RECONÓCETE MIEMBRO DE LA FAMILIA HUMANA

OpiniónRECONÓCETE MIEMBRO DE LA FAMILIA HUMANA

Vivimos en una época de extraordinarios avances científicos y tecnológicos: podemos comunicarnos en segundos con personas al otro lado del planeta, conocer otras culturas y acceder a una cantidad inmensa de información. Sin embargo, paradójicamente, también asistimos a un incremento de la polarización, la intolerancia, la discriminación y la violencia. Pareciera que hemos aprendido a conectar dispositivos, pero todavía tenemos dificultades para conectar corazones. Desde las ciencias sociales existe una convicción: la salud mental no depende únicamente de lo que ocurre en el cerebro de una persona; también está profundamente determinada por la calidad de las relaciones humanas, el sentido de pertenencia, la confianza mutua y la capacidad de construir comunidades donde prevalezcan el respeto y la solidaridad. Por ello, una de las tareas más urgentes de nuestra civilización consiste en desarrollar una habilidad que no suele enseñarse en las escuelas, pero que resulta indispensable para la supervivencia de la especie: reconocer que todos pertenecemos a una sola familia humana.

Las diferencias de nacionalidad, color de piel, idioma, posición económica, ideología política o creencias religiosas son expresiones de la riqueza cultural de nuestra especie, no razones para dividirnos. La Biología confirma que compartimos más del 99,9 % de nuestro patrimonio genético. Por su parte, la Psicología demuestra que todos experimentamos emociones semejantes: alegría, miedo, tristeza, esperanza y amor. Y la Psiquiatría observa diariamente que el sufrimiento emocional no distingue fronteras, clases sociales ni credos. Todos somos vulnerables y, precisamente por ello, todos necesitamos de los demás. Cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocerse como una comunidad de destino compartido, aparecen el odio, la deshumanización y la violencia. En cambio, cuando cultivamos la empatía, el cerebro activa circuitos relacionados con la cooperación, disminuyen las respuestas de amenaza y aumentan las conductas de ayuda mutua. La fraternidad no es solamente un ideal moral; también constituye un factor protector de la salud mental individual y colectiva.

A lo largo de la historia han existido hombres y mujeres que comprendieron esta verdad con extraordinaria claridad: Buda enseñó la compasión hacia todos los seres; Jesús invitó a amar incluso al enemigo; Gandhi demostró que la no violencia podía transformar una nación; Martin Luther King Jr. soñó con una sociedad donde las personas fueran valoradas por su carácter y no por el color de su piel; Nelson Mandela mostró que el perdón puede ser más poderoso que la venganza. Todos ellos entendieron que la verdadera grandeza del ser humano consiste en ampliar el círculo de quienes considera sus hermanos. Hoy esa tarea nos corresponde a cada uno de nosotros: cada palabra respetuosa, cada acto de solidaridad, cada gesto de escucha y cada decisión de rechazar la discriminación contribuyen a fortalecer el tejido social. No necesitamos ocupar grandes cargos para cambiar el mundo; basta con empezar por nuestro hogar, nuestro lugar de trabajo, nuestra comunidad y nuestras redes sociales. www.urielescobar.com.co

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