Por Jorge Ariel García
Todo se ha dicho sobre Carlos Gardel. Rondando ya el primer siglo desde su muerte ocurrida en 1935, su leyenda ha trascendido su biografía.
Especialmente en Latinoamérica heredamos el patrimonio de su cancionero, quizá más sublimado en Colombia después del Río de La Plata.
Su rostro es uno solo y tan diverso como lo reclaman los pueblos que necesitan ajustarlo a su sentimiento o a su mito.
Desde hace más de un siglo se nombra con apelativos plasmados en afiches, en las carátulas de los discos, en los almanaques o en las paredes, según prevalezcan su voz:
El Zorzal Criollo
El Cantor Eterno
El Morocho del Abasto
El Mudo
El Mago
La Voz
El Alma que canta
El que cada día canta mejor,
o su estampa:
El dandy risueño bajo el ala del sombrero
El guapo sobrador con gacho gris, ligeramente inclinado del lado izquierdo
El temprano galán del cine latino
El rostro enmarcado en el retrato, la calcomanía, el pop art y las técnicas kitsch.
La sonrisa que resiste el baño público, la estación de metro, el colectivo, el carrito de dulces y, por supuesto, las cantinas.
Su agraciada sonrisa es el guiño cómplice de las emociones que se sinceran en las cantinas o en los bares de ciudades y provincias, que han guardado borrosas imágenes y gangosas grabaciones en radiolas y más allá, desbordando las copas de las barras que funden las pasiones donde los melómanos brindan al pie de su altar.
Otros encuentran el perfil de guapo que los anima a encarar el desamor o el despecho, o a ensayar el coraje.
CANTOR MÁS QUE CANTANTE
Con temprana escuela cumplida en la tradición del cancionero criollo del Río de La Plata, decantó su estilo y pasó a construir un personaje de sí mismo, cuando el tango buscaba su propia voz, definiendo intuitivamente el tipo del cantor de tango —fraseo, interacción con el acompañamiento, incorporación y apropiación de personajes con puesta en escena del tango con argumento, entre otros—, siendo homologado, copiado y nunca superado por sus contemporáneos.
Su amplio rango vocal, las inflexiones de su voz y una paleta de recursos expresivos e histriónicos, también le permitieron incorporar elementos de la tradición del payador que conversa, mientras el tango inventaba un relato de carácter reflexivo que dice, interroga y piensa mediante una exposición a veces dramática a veces íntima.
Es quizá el único cantor donde la noción del género tango se confunde con su nombre, pasando a ser sinónimos indistintamente, extendiendo sobre la fisonomía porteña su arrolladora personificación.
A través de su variado repertorio logra la magia de hacer sentir propio su tiempo y su espacio, acercando al oyente que reconoce como suyo el mapa afectivo por su ciudad Buenos Aires, y la constante referencia de las calles con sus esquinas, hacen de su evocación y desencuentro un sentimiento general en el que nos sentimos incluidos.
CUNAS DE GARDEL
Gardel tiene múltiples orígenes y le sobran actas de nacimiento:
Nació en Toulouse, en Tacuarembó, y en cada pueblo donde lo certifican miles de bares y burdeles que lo eternizan a partir de su luctuoso nacimiento en junio de 1935.
En el mejor homenaje que se le rinde —aunque no lo escuchen—, Gardel está cogiendo café en todos los municipios de la zona cafetera.
Detenido en el tiempo, sobrevivió al accidente e, irreconocible y confundido entre la multitud, deambula por fincas y campamentos con otra identidad.
El imaginario hizo que burlara el tiempo y la adversidad, dándonos la oportunidad de instalarnos en cualquier esquina, como lo hiciera Celedonio Flores en el famoso cruce de «Corrientes y Esmeralda» y constatar que:
«Cualquier cacatúa
Sueña con la pinta
de Carlos Gardel».
Jorge Ariel García


