ECOS DE LA MONTAÑA: CONDINA Y LA SANGRE DE 1854 EN LA FORJA DE PEREIRA

OpiniónHistoriaECOS DE LA MONTAÑA: CONDINA Y LA SANGRE DE 1854 EN LA FORJA DE PEREIRA

Hay lugares que la modernidad parece inaugurar, pero que en realidad solo está reescribiendo. Hoy, quienes transitan la variante Condina en Pereira, entre el zumbido del asfalto y el verde paisaje de las fincas lecheras, ignoran que están pisando el epicentro de un drama decimonónico. Como caminante y observador de estas tierras, siempre me ha fascinado cómo la geografía de la colonización antioqueña y las cicatrices de nuestras guerras civiles se trenzan en un mismo pedazo de cordillera. Condina no es una simple etiqueta urbana; es un fantasma histórico, una antigua aldea que, antes de morir para dar vida a Pereira, presenció cómo los dolores de la patria se dirimían a fuego y machete en los límites de Cartago.

Para entender este territorio, hay que despojarse de las fronteras actuales y mirar la fisionomía de la cuenca entre los ríos Barbas y Consota. Hacia la mitad del siglo XIX, este lomo quebrado atrajo a colonos provenientes de San Vicente, Concepción y El Santuario. Buscaban un aire familiar y aguas sanas, lejos de los caminos trillados. Allí fundaron un rancherío modesto y de subsistencia, bautizado inicialmente como El Palmar. Era un rincón de hombres pobres, sin oro ni alambiques, donde apenas se rascaba la tierra para una cosecha anual de maíz. Sin embargo, el empuje de la colonización obligó a las instituciones del Cauca a poner sus ojos en él. El 9 de junio de 1848, en Buga, se registró su ascenso a la categoría de aldea bajo el nombre de Obaldía, quedando sujeta a la jurisdicción de Cartago.

La vida en Obaldía era una lucha contra el aislamiento. El gobierno, consciente de que para poblar la montaña se requería propiedad, estableció en 1850 una Junta Repartidora de tierras que entregaba baldíos con una lógica estrictamente familiar y comunitaria: desde sesenta fanegadas para los hogares más numerosos hasta veinte para los solteros. Para incentivar la permanencia, se les exoneró por ocho años del pago de peajes en los pasos de Cartago y se subsidió el sostenimiento de su cura con dos mil reales anuales. Fue en esos días de fragua cuando emergió la figura de Mariano Conde, un ciudadano cartagüeño de mentalidad progresista que se convirtió en el alma de la fundación. A su muerte, los vecinos, conmovidos y agradecidos, pidieron rebautizar el poblado. Así, mediante la Ordenanza 2 de 1853, Obaldía pasó a llamarse Condina.

Pero el destino de Condina no se tejería en la paz de sus cultivos, sino en el torbellino de la Guerra Civil de 1854. Aquel fue un conflicto singular en nuestra historia, la insurrección de los «Draconianos» y los artesanos liderados por el general José María Melo, quienes se habían tomado el poder en Bogotá para defender la manufactura nacional frente al librecambismo de los comerciantes y la aristocracia terrateniente. En el Valle del Cauca y el amparo del Camino del Quindío, las tensiones estallaron con ferocidad. Cartago, la vieja urbe colonial, se convirtió en una plaza codiciada y vulnerable.

El drama humano alcanzó su punto más álgido a mediados de ese año. Mientras el oficial constitucionalista Clodomiro Ramírez reclutaba veteranos en Cartago para tomarse los cuarteles melistas en Roldanillo, las fuerzas revolucionarias al mando de Clodomiro Urrego avanzaban decididas. El 31 de julio de 1854, las soledades de Condina tronaron con el eco de las armas. En ese llano alto, las huestes melistas chocaron en un corto pero violento combate contra las tropas constitucionales. Derrotados y obligados a retroceder hacia el centro del Valle, los melistas, transformados por la frustración en una masa desbocada, cayeron sobre Cartago.

La toma y el posterior saqueo de Cartago durante esos tres días de desmanes reflejan la crudeza de una guerra que perdió sus ideales en el camino. La población civil sufrió el rigor de la chusma armada hasta que la llegada de las guardias nacionales de la Unión y Roldanillo logró someterlos tras trece horas de combate continuo. Este desajuste del orden público hirió de muerte a la joven aldea de Condina. El pánico, la inseguridad y la destrucción de la economía de subsistencia aceleraron su declive. Sus habitantes comenzaron a dispersarse hacia zonas más cálidas y mejor conectadas como La Paz, Huertas o Cartagoviejo, donde el cacao y el tabaco ofrecían un sustento inmediato. El tiro de gracia llegó en 1885, cuando el presbítero Fulgencio Castillo, incapaz de sostener el culto por la falta de feligreses, abandonó el lugar llevándose las imágenes y los ornamentos sagrados. Condina se convirtió en un despoblado, una ruina borrada por la maleza.

No obstante, la muerte de Condina fue el combustible para el nacimiento de otra historia. Gran parte de esa población desplazada y los flujos migratorios subsiguientes convergieron en 1863 un poco más abajo, en el sitio donde se erigió Pereira. Los objetos que alguna vez adornaron la humilde iglesia de la montaña terminaron en el nuevo caserío de Huertas y, eventualmente, en los altares de la naciente traslación pereirana. Condina murió como aldea, pero sobrevivió en el ADN de la ciudad que hoy es el motor del Eje Cafetero.

Contemplar el paisaje actual de Condina es hacer un ejercicio de memoria viva. Lo que ayer fue un teatro de operaciones de la guerra melista y un caserío de pioneros antioqueños, hoy es una próspera zona rural integrada a Pereira, un corredor turístico y urbanístico vital. Recuperar este nombre y estamparlo en las grandes obras de infraestructura contemporáneas no es un capricho toponímico; es un acto de resistencia cultural. Nos recuerda que la modernidad no brota de la nada, sino que descansa sobre los hombros de arrieros, labriegos y soldados que tiñeron con su sangre y su sudor los mismos suelos donde hoy planeamos el futuro.

Referencias:

Alfredo Cardona Tobón, crónicas

Javier Ríos Gómez, Diario del Otún

Sebastián Martínez-Botero, historia del territorio en Pereira. 1857-1877

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