CINEMATOGRAPHIA VITA MEA EST.

OpiniónCineCINEMATOGRAPHIA VITA MEA EST.

Cinephilus obsessivo

De cómo el cine llegó a mi vida y la cambió para siempre

            El cine llegó a mi vida a muy temprana edad. Era un niño al que aún cargaba mi madre cuando me llevaron a ver mi primera película; se llamaba Luz Divina, producida en el año 1952, dirigida por John Brahm, sobre el milagro de Fátima sucedido en esa región de Portugal en el año 1917.  Vi la película con los ojos agrandados por el asombro.  En mi pantalla de recuerdos fílmicos quedó estampada la imagen de una mujer corriendo hacia la cámara debido al pánico suscitado entre la multitud, por el extraño fenómeno en el que el sol parecía danzar en el cielo. Desde ese momento mi madre me llevaba cada ocho días a las proyecciones matinales en las que se podían ver dos películas con variados géneros del cine “clase B” o cine de bajo presupuesto de los años 70; eran cientos de producciones con vaqueros, luchadores enmascarados, misterios y risas que pasaron por esas pantallas enormes de los cines antiguos pereiranos y que hoy desaparecieron para dar paso a las salas pequeñas.

            Asistí al cine rotativo o cine circular en el que se iniciaban las proyecciones a las once de la mañana y finalizaban a las once de la noche y a las que se podía entrar a cualquier hora y quedarse a repetir las películas las veces que uno quisiera, porque cuando terminaban, automáticamente empezaba la otra y así sucesivamente; de ahí el eslogan: Cualquier hora es buena para entrar.

            Como me inicié en el cine desde tan temprana edad, hoy no concibo la vida sin él. He pasado gran parte de mi vida en medio de la penumbra de una sala de proyección, viendo pasar la vida de otros con la seguridad de ser espectador y, además, testigo de las tribulaciones que sufren los personajes, porque, aunque uno tenga las propias, sin duda, no merecen ser llevadas al cine.

            La narrativa literaria y el cine tienen ese fin: contar historias sorprendentes que exalten la emoción de quien asiste a una función cinematográfica; la vida en general es sencilla, sin sobresaltos, aventuras o situaciones que valgan la pena contar. Un cuento, una novela o una anécdota siempre busca sorprender al lector y el cine hace lo mismo, contar de manera audiovisual una narración que se salga de la cotidianidad.

            Lo mismo que la literatura, el cine tiene muchas formas de contar historias en diferentes géneros: dramas, romances, aventuras, vaqueros, naves espaciales, monstruos, sicópatas, triunfos y derrotas que desfilan en 24 fotogramas por segundo como las páginas de un libro, aunque hoy, lo de los 24 cuadros por segundo sea historia, por la llegada del cine digital. Cada persona define el gusto por algún género del cine o de la escritura. Por lo general las personas que son ávidas lectoras, buscan comparar lo que ya han leído con la versión que el cine hace en la adaptación de alguna novela, pero debemos recordar que entre la lectura y la película hay enormes diferencias porque un filme tiene una duración limitada, mientras que el libro puede ser leído en diferentes momentos.

            La manera de ver cine ha cambiado con el paso del tiempo. Hoy, con la enorme oferta de plataformas especializadas, no es necesario salir de la casa a la sala de proyección, pues desde el mismo celular podemos ver muchas películas; sin embargo, yo no he perdido la emoción de asistir a la gran sala y rodearme de la oscuridad y la tenue luz que el proyector lanza sobre la pantalla gigante. El cine para mí es como una enfermedad que debe curarse con dosis de buenos antibióticos, en este caso, de sesiones de cine que ojalá sean abundantes.

            Las vidas sorprendentes de los personajes que veía en el cine, estaban muy lejos de lo que yo mismo vivía, por ello me gustaba disfrazarme del Zorro, de Mosquetero, de Kalimán o de vaquero, pues deseaba traer a mi vida sencilla, esas aventuras maravillosas que solo ocurrían en el universo delimitado por el gran rectángulo cinematográfico.

            Pasa en la vida, o no pasa, pero… sí pasa en las mágicas pantallas de cine.

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