LOS AYATOLÁS TAMBIÉN SABEN COMBATIR

OpiniónLOS AYATOLÁS TAMBIÉN SABEN COMBATIR

El fin de la guerra entre Estados Unidos e Irán deja una pregunta incómoda para Occidente: después de meses de combates, miles de muertos y miles de millones de dólares gastados, ¿quién obtuvo realmente lo que buscaba?

Mis estimados lectores, los saludo nuevamente en este espacio que me permite hablarles de geopolítica y de las múltiples formas en que el poder se expresa en el mundo.

Al momento de escribir estas líneas, Colombia ya ha decidido quién será su nuevo Presidente de la República. Más allá de cualquier preferencia política, vale la pena destacar la masiva participación ciudadana y recordar que gobernar implica construir acuerdos. Pero dejemos por ahora la política nacional y dirijamos la mirada hacia uno de los acontecimientos internacionales más importantes de los últimos años: el fin de la guerra entre Estados Unidos e Irán.

Y permítanme comenzar con una afirmación que seguramente incomodará a más de uno: si analizamos los resultados políticos del memorando de entendimiento anunciado por Donald Trump, los grandes ganadores parecen ser los ayatolás.

Aclaro que no estamos hablando de un tratado de paz definitivo. Se trata de un memorando que fija las bases para una negociación posterior. Sin embargo, sus puntos centrales ya permiten sacar algunas conclusiones interesantes: cese al fuego permanente, reapertura del Estrecho de Ormuz, levantamiento gradual de sanciones económicas, liberación de activos iraníes congelados en el exterior, un fondo internacional para la reconstrucción y el compromiso de Teherán de no desarrollar armamento nuclear.

La primera razón para pensar que Irán sale fortalecido es muy sencilla: sobrevivió.

Durante meses, la administración Trump justificó la guerra apelando a la amenaza nuclear iraní. Con el paso de las semanas, el discurso comenzó a ampliarse hasta insinuar la posibilidad de debilitar severamente al régimen o incluso propiciar un cambio político en Teherán.

Sin embargo, nada de eso ocurrió.

No cayó el régimen de los ayatolás.

No desapareció la Guardia Revolucionaria.

No colapsó la estructura política del Estado iraní.

Y tampoco quedó completamente desmantelada la capacidad tecnológica que sostiene el programa nuclear.

Por el contrario, después de meses de bombardeos y operaciones militares, Estados Unidos terminó aceptando una salida negociada. Esto no significa que Irán haya derrotado militarmente a Washington; semejante afirmación sería absurda. Lo que sí logró fue algo igual de importante: resistir el choque con la mayor potencia militar del planeta sin perder el control político de su territorio.

En una guerra asimétrica, sobrevivir puede ser una forma de victoria.

Y esa supervivencia no fue gratuita para Estados Unidos. La guerra dejó un gasto superior a los 25.000 millones de dólares en operaciones militares, además de miles de víctimas civiles y un creciente desgaste político para la administración Trump. A pocos meses de las elecciones legislativas, la Casa Blanca deberá explicar por qué se gastaron tantos recursos para terminar negociando con un régimen que sigue en pie.

La segunda gran victoria iraní es económica.

Durante décadas, las sanciones occidentales limitaron severamente el acceso de Teherán al sistema financiero internacional. Ahora, el memorando abre la puerta para recuperar cerca de 100.000 millones de dólares en activos congelados y facilitar nuevamente el acceso a mercados, inversiones y exportaciones.

Y estamos hablando de un país que posee algunas de las mayores reservas energéticas del planeta.

Irán cuenta con aproximadamente 208.600 millones de barriles de petróleo probados y cerca de 1.200 billones de pies cúbicos de gas natural. En términos geopolíticos, esto equivale a sentarse sobre una de las mayores bóvedas energéticas del mundo.

Por si fuera poco, también se contempla un fondo cercano a los 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de infraestructura afectada por la guerra.

Visto desde Teherán, el resultado es difícil de ignorar: el régimen sobrevive, recupera activos bloqueados durante décadas y obtiene recursos para reconstruirse.

No parece precisamente el desenlace típico de una derrota.

El punto que más controversia genera es el compromiso iraní de no desarrollar armamento nuclear. Sin duda, este será el principal argumento que utilizará Trump para defender el acuerdo ante la opinión pública estadounidense. Sin embargo, la discusión apenas comienza y todavía quedan por definir los mecanismos de verificación, inspección y cumplimiento.

Por ahora, la promesa existe. La certeza, no.

Donde sí parece haber menos dudas es en la incomodidad de Israel.

Durante los últimos días del conflicto se hicieron evidentes las diferencias entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Mientras Israel pretendía mantener la presión militar hasta debilitar definitivamente al régimen iraní, Washington comenzó a privilegiar una salida negociada.

El propio Trump llegó a cuestionar públicamente algunas acciones israelíes y recordó que el respaldo estadounidense había sido determinante para la supervivencia política y estratégica de Netanyahu.

Detrás de esos intercambios se escondía una realidad más profunda: Estados Unidos e Israel dejaron de perseguir exactamente el mismo objetivo.

Para Netanyahu, la guerra debía terminar con un Irán incapaz de representar una amenaza futura. Para Trump, el objetivo parecía haberse transformado en cerrar el conflicto cuanto antes y presentar un acuerdo que pudiera vender como una victoria diplomática.

En otras palabras, mientras Netanyahu quería ganar la guerra, Trump parecía cada vez más interesado en terminarla.

Y ahí radica buena parte de la percepción de éxito que hoy exhiben los ayatolás.

El conflicto dejó además algunos ganadores silenciosos. China ve con buenos ojos la reincorporación gradual de un socio energético fundamental a los mercados internacionales. Pakistán emerge fortalecido como mediador regional y consolida relaciones simultáneas con Irán, Arabia Saudita y Estados Unidos. Rusia mantiene abiertos sus canales de cooperación con Teherán sin haber asumido mayores costos.

En conclusión, Irán sufrió enormes daños materiales y humanos. Pero cuando se observa el resultado político del conflicto, resulta difícil ignorar que el régimen consiguió exactamente lo que más necesitaba: mantenerse en pie.

Resistió la presión combinada de Estados Unidos e Israel, conservó su estructura de poder y terminó negociando desde una posición mucho más favorable de la que muchos anticipaban cuando comenzaron los bombardeos.

Y quizás esa sea la principal lección de esta guerra. Las guerras modernas no siempre las gana quien tiene más portaviones, más bombarderos o más misiles. A veces las gana quien logra convencer a su adversario de que seguir peleando cuesta más que sentarse a negociar.

Porque las guerras terminan. Pero las consecuencias geopolíticas de cómo terminan suelen durar mucho más.

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