ECOS EN LA PIEDRA: UNA REFLEXIÓN SOBRE LOS ESCAÑOS DE CARTAGO Y EL SACRIFICIO DE SALVADOR CÓRDOVA

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La historia oficial suele escribirse con la frialdad de las fechas y los nombres de los vencedores, pero la verdadera memoria de una nación late en sus tragedias silenciosas, en esos rincones donde la justicia fue sacrificada en el altar del poder absoluto. Para Colombia, uno de esos escenarios de sombra imperecedera es la Plaza del Carmen en Cartago, Valle del Cauca. Allí, el 8 de julio de 1841, los llamados «escaños de Cartago» dejaron de ser simples bancos de parque para convertirse en un patíbulo de infamia, donde la vida del coronel Salvador Córdova Muñoz y sus compañeros fue truncada por la intolerancia de una guerra civil.

Como observador de nuestro accidentado pasado, es imposible no conmoverse ante la lucidez trágica de este episodio, enmarcado en la Guerra de los Supremos (1839-1842). No nos encontramos aquí ante el mito de su hermano, el célebre prócer José María Córdova —asesinado años antes en El Santuario—, sino ante Salvador: un veterano de Ayacucho, Junín y Pichincha; un hombre que, lejos de ser un criminal común, actuaba movido por una profunda angustia patriótica. Salvador Córdova vio cómo el gobierno central de José Ignacio de Márquez pactaba con el general extranjero Juan José Flores para invadir territorio granadino a cambio de sofocar las rebeliones internas. Para Córdova y los federalistas, aquello no era simple disidencia; era la defensa de la soberanía nacional frente a la entrega de la patria.

El relato de aquella mañana de junio posee la crudeza de una herida abierta. Siete hombres —entre ellos Córdova, su cuñado Manuel Antonio Jaramillo, y el joven suboficial Bibiano Robledo— fueron sentados frente a la casa que ocupaba el implacable general Tomás Cipriano de Mosquera. La ejecución se consumó sin un juicio justo, ignorando los fallos previos de las cortes y los desesperados intentos por trasladar a los prisioneros a Bogotá para asegurarles un proceso debido. Mosquera, desafiando la institucionalidad, prefirió la lógica del terror para escarmentar a las guerrillas vecinas.

El drama humano alcanza su punto más doloroso en los detalles que la memoria local ha preservado. Salvador Córdova, con la dignidad intacta de un viejo republicano, se despojó de su sombrero para obsequiárselo al tambor de la escolta antes de mirar por última vez al padre Remigio Antonio Cañarte. Minutos después, tras la primera descarga del pelotón, seis cuerpos cayeron sin vida. El joven Bibiano Robledo milagrosamente quedó intacto, las balas erraron su cuerpo. El pueblo, horrorizado por lo que parecía una señal divina, imploró clemencia a gritos; sin embargo, la orden del oficial al mando fue tajante: disparar de nuevo. El estallido final no solo acabó con Robledo, sino que sumió en la inconsciencia al curtido sacerdote Cañarte, superado por la crueldad del espectáculo.

Las consecuencias de esta masacre trascendieron lo político para alterar la geografía humana de la región. Familias enteras de colonos antioqueños, como la del célebre don Fermín López, que presenciaron con repugnancia los fusilamientos, decidieron abandonar Cartago. No querían fundar sus hogares sobre una tierra manchada por el rencor partidista. Huyeron hacia las selvas vírgenes buscando paz, dando vida más tarde a Santa Rosa de Cabal. Los escaños de Cartago espantaron la esperanza de una convivencia pacífica.

Revisar estas páginas de nuestra historia nos deja una lección desgarradora pero urgente, bellamente sintetizada en las palabras de Julio Barreiro Rivas: «Lo más terrible de las guerras y revoluciones es que matan todo amor a la verdad y vuelven estúpidos a los vencedores y rencorosos a los vencidos». Cuando un Estado permite que sus líderes militares o políticos den órdenes a los tribunales de justicia, la República se disuelve. Los escaños de Cartago permanecen en nuestra memoria no solo como un monumento al dolor de la familia Córdova, sino como una advertencia perenne sobre los abismos a los que nos arrastra el fanatismo y el desprecio por la dignidad humana.

Nota histórica: El fusilamiento de Salvador Córdova y sus compañeros ocurrió en la plaza central de la primera capilla del Carmen; en ese lugar se levantó luego una segunda capilla, sobre la cual se edificó la actual Catedral de Nuestra Señora del Carmen. Las obras de la catedral comenzaron en 1947 y tomaron cerca de una década, siendo concluidas en 1957.

Referencias:

Otto Morales Benítez

Crónicas Alfredo Cardona Tobón

Academia Colombiana de Historia

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