el florecimiento de la democracia.

El impacto real del discurso de odio

El discurso de odio no es simplemente lenguaje ofensivo. A menudo es precursor de crímenes de odio, división social e incluso atrocidades masivas. En la era digital actual, la retórica incendiaria puede difundirse globalmente en segundos, amplificando su alcance y consecuencias. Como lo demuestran la historia y los casos contemporáneos, el lenguaje ha sido un poderoso instrumento para incitar a la violencia, movilizar el extremismo y despojar a grupos de su dignidad y derechos.

Consideremos el caso de Bielorrusia, donde los medios de comunicación estatales emiten un segmento semanal titulado «La Orden de Judas», que señala a los llamados «traidores» del régimen. Esto incluye a líderes de la oposición, periodistas, artistas y exfuncionarios. Al atacar públicamente a individuos, el Estado fomenta un clima de miedo, reprime la disidencia y normaliza la exclusión y la hostilidad dentro de la sociedad.

De manera similar, en el contexto de la guerra de Rusia contra Ucrania, se ha empleado sistemáticamente un lenguaje deshumanizante para etiquetar a los ucranianos como «nazis», una estrategia retórica que busca justificar la agresión y distorsionar la realidad. Estas narrativas no son solo propaganda: son vehículos de incitación, manipulación y erosión de las normas democráticas.

Plataformas digitales: Aceleradores y campos de batalla

Las plataformas en línea se han convertido en el principal campo de batalla en la lucha contra el discurso de odio. Si bien ofrecen oportunidades sin precedentes para la libertad de expresión y el diálogo global, también son caldo de cultivo para la radicalización y la incitación. Reconociendo esto, la Unión Europea ha tomado medidas significativas para abordar el odio en línea.

En 2016, la UE lanzó un Código de Conducta para contrarrestar el discurso de odio ilegal en línea, en colaboración con empresas tecnológicas como Facebook, Twitter y YouTube. Desde entonces, la iniciativa se ha ampliado para incluir a TikTok, LinkedIn y otras, estableciendo un grupo de trabajo multisectorial para abordar la desinformación y el discurso de odio en línea.

La UE también apoya estrategias más amplias, como el proyecto EUvsDisinfo, destinado a exponer y combatir las campañas de desinformación rusas. En 2021, la Comisión Europea adoptó una Comunicación que propone añadir el discurso de odio y los delitos de odio a la lista de delitos de la UE, enfatizando aún más la urgencia y la gravedad de la amenaza.

El insulto como justificación política

El insulto constituye en sí mismo el final de los argumentos, no porque el debate emocional no encuentre más herramientas discursivas, sino porque las herramientas discursivas desaparecen al intentar convencer al otro de la idea que se tiene sobre un problema particular. Y su instrumentalización como falacia argumentativa en dónde se descalifica al contendor en sus cualidades y calidades más no en sus ideas o propuestas.

El insulto está fundamentado especialmente en los factores emocionales, en especial en la ira, la rabia y en muchas ocasiones la frustración de no ser entendidos, o no lograr impactar en el cambio de convicciones del otro. Es por ello que en el estado del arte se reconoce la importancia de las emociones en el ámbito político, que de alguna manera desdibuja la idea de una racionalidad política, administrativa y cuantificada, y somete esos procesos a la exaltación de lo que no puede ser contabilizado sino impactado por la fuerza de las masas movidas por una emoción, expresada en la violencia política o en la participación democrática.

En el apartado anterior mencionábamos como el discurso de Rodolfo Hernández, es disperso pero apunta hacia un discurso de odio, movido por una especie de clasismo y xenofobia, que sin duda está en sus mismas actuaciones, que van desde la violencia física hacia un concejal de la ciudad de Bucaramanga en el año 2018 cuando ejercía como alcalde, hasta sus múltiples expresiones de desprecio e insultos hacia sus contrincantes políticos, es decir, todo ese proceso está hilado desde sus mismas actitudes políticas hacia sus oponentes.

El papel de los discursos del odio y de la estigmatización en el asesinato de líderes y lideresas en Colombia

En la historia de Colombia abundan los ejemplos sobre el papel nefasto de la estigmatización en la justificación del asesinato para lograr ventajas políticas o acumular riqueza. Las dictaduras de mediados del siglo XX se impusieron a sangre y fuego en contra del gaitanismo y de los movimientos sociales campesinos, étnicos, estudiantiles y sindicales; el régimen del Estado de Sitio generalizó dictaduras cívico – militares que declararon enemigo interno a todo el que calificaban de agente soviético y autorizó la pena de muerte bajo la figura de la “ley de fuga” o de guerra contrainsurgente; la múltiple alianza antisubversiva promovió el complejo paramilitar con licencia para matar; la lucha armada insurgente por el poder justificó declarar objetivo militar o de economía de guerra a civiles y se acompañó de graves violaciones al DIH incluidos secuestros y ejecución de personas inermes calificadas de enemigos.

