Hay dos situaciones en Pereira que reclaman respuestas urgentes. No son asuntos menores. Tienen que ver con el bolsillo de los ciudadanos, con el manejo de los recursos públicos y, sobre todo, con la obligación de las autoridades de ejercer control.
La primera ocurre a diario, frente a clínicas y hospitales.Allí, donde las familias llegan angustiadas por la enfermedad de un ser querido, algunos parqueaderos parecen haber encontrado el negocio perfecto: cobrar tarifas cada vez más altas, aprovechándose de que nadie, en medio de una emergencia, va a perder tiempo buscando dónde dejar su vehículo.
La sensación ciudadana es que los incrementos superan ampliamente los ajustes permitidos y que el control oficial brilla por su ausencia. Pero el problema no termina en el precio. Muchos de estos parqueaderos son simples lotes destapados, sin sombra, sin infraestructura adecuada, con escasas garantías para los vehículos y sin que exista claridad sobre las pólizas de responsabilidad o el cumplimiento de todos los requisitos legales.
La pregunta es inevitable: ¿quién vigila? ¿Dónde está la Alcaldía de Pereira? ¿Quién verifica que las tarifas correspondan a la regulación vigente y que estos establecimientos cumplan las condiciones exigidas por la ley? Porque controlar no es expedir permisos; controlar es inspeccionar, sancionar cuando corresponda y proteger al ciudadano.
No puede permitirse que el sufrimiento de las personas termine convertido en un negocio tan rentable como descontrolado.
Y de esto no se salvan la mayoría de parqueaderos que operan en la ciudad y el área metropolitana.
PARQUE EL VERGEL.
El segundo caso conduce al parque El Vergel. Se anunció con orgullo una inversión superior a los 14.000 millones de pesos del Gobierno Nacional. Una cifra que hacía pensar en un gran parque metropolitano, moderno, atractivo y digno de una ciudad que aspira a ser referente regional.
Pero basta recorrer el lugar para que aparezcan las dudas. ¿Dónde está esa inversión? Lo construido no parece corresponder a una obra de semejante magnitud. El parque continúa sin suficientes espacios para que niños y familias disfruten plenamente. El parqueadero resulta reducido, más propio de un pequeño establecimiento comercial que de un parque destinado a recibir cientos de visitantes. Y la antigua vía de acceso sigue esperando el pavimento que facilitaría el ingreso.
No se trata de descalificar por descalificar. Se trata de exigir explicaciones. Cuando se invierten más de 14.000 millones de pesos de recursos públicos, la ciudadanía tiene todo el derecho a preguntar cómo se ejecutó cada peso, cuáles fueron los costos de las obras y por qué el resultado final deja la impresión de una oportunidad desperdiciada.
Pereira no puede conformarse con anuncios espectaculares y resultados modestos. Tampoco puede acostumbrarse a que el ciudadano pague tarifas desbordadas mientras la autoridad mira hacia otro lado.
La ciudad necesita menos discursos y más control. Menos inauguraciones para la fotografía y más obras que realmente transformen la calidad de vida. Porque gobernar no consiste únicamente en cortar cintas; también implica vigilar, rendir cuentas y responder con transparencia cuando los ciudadanos preguntan. Y hoy, tanto los parqueaderos junto a los hospitales como el parque El Vergel merecen mucho más que el silencio oficial.



Felicitaciones que árticulo tan claro y conciso…