EL REFUGIO DE LA MEMORIA: LOS HERMANOS PEREIRA MARTÍNEZ ENTRE EL MITO DE CACHIRÍ Y EL SUELO DE “CARTAGO-VIEJO”

OpiniónEL REFUGIO DE LA MEMORIA: LOS HERMANOS PEREIRA MARTÍNEZ ENTRE EL MITO DE CACHIRÍ Y EL SUELO DE “CARTAGO-VIEJO”

La historia fundacional de las naciones suele escribirse con trazos épicos y brumas de leyenda. Nos reconforta pensar en el héroe inmaculado que desafía la inclemencia de la naturaleza y la tiranía de los hombres para sembrar la semilla de una futura ciudad. En el Eje Cafetero colombiano, esa narrativa tiene nombres propios: los hermanos José Francisco y Manuel Pereira Martínez. Sin embargo, cuando la historia se confronta con el rigor del documento, el mito no se destruye, sino que se humaniza, revelando que el verdadero valor de los próceres no radica en su infalibilidad, sino en su asombrosa capacidad de adaptación y resiliencia.

Para comprender la dimensión de los hermanos Pereira, es obligatorio remontarse a los estertores de la Patria Boba y al fatídico 22 de febrero de 1816. En los páramos de Cachirí, el ejército patriota liderado por el general Custodio García Rovira fue despedazado por las tropas realistas del coronel Sebastián de la Calzada. El parte de guerra español fue lapidario: de tres mil hombres, la tercera parte sucumbió en el campo de batalla. No obstante, las matemáticas de la guerra dejaron una rendija para la esperanza. Dos terceras partes del ejército republicano sobrevivieron, dispersándose errantes por los montes, huyendo de la implacable «Reconquista» de Pablo Morillo.

Entre aquella marea de hombres derrotados que escapaban con sus caballos hacia El Socorro y otras provincias, se encontraban José Francisco —un joven abogado bartolino que había abandonado las aulas santafereñas para servir como secretario de Estado provincial— y su hermano Manuel. La tradición oral y las biografías decimonónicas consagraron la idea de que los hermanos Pereira, junto a tres compañeros cartagüeños, emprendieron una huida desesperada hacia las selvas del Camino del Quindío, sepultándose durante tres años (1816-1819) en las ruinas de la antigua y abandonada ciudad de Cartago (Cartagoviejo).

Esta gesta romántica de supervivencia en el bosque espeso ha sido considerada el Big Bang involuntario de la actual capital de Risaralda. Se nos enseñó que el dolor del destierro en la manigua sembró en José Francisco el deseo de colonizar esas tierras baldías junto al río Otún, voluntad que finalmente ejecutarían su hijo Guillermo Pereira Gamba y el presbítero Remigio Antonio Cañarte, el medico cirujano Ramón Rubiano en un proceso de conformación orgánica que unió a colonos de Antioquia y el estado del Cauca, en el nacimiento de la ciudad de Pereira (Un 30 de agosto de 1863 como narrativa de un mito fundacional quizá necesario)

Sin embargo, la historia contemporánea, a través de rigurosas revisiones de archivos locales y del Fondo de Historia del Archivo General de la Nación, nos ofrece hoy un fresco mucho más complejo y fascinante. Investigaciones como las del historiador Cain Contreras Valdés desmitifican la idílica y salvaje reclusión montañera. Los documentos demuestran que el verdadero «sufrimiento» de José Francisco no fue un encierro ermitaño de tres años en una selva virgen, sino la penosa travesía de retorno desde el norte santandereano, cruzando Neiva, Guanacas, Santander de Quilichao y Buga, hasta alcanzar la seguridad de su provincia natal.

Una vez en Cartago, la realidad de los hermanos Pereira no fue la del náufrago descalzo, sino la del estratega civil. Cerca del actual Cerritos, su hermana habitaba una cómoda hacienda y su hermano Manuel José gestionaba tierras con ganado y mano de obra esclava. Más aún, los archivos judiciales de Cartago revelan que para febrero de 1818 José Francisco ya ejercía como Procurador del cabildo, ocupando el mismo asiento institucional que su padre, don Juan Ángel Pereira, había ostentado décadas atrás.

¿Restan estos hallazgos méritos a la condición de prócer de José Francisco Pereira? En absoluto. Lo despojan del ropaje del mito —entendido, como diría el antropólogo Guillermo Páramo, como “un hecho del pasado que nunca tuvo presente”— para devolvernos a un político de una lucidez extraordinaria. Al caer la corriente realista tras la batalla de Boyacá en 1819, Pereira emergió de la clandestinidad política para asumir como jefe militar de Cartago, liderando las investigaciones sobre los desmanes realistas en el Valle del Cauca.

Su verdadera grandeza no se midió en el número de árboles cortados en la selva, sino en su estatura moral e intelectual. Fue delegado en el Congreso Constituyente de Cúcuta de 1821, donde defendió con ahínco de vanguardia la Ley de Manumisión de Esclavos, la extinción de la Inquisición y la libertad de imprenta. Su ética humanista quedó sellada para la posteridad cuando prefirió renunciar a la Alta Corte antes que firmar las sentencias de muerte contra los conspiradores de la nefanda noche septembrina de 1828, ganándose la enemistad del propio Simón Bolívar.

La fundación de Pereira, por lo tanto, es el resultado de un largo hilo invisible que une la derrota de Cachirí con la nostalgia jurídica y el arraigo territorial de un hijo de Cartago. Aunque hoy sepamos que las tierras del Otún arrastraban litigios coloniales previos y que los Pereira Martínez no vivieron como salvajes en la espesura, el propósito original permanece intacto. José Francisco Pereira Martínez visualizó en las ruinas de Cartagoviejo un refugio para los perseguidos, un espacio de libertad y un centro de desarrollo educativo (como lo demostró al impulsar la creación del Colegio Académico de Cartago en 1839).

En conclusión, la epopeya de los hermanos Pereira Martínez nos enseña que las ciudades no solo se fundan con hachas y escrituras públicas; se fundan, ante todo, con ideas y memoria. Su escape desde las cenizas de Cachirí hasta los valles del Cauca y las montañas del Quindío transformó el trauma de una derrota militar en el germen de una de las urbes más prósperas de Colombia. Conocer la verdad histórica no aminora el homenaje; por el contrario, nos permite admirar al hombre de carne y hueso que, en medio de la tormenta de la independencia, supo encontrar en su tierra natal el escondite perfecto para resguardar el futuro de la República

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