A los colombianos nos gusta pensar que vivimos tiempos completamente distintos a los de nuestros abuelos. Creemos que el país cambió radicalmente, que las viejas divisiones desaparecieron y que la política actual poco tiene que ver con aquella Colombia de mediados del siglo XX.
Pero vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿Y si el Frente Nacional nunca terminó del todo?
No, no hablamos del acuerdo formal firmado por liberales y conservadores entre 1958 y 1974. Ese sí terminó. Lo que vale la pena discutir es si Colombia volvió a construir, sin darse cuenta, una especie de Frente Nacional informal donde dos grandes corrientes políticas se alternan el poder mientras los problemas fundamentales permanecen intactos.
Para entender la comparación hay que recordar primero qué fue el Frente Nacional.
Después de años de violencia bipartidista, del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, de miles de muertos en el campo colombiano y de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, las élites liberales y conservadoras llegaron a una conclusión: seguir enfrentándose podía terminar destruyendo el país.
La solución fue extraordinaria para la época.
Liberales y conservadores acordaron repartirse el poder durante dieciséis años. La Presidencia se alternaría entre ambos partidos y los cargos públicos se distribuirían en partes iguales.
El acuerdo logró algo importante: reducir la violencia política tradicional y estabilizar las instituciones. Cesó la polarización de aquella época.
Pero también produjo efectos secundarios.
Al eliminar la competencia real entre los dos grandes partidos, cerró espacios para nuevas fuerzas políticas, fortaleció prácticas clientelistas y creó la sensación de que las elecciones cambiaban los nombres, pero no necesariamente el rumbo del Estado.
Durante décadas Colombia vivió dentro de esa lógica.
Luego llegó la Constitución de 1991, aparecieron nuevos movimientos políticos y el país pareció abandonar definitivamente el viejo esquema bipartidista. O al menos eso creímos.
Porque si observamos los últimos cuarenta años aparece un fenómeno interesante.
Belisario Betancur (Conservador), Virgilio Barco y César Gaviria (Liberales) representaban distintas expresiones del establecimiento liberal-conservador tradicional. Ernesto Samper (Liberal) y Andrés Pastrana (Conservador), continuaron dentro de esa misma matriz política.
La llegada de Álvaro Uribe en 2002 pareció romper el molde. Surgió una nueva derecha con un discurso centrado en seguridad, autoridad estatal y confrontación frontal contra las guerrillas.
Luego llegaron Juan Manuel Santos (Centro Izquierda) e Iván Duque (Derecha), cada uno con matices distintos, provienen de la misma centro derecha pero que terminan siendo expresiones contrarias de la vida democrática. En 2022, Gustavo Petro llevó oficialmente por primera vez a la izquierda a la Presidencia de la República. Su elección fue presentada como una ruptura histórica frente a más de dos décadas de predominio de gobiernos de centroizquierda y derecha.
Sin embargo, apenas cuatro años después, Colombia volvió a girar en sentido contrario al elegir a Abelardo de la Espriella, una figura que representa una derecha más marcada, con un discurso de autoridad, seguridad, disciplina fiscal y confrontación directa frente a muchas de las políticas impulsadas por el petrismo.
Observado en perspectiva, el recorrido resulta llamativo. Álvaro Uribe representó el ascenso de una derecha fuerte centrada en la seguridad democrática. Juan Manuel Santos desplazó el eje político hacia posiciones más cercanas a la centro izquierda, especialmente después del proceso de paz. Iván Duque significó un retorno a la derecha democrática. Gustavo Petro llevó el péndulo hacia la izquierda. Y ahora Abelardo de la Espriella lo devuelve nuevamente hacia la derecha.
Más que una simple sucesión de presidentes, parece configurarse una dinámica de alternancia ideológica cada vez más evidente. Colombia vota hacia un lado y, pocos años después, corrige hacia el otro. Cuando una parte importante de la sociedad se siente decepcionada con la derecha, busca respuestas en la izquierda. Cuando la izquierda no satisface las expectativas, vuelve a mirar hacia la derecha. El péndulo se mueve una y otra vez.
