Este domingo Colombia vuelve a enfrentarse a una contienda presidencial y, ojalá, en medio de tanta polarización, miedo y ruido, la gente no olvide algo básico: votar debería ser un acto de amor, informado y con sentimiento de esperanza, aunque eso parezca imposible.
Vivimos un momento donde la democracia está siendo manipulada a través de emociones, encuestas y narrativas diseñadas para movilizar el miedo, la rabia o el resentimiento. La política dejó de ser la de las ideas, argumentos y debates en medios de comunicación, pues pasó a una pelea que ocurre en las redes sociales, entre algoritmos, bodegas, bots, perfiles falsos y videos de segundos que muchas veces corren más rápido que la verdad.
Estoy leyendo un libro llamado Infocracia, de Byung-Chul Han, que justamente habla de eso: de cómo en Estados Unidos, ya hace 10 años, desde Cambridge Analytica se hizo perfilamiento de usuarios, publicidad microsegmentada, se movilizaron las emociones de forma visceral y terminaron manipulando las percepciones, las elecciones y envenenando la democracia.
Se relega el debate de argumentos frente al espectáculo, que degrada la democracia.
La política colombiana viene polarizándose desde hace años, un punto de inflexión fue el plebiscito por la paz en el 2016. Desde entonces, pareciera que el país dejó de intentar construir con el distinto y empezó a dividirse entre bandos irreconciliables. Diez años después, el radicalismo no sólo creció sino que se volvió en la forma de hacer política, y eso debería preocuparnos.
Porque cuando la política se mueve únicamente desde la rabia o desde el miedo, se pierde algo esencial: la capacidad de escucharnos, de deliberar, de construir acuerdos y de sacar lo mejor del otro, ¿y no es pues el fin principal de la política? A veces siento que el país se parece más a un estadio de fútbol de hinchas, tribunas y espectáculo, que a una democracia. Todo se convierte en pasión, identidad, pelea, un espectáculo en donde el que piensa distinto termina siendo enemigo sin posibilidad de defenderse.
Yo sigo creyendo que la política puede ser otra cosa. Me enamoré por la idea de que desde lo público se pueden transformar vidas y cerrar brechas. Crecí, como muchos colombianos, escuchando que la política era sinónimo de corrupción o de vergüenza, hasta que entendí que justamente para cambiarlo había que involucrarse.
En el 2010, la Ola Verde despertó algo distinto en muchos jóvenes: la idea de que las emociones en política también podían ser positivas, esperanzadoras y más constructivas. Que se podía hacer política sin odio. Y aunque hoy las redes sociales premian más el grito, el ataque o el video corto que la profundidad, la humanidad o los argumentos, me niego a creer que todo está perdido.
Estos años en política me han convencido de algo: uno debe actuar de tal forma que pueda mantener siempre la frente en alto y tranquilidad en el alma. Porque, como dijo Pepe Mujica: aunque estamos en una sociedad donde pareciera que ser buenos no importa, no se cansen de ser buenos, sirve para no arrepentirse con unos mismo.
Este domingo no solo vamos a elegir un presidente, también vamos a decidir qué tipo de país queremos ser. Un país atrapado en el péndulo de los extremos, como lo dijo está semana The Economist, donde cada elección se convierte en una revancha contra el anterior; o un país capaz de construir, de corregir, de dialogar y de avanzar sin destruirlo todo cada cuatro años.
El próximo gobierno también cometerá errores, tendrá dificultades y contradicciones. Pero más allá de las ideologías, necesitamos a alguien que entienda que gobierna para todos, no solo para su electorado, y eso implica construir con el distinto, inspirar más que emocionar, generar acuerdos y reconocer que Colombia sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo, con falta de oportunidades, corrupción y grandes retos sociales, económicos y de seguridad.
El domingo, antes de entrar al puesto de votación, le propongo que haga el siguiente ejercicio: cuando esté en el cubículo, haga un alto, respire profundo y pregúntese: ¿Estoy votando desde la rabia, el miedo o el odio? ¿O estoy votando con convicción y esperanza? Y que la cara que marque en el tarjetón le haga pensar que con su voto está aportando su granito de arena en la construcción de una sociedad menos violenta y más constructiva. Porque si seguimos votando desde el la rabia, seguiremos profundizando las fracturas que hoy tienen agotado y en crisis a Colombia.


