La política atraviesa hoy una de las crisis más profundas de su historia moderna, no solamente por los problemas institucionales que afectan a muchas democracias, sino porque lentamente ha comenzado a perder su alma. Lo más preocupante no es únicamente la corrupción, la polarización o el desgaste de los partidos políticos; lo verdaderamente alarmante es que millones de personas han empezado a olvidar qué significa realmente la política y para qué existe. En muchos sectores de la sociedad ya no se percibe como un camino para construir comunidad y buscar el bien común, sino como una guerra permanente donde lo importante no es servir, sino vencer; no es convencer, sino destruir al otro. Y cuando una nación llega a ese punto, comienza silenciosamente su deterioro moral.
La política, en su sentido más noble, nació para organizar la vida común hacia el bienestar colectivo. Desde la antigüedad clásica, especialmente en el pensamiento de Aristóteles, se entendía que el ser humano solo podía realizar plenamente su existencia viviendo en comunidad, participando responsablemente en la construcción de la sociedad y buscando el bien de todos. Gobernar no significaba dominar, sino servir. El poder no era un privilegio personal, sino una responsabilidad ética frente al destino de un pueblo. Pero esa visión elevada de la política ha sido reemplazada, en muchos casos, por algo mucho más peligroso: la politiquería.
En el contexto de las próximas elecciones presidenciales en Colombia, esta reflexión se vuelve especialmente urgente. El futuro de una nación no depende solamente de quién gane unas elecciones, sino del nivel de madurez política de sus ciudadanos. Porque una democracia no se sostiene únicamente con votos; se sostiene con conciencia, memoria histórica y responsabilidad ética. Las elecciones no deberían convertirse en guerras emocionales donde el objetivo es destruir al otro para justificar la propia causa. Un país no madura cuando todos piensan igual, sino cuando aprende a convivir en medio de sus diferencias sin destruirse desde dentro.
Participar en política no significa militar en un partido ni repetir consignas ideológicas. Participar en política significa comprender que nuestras decisiones afectan la vida colectiva. Hace política quien vota responsablemente, quien se informa críticamente, quien rechaza la corrupción incluso cuando beneficia a su propio sector ideológico, quien es capaz de cuestionar a aquellos con quienes simpatiza y quien entiende que el país está por encima de cualquier líder. La indiferencia tampoco salva democracias. Cuando las personas honestas se alejan completamente de la vida pública por cansancio o decepción, el vacío suele ser ocupado por quienes entienden el poder únicamente como mecanismo de control o beneficio personal.
Tal vez el desafío más grande de Colombia hoy no sea solamente elegir un presidente, sino recuperar el verdadero sentido ético de la política. Porque al final, los pueblos terminan pareciéndose a aquello que deciden admirar. Si una sociedad premia el odio, crecerá el odio. Si premia la mentira, crecerá la manipulación. Si premia el fanatismo, crecerá la división. Pero si una nación vuelve a valorar la honestidad, la preparación, el pensamiento crítico, el respeto y el bien común, entonces la política podrá recuperar nuevamente su verdadero propósito: dejar de ser una lucha desesperada por el poder y volver a convertirse en un camino de construcción colectiva, responsabilidad histórica y esperanza para las futuras generaciones.
Padre Pacho