Es allí donde aparece la idea de un «Frente Nacional no acordado». Ya no existen liberales y conservadores repartiéndose formalmente el poder como ocurrió entre 1958 y 1974. Pero sí parece existir una sociedad que oscila permanentemente entre dos grandes visiones del país sin lograr construir consensos duraderos sobre los problemas estructurales. Cambian los discursos, cambian los líderes y cambian las prioridades del gobierno, pero continúan presentes debates que llevan décadas acompañando la vida nacional: productividad, educación, corrupción, seguridad, informalidad y desarrollo regional.
Quizás la gran paradoja colombiana es que hemos logrado alternancia política, pero aún no hemos construido continuidad estratégica. Y un país puede cambiar de rumbo cada cuatro años; lo difícil es avanzar cuando cada gobierno intenta comenzar la historia desde cero. Colombia parece haber entrado en una dinámica de péndulo. Un ciclo donde el poder oscila entre proyectos políticos opuestos sin lograr resolver problemas que sobreviven a todos los gobiernos.
La corrupción sigue presente. La informalidad laboral continúa afectando a millones de personas. Las brechas regionales persisten. La productividad nacional sigue rezagada frente a otras economías emergentes. La violencia cambia de actores, pero no desaparece. Y la confianza ciudadana en las instituciones permanece frágil.
Por eso la pregunta relevante no es si gobierna la izquierda o la derecha.
La pregunta es si estamos repitiendo una lógica parecida a la que produjo el Frente Nacional: una ciudadanía que deposita enormes expectativas en cada cambio político para descubrir después que los problemas estructurales requieren mucho más que una alternancia electoral.
Tal vez la gran diferencia es que antes el acuerdo era explícito. Hoy no existe ningún pacto firmado. Pero sí parece existir una dinámica donde amplios sectores del país votan más para castigar al gobierno anterior que para respaldar un proyecto colectivo de largo plazo.
Elegimos al contrario del que estaba. Y luego repetimos el proceso. La consecuencia es un país que cambia de discurso cada cuatro años, pero que avanza lentamente en las reformas que exigen décadas de continuidad. Quizás el verdadero desafío colombiano no sea escoger entre izquierda y derecha. Quizás sea construir acuerdos mínimos que sobrevivan a ambas.
Porque ninguna nación se desarrolla únicamente cambiando de conductor. También necesita saber hacia dónde quiere ir.
Y esa conversación, tal vez, sigue siendo la gran tarea pendiente de Colombia.
* Ingeniero Ambiental y Economista, especialista en Planificación y Administración del Desarrollo Regional y Magíster en Medio ambiente y Desarrollo. Académico e investigador.



Buen día Juan David. Gran escrito.
La desinformación voluntaria es el gran lío en este país. Con relación a la alternancia política mencionada en el escrito, espero como ciudadano el construir sobre lo construido, edificar sobre lo bueno y ratificado con hechos, ya que ese nuevo empezar negando lo que ha servido para el pueblo Colombiano es sinónimo de retroceso dañino y perjudicial ya que no es defendible defender y mantener lo que no ha alcanzado las expectativas, por ende debe corregirse de alguna manera pero lo defendible desde los resultados tiene que fortalecerse en aras de cuidar el recurso invertido y el conocimiento adquirido.
Como ciudadano anhelo que lo mencionado en el párrafo anterior con relación a lo bueno llevado a cabo por el gobierno de Gustavo Petro, se mantenga y sea robustecido, en aras de fortalecer la cimentación institucional para el beneficio desde el presente para el futuro de Colombia.
Dando cierre y cambiando de orilla temática pero relacionada con lo mencionado, la corrupción como sistema es lo que debe disecarse, ya que es el punto de partida de la gran mayoría y porque no de todos los males en Colombia. Ojalá tenga este gobierno la intención y la capacidad de combatirlo y erradicarlo.
Feliz día.
Muchas gracias por leer la columna y por tomarte el tiempo de compartir una reflexión tan bien argumentada.
Coincido especialmente en una idea: un país no puede darse el lujo de empezar de cero cada cuatro años. Las políticas públicas que funcionan deberían fortalecerse, independientemente del gobierno que las haya impulsado. Gobernar también significa construir sobre los aciertos y corregir los errores, no demoler por razones ideológicas.
Precisamente esa era una de las reflexiones que buscaba plantear el artículo: cuando el péndulo político oscila constantemente entre extremos, muchas veces termina frenando la consolidación de políticas de largo plazo. Esa falta de continuidad puede costarle años de desarrollo al país.
Sobre el actual gobierno, creo que, como en cualquier administración, será la historia la que termine separando los aciertos de los errores. Si existen programas o reformas que generen beneficios reales para Colombia, lo responsable será preservarlos y mejorarlos. Del mismo modo, aquello que no haya funcionado deberá corregirse sin prejuicios.
Y comparto plenamente tu cierre. Si hay un enemigo que no distingue entre derecha, izquierda o centro, es la corrupción. Mientras siga capturando recursos, instituciones y decisiones públicas, cualquier proyecto de país verá limitados sus resultados. Combatirla debería ser una causa nacional, no una bandera de un solo gobierno.
Gracias nuevamente por aportar al debate. Ese es justamente el propósito de El Opinadero: que conversemos con argumentos, incluso cuando existan miradas diferentes. Un abrazo.
Muchas gracias por su reflexión. Creo que toca dos puntos fundamentales.
El primero es la importancia de construir sobre lo construido. Una democracia madura no debería consistir en desmontar todo lo que hizo el gobierno anterior simplemente porque proviene de una corriente política distinta. Por el contrario, los países que avanzan suelen ser aquellos capaces de corregir lo que no funciona, pero también de preservar y fortalecer aquello que demuestra resultados. Allí es donde la alternancia deja de ser un péndulo improductivo y se convierte en una herramienta de mejoramiento institucional.
Comparto además la idea de que cualquier política pública, independientemente de quién la haya impulsado, debe evaluarse por sus resultados y no por su origen ideológico. Si existen programas, reformas o iniciativas del actual gobierno que han generado beneficios verificables para los ciudadanos, lo sensato sería mejorarlas y consolidarlas, no eliminarlas por razones partidistas.
Y coincido plenamente en su reflexión final sobre la corrupción. Tal vez sea el problema más transversal que tiene Colombia. La corrupción no distingue entre izquierda, derecha, centro, gobiernos nacionales o territoriales; termina debilitando la confianza ciudadana, reduciendo la capacidad del Estado para resolver problemas y desviando recursos que deberían traducirse en bienestar colectivo. Por eso, más allá de las diferencias ideológicas, la lucha contra la corrupción debería ser una causa nacional permanente y no una bandera circunstancial de campaña.
Al final, quizás el verdadero reto de Colombia sea precisamente ese: aprender a conservar lo que funciona, corregir lo que falla y combatir aquello que históricamente ha impedido que el país avance al ritmo de su enorme potencial.
Gracias por enriquecer el debate y por aportar una mirada tan constructiva a la discusión. Feliz día para usted también.
Me gusta esta reflexión académica, con argumentos técnicos que nos ponen a pensar y recordar la historia de nuestro país, recordar que Colombia debe retomar los pasos de la Planeación prospectiva ya perdida, hace varias décadas y ponernos a actuar en soluciones concretas para varios problemas de raíz con los que cargamos…
Muchas gracias por tu comentario. Me alegra que la columna haya generado esa reflexión, porque justamente ese era el objetivo.
Coincido contigo en que Colombia necesita volver a pensar el desarrollo con una visión de largo plazo. La planeación prospectiva permite que las grandes decisiones del país trasciendan los periodos de gobierno y se conviertan en verdaderas políticas de Estado, no simplemente en programas de un presidente.
Uno de nuestros mayores desafíos ha sido gobernar mirando el siguiente ciclo electoral y no la siguiente generación. Mientras no logremos construir acuerdos mínimos sobre temas estructurales —educación, infraestructura, seguridad, productividad, ciencia, lucha contra la corrupción y fortalecimiento institucional— seguiremos dedicando buena parte de cada gobierno a desmontar o reemplazar lo que hizo el anterior.
Ojalá este tipo de conversaciones nos ayuden a recuperar una cultura de planeación, evaluación y continuidad, porque los países que más avanzan no son necesariamente los que cambian más de rumbo, sino los que saben corregir sin perder el horizonte.
Gracias por enriquecer el debate. Ese intercambio de ideas es precisamente la razón de ser de El Opinadero.