A pocos días de la primera vuelta presidencial, Colombia atraviesa uno de los momentos políticos más tensos y decisivos de las últimas décadas. Tres candidatos concentran las preferencias ciudadanas y, según las encuestas, dos aspirantes de oposición libran una batalla cerrada por alcanzar el anhelado paso al balotaje definitivo. El ambiente, se ha contaminado de agresividad verbal, noticias falsas, insultos y una preocupante degradación de las formas republicanas. La confrontación programática prácticamente ha desaparecido. En lugar de debates profundos sobre economía, seguridad, salud, empleo o institucionalidad, el país asiste a una contienda marcada por la injuria, la sospecha y la manipulación emocional. A ello se suma la abierta participación del presidente de la República en favor del candidato oficialista, asumiendo un papel más cercano al de jefe de debate que al de árbitro institucional. Tal circunstancia ha sido cuestionada por diversos sectores, al considerar que desde la Casa de Nariño no puede estimularse una campaña basada en el enfrentamiento permanente y el señalamiento sistemático de quienes piensan distinto.
Todo ello ha contribuido a exasperar el clima nacional. Lo más doloroso es que, en medio de semejante polarización, hoy se investigan homicidios con motivaciones políticas que enlutan a familias y evocan épocas que el país jamás debería repetir. La democracia se debilita cuando la palabra deja de ser razón de deliberación y se convierte en detonante de odio.
En este panorama sobresalen dos publicaciones de singular importancia para comprender la magnitud del momento histórico que vive la Nación. La primera es el libro Colombia después de Petro, del analista y pensador Hernando Gómez Buendía; la segunda, La Constitución soy yo (“cuando la norma es el arma que desmantela la democracia. Una advertencia histórica”.) del jurista Mauricio Gaona. Ambas obras constituyen advertencias serias sobre los riesgos de una deriva institucional que podría conducir al país hacia modelos semejantes a los padecidos por Cuba, Venezuela y Nicaragua, donde el debilitamiento progresivo de las instituciones terminó erosionando libertades fundamentales.
En entrevista publicada por El Tiempo, Gómez Buendía expone una tesis inquietante: sostiene que el presidente Petro “no gobernó, sino que hizo oposición al establecimiento desde el Gobierno”. Según su análisis, el actual mandatario prefirió mantener viva la lógica de confrontación que lo llevó al poder antes que ejercer una conducción estatal orientada a la conciliación y al fortalecimiento institucional. Gómez advierte que el país no puede continuar atrapado en una política emocional, basada en caudillismos y antagonismos permanentes, porque ello fractura la confianza pública y profundiza la polarización. También señala que el principal reto de Colombia sigue siendo construir un Estado moderno, eficaz y capaz de garantizar presencia legítima en los territorios abandonados.
Por su parte, Gaona desarrolla una reflexión de enorme profundidad jurídica y política alrededor del denominado “acto reflejo”. Con ello explica cómo ciertos gobernantes terminan identificándose a sí mismos con cambiar la Constitución y las instituciones, hasta asumir que su voluntad personal representa automáticamente el interés general. Bajo esa peligrosa y falsa apreciación, cualquier oposición es vista como enemiga del pueblo, y las restricciones constitucionales pasan a interpretarse como obstáculos ilegítimos frente a la supuesta misión salvadora del gobernante. Allí radica uno de los mayores peligros para cualquier democracia: cuando quien detenta considera que la Constitución deja de ser norma superior para convertirse en simple extensión de su propia voluntad, por ser él quien “encarna” el pueblo.
Por eso estas elecciones no representan únicamente la escogencia de un mandatario. Lo que realmente está en juego es la preservación del equilibrio institucional, la independencia de poderes, el respeto por la crítica y la continuidad de un sistema que, aunque imperfecto, todavía es capaz de corregirse a sí mismo. Colombia necesita recuperar el debate sereno, el respeto por la diferencia y la sensatez patriótica. De lo contrario, la enervación terminará sustituyendo la democracia en un simple recuerdo retórico.


