«NO EXISTE SUFICIENTE EVIDENCIA PARA CONVENCER A UN ESTÚPIDO»

Opinión«NO EXISTE SUFICIENTE EVIDENCIA PARA CONVENCER A UN ESTÚPIDO»

Esta frase se la escuché al ensayista y antropólogo bogotano Carlos Granés, a quien admiro, escucho y leo. Al investigar sobre ella me di cuenta que realmente es una adaptación de la famosa máxima popular atribuida al escritor estadounidense Mark Twain: «Ninguna cantidad de evidencia logrará convencer a un idiota».

La traigo a colación porque creo que refleja al milímetro el pensamiento que tienen los colombianos y gran parte de los habitantes del planeta. Esta es la campaña electoral más absurda e ilógica de todas las que hemos tenido a través de la historia. Permeada totalmente por el avance y la dominación que ejercen las redes sociales sobre las masas, es la primera en la que la IA (inteligencia artificial) es protagonista de primer nivel, para bien, pero sobre todo para mal. Nos es casi imposible diferenciar entre la verdad y la mentira. Todo suele ser falso, fake news, información manipulada con fines electorales, encuestas mentirosas, etc.. En tales circunstancias el país llega a elecciones en medio de una polarización extrema (término intangible y de moda en todas las conversaciones sobre el tema) con dos conceptos antagonistas e irreconciliables sobre el Estado y su papel y por ende sobre la sociedad misma. Sobre ellos hay un axioma incontrovertible: mientras más crece y se radicaliza un extremo, más se fortalece el contrario.

El presidente Gustavo Petro, líder indiscutido de una de las orillas del espectro, pero carente de claras mayorías políticas en el país, arremetió con fuerza contra el establecimiento con dos armas feroces: una constituyente que cambie el mapa político y una actitud deslegitimadora frente a las cortes y contra el poder judicial. Un choque frontal del «ejecutivo» contra los otros dos poderes de nuestra democracia. La reacción no se hizo esperar. La oposición (antipetrismo) se unió y se radicalizó en el extremo contrario y encontró a un «outsider» desconocido que copiaba al pie de la letra un discurso de «guerra» con éxitos probados en otras latitudes. El perfecto coctel para la violencia.

Colombia ha vivido en permanente guerra política, desde Bolívar y Santander. Esa violencia que hoy nos parece arcaica y primitiva —lejana al uso de la razón— y que alcanzó su cenit en las décadas del 40 y del 50 en el siglo pasado, está de regreso, si es que alguna vez se fue. Y parece inatajable en una sociedad que no quiere razonar porque no puede hacerlo. En la política no existe la lógica y mucho menos la perfección. Los extremos nunca van a conciliar. Por eso es inútil que un bando pretenda convencer al otro. Cada uno piensa que «no existe suficiente evidencia para convencer a un estúpido». Cada facción descalifica a la otra y la considera «idiota». Desapareció la tolerancia, si es que alguna vez existió. Así las cosas, estamos al borde del abismo.

Los militantes de cada orilla nunca reconocerán para la otra evidencias objetivas y calificarán de irracionales sus creencias, cada cual interpretará los acontecimientos como le convengan y nunca aceptará que otros tengan la razón, aunque en política esta no exista. Pero lo grave no es disentir, es la incapacidad de aceptar que se piensa diferente, es la violencia implícita en esta circunstancia, la manera como se distancian las familias, se dañan las amistades, anteponemos las ideas a los valores y las doctrinas a los afectos.

Yo no renuncio a pensar ni a expresar lo que pienso, pero tampoco a aceptar que otros piensen diferente. Jamás creeré que ellos, por tal razón, son «estúpidos».

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