No tenemos memoria de cuándo fuimos intención, pero fuimos primero una idea que se convirtió en impulso, un impulso que llevó a la acción, dando origen a una membrana, una célula que se desarrolló, generando una vida humana. El cambio continuo es inherente a nuestra condición, frágil y compleja, detallada y precaria, tan real e incierta que es más conveniente negarla.
Las memorias de la niñez, como un sueño borroso en nuestras mentes divagan, un atardecer que desaparece tan pronto como el observador cierra la mirada, sin embargo, parece que fue ayer, la distancia que el tiempo traza no es tan clara; soy la constancia de que he sido mas que un sueño, la metamorfosis de un ser que mi mente registrara, tan poco obvio para mí, como para los que constantemente me observaran.
La pequeña semilla que luego fue brote, se transformó en una bella flor que nuestro jardín adornara, el guayacán imponente de flores coloridas del que hoy disfruta mi hijo, fue un tallo incipiente el día en que su abuelo sembrara; las montañas verdes de nuestras cordilleras surgieron como el resultado de que la tierra, por dentro, chocara; el cabello blanco y la mirada clara, la confesión más honesta de que nuestra