También existen experiencias de distensión en los discursos en la cúpula política con súbitas repercusiones en disminución de homicidios y de hechos violentos en la sociedad: así ocurrió en meses de 1953 cuando el General Rojas Pinilla anunció una amnistía; con el acuerdo del Frente Nacional y el Plebiscito de 1957 se abrió un periodo hasta 1965 con disminución drástica de la tasa de homicidio; entre 1991 y 1993, como efecto del pacto constituyente, se frenó la matanza antes de que se escalará la guerra. Ahora con la firma de los acuerdos de paz y la transición hacia el postconflicto se espera un decrecimiento más acelerado de las tasas de homicidio político que vienen cayendo a pesar de la persistencia de la violencia en regiones y de la radicalidad de los discursos fanáticos.

En la actualidad hay conexión entre la estigmatización y discursos del odio en la cúpula política y la persistencia y reconfiguración de violencias armadas en los rincones más apartados o con historias recientes de conflicto armado en Colombia. Después de décadas conflictos armados, la firma del Acuerdo de Paz abre el camino para desmontar dispositivos violentos, odios y resentimientos pero se requieren estrategias multidimensionales para transformar condiciones ideológicas, culturales y políticas creadas en función de la guerra: esas estrategias son efectivas si están acompañadas de mensajes desde arriba e iniciativas desde abajo. El impulso de retaliación o venganza de una persona o grupo en alguna región rural o en centros urbanos con historias de violencia armada se activa cuando ve a sus jefes a punto de romperle la cara a los contradictores o cuando arriba, en el Congreso de la República o en los medios de comunicación, se repiten los discursos del odio y la estigmatización. Y más grave todavía, la reconfiguración de grupos armados para disputas por territorios, tierras, recursos naturales y poderes políticos, encuentra soporte y terreno abonado en la estigmatización: siempre dicen que matan, desaparecen o desplazan para proteger a las comunidades ante el peligro de enemigos de la democracia, “desechables”, falsos reclamantes de tierras, terroristas camuflados de promotores de paz, enemigos del progreso, etc., etc.

La estigmatización ha sido definida como la desfiguración de personas, colectivos y posiciones para promover discriminación, exclusión, daño físico y moral. En el lenguaje de la estigmatización el excombatiente que ha firmado la paz sigue siendo señalado de criminal y terrorista, el homosexual es condenado por depravado, los indios y negros son descalificados diciendo que son perezosos, la protesta social se presenta como cómplice del terrorismo, la defensa de la paz como impunidad, la izquierda como destrucción castrochavista o comunista, los migrantes ilegales son criminales drogadictos, el que defienda al pueblo es populista antisocial, el defensor de la JEP es mandadero del narcotráfico, el criminal asesinado es un buen muerto, el opositor comunista y socialista es criminal, el campesino cocalero es narcotraficante y criminal. Y desde otro extremo la estigmatización más frecuente se acompaña de la identidad entre una posición y una condición maligna: derechista es fascista o neonazi, todo opositor a los acuerdos de paz es señalado como paramilitar o narcotraficante, ganadero es igual a paraco, el político de derecha es descalificado como parapolítico corrupto, la lideresa de derecha beligerante es descalificada como loca, el pariente de un parapolítico es condenado como criminal sólo por su vínculo de sangre. Y un largo etcétera.

La acción en contra de la estigmatización ha sido identificada como urgente no sólo en el Acuerdo de Paz sino también en decretos como el 660 de abril de 2018 y el decreto 2137 que con la firma de Iván Duque dio origen al Plan de Acción Oportuna en noviembre de 2018. En esas normas se incluyen importantes estrategias a llevar a cabo en las regiones para fortalecer la protección colectiva y la prevención de agresiones en contra de las comunidades, organizaciones y líderes comprometidos con la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz. La aplicación de esas normas es un aporte al pacto nacional que se debe proponer sacar las armas de la política y de los negocios. Pero las estrategias regionales serán eficaces si se acompañan de acuerdos e iniciativas nacionales de desactivación de los discursos del odio, el fanatismo y la estigmatización. ¿Cómo hacerlo? Este interrogante podría ser abordado en distintas instancias como la Comisión de Paz del Senado y Cámara de Representantes, Comisión Nacional de Garantías de Seguridad, Alta Instancia de garantías para el ejercicio de la política, Mesa Nacional de Garantías, Consejo Nacional de Paz y comisión del Plan de Acción Oportuna. ¡Pasado mañana puede ser tarde!

Consecuencias de los discursos de odio

Afectación a la dignidad: Atenta contra la igualdad y el respeto que todo ser humano merece.

Autocensura y miedo: En especial en entornos digitales, las personas vulnerables modifican su comportamiento y evitan expresarse libremente para no sufrir acoso o ataques.

Escalada de violencia: Las palabras agresivas normalizan la hostilidad, sentando las bases para delitos de odio, crímenes de odio e incluso genocidios a lo largo de la historia.

Perpetuación de prejuicios: Refuerza estereotipos negativos que dificultan la cohesión social y el desarrollo de comunidades tolerantes.

¿Por qué destruyen la democracia?

Erosión de los derechos: El debate democrático se basa en el respeto y la igualdad de condiciones. Los discursos de odio silencian a las minorías e inhiben la participación política al infundir miedo. Polarización extrema: Fomentan narrativas de «nosotros contra ellos» que destruyen el diálogo constructivo, paralizando la gobernabilidad y la resolución pacífica de conflictos.]

Incitación a la violencia: Al estigmatizar a ciertos colectivos basándose en su raza, religión, género u orientación sexual, preparan el terreno para agresiones físicas y discriminación sistemática.

¿Por qué destruyen la ciudadanía?

Pérdida de la condición de iguales: La ciudadanía requiere que todos los individuos sean reconocidos como miembros plenos de la sociedad. El odio excluye a ciertos sectores, tratándolos como amenazas o inferiores. Degradación de la convivencia: Un entorno dominado por el odio genera desconfianza, ansiedad y estrés, impidiendo que las personas se relacionen como iguales.

Propagación de falsedades: Estos discursos suelen apoyarse en prejuicios y desinformación para manipular la opinión pública, evitando el razonamiento crítico que requiere una ciudadanía activa

 ¿Qué se debe hacer como votante ante los discursos de odio?

Como votante, ante los discursos de odio, se debe actuar como un filtro activo y no como un megáfono. Esto implica verificar la información, no compartir ni viralizar mensajes estigmatizantes, exigir propuestas basadas en el respeto y denunciar formalmente las expresiones que inciten a la violencia o vulneren derechos.

Para asegurar unas elecciones informadas y libres de violencia, el votante debe asumir prácticas clave:

No ser un replicador: Evitar compartir contenido que ataque a los candidatos por su género, raza, orientación sexual o religión. El objetivo del discurso de odio es generar indignación para lograr viralidad; frenar la cadena rompe ese ciclo.

Verificar antes de creer: Contrastar los mensajes agresivos o escandalosos consultando fuentes oficiales o plataformas de verificación de datos, ya que estos discursos suelen estar acompañados de desinformación.

Exigir debate de ideas: Rechazar el lenguaje beligerante y presionar a los liderazgos y partidos políticos para que enfoquen sus campañas en propuestas programáticas y no en ataques personales o polarizantes.

Reportar el contenido: Utilizar las herramientas de denuncia que ofrecen las mismas plataformas sociales para señalar publicaciones que inciten al odio o a la discriminación.

Denunciar la violencia política: Si el discurso de odio escala a amenazas o violencia política, se deben interponer las quejas ante las autoridades competentes, como el Consejo Nacional Electoral o la Misión de Observación Electoral – MOE.

Colofón

Este tipo de discurso violento, lejos de ser una simple expresión de honestidad o sinceridad, como se pretende presentar, se convierte en una herramienta de manipulación política y un mecanismo para deslegitimar las voces disidentes. La apelación al insulto y la estigmatización se muestran como una estrategia para captar el apoyo popular, explotando los sentimientos y resentimientos, al igual que las frustraciones de ciertos sectores de la sociedad.

Lo anterior, que podríamos reconocer como populismo punitivo, se presenta como una alternativa auténtica o cercana al pueblo, que en realidad enmascara la falta de propuestas concretas estructuradas bajo la realidad socioeconómica y sociopolítica de Colombia, al igual que una ausencia de un verdadero compromiso con el bienestar social.

El discurso violento y estigmatizante pone en riesgo los cimientos de la democracia, socavando el respeto mutuo, la tolerancia y la búsqueda del diálogo constructivo, donde es imperativo que la sociedad colombiana reflexiones sobre los límites de la libertad expresión y exija discursos responsables y comprometidos con las diferencias sin necesidad de eliminar el carácter político.

Los discursos de odio son la máxima expresión de la falta de capacidad de diálogo en los espacios de debate político donde la ciudadanía está en el deber escuchar ideas orientadas para la mejora de la realidad y no ideas sustentadas en alimentar la guerra y la violencia como único camino para la solución de los problemas de una nación, ya que la guerra es la consecuencia de la desigualdad social de una manera marcada obligando a muchas personas a tomar este camino como el único posible para poder dignificar su vida.

Mención para el lector

Este texto no pretende ser un producto acabado o el final del camino.  Es una invitación a la reflexión y el debate para la construcción colectiva ya que en “El Opinadero” cada lector es también un autor.

A partir  de lo mencionado:

¿Cuál es su frente a los discurso de odio en el campo de la política y futuras elecciones presidenciales?  Opine en el Opinadero.

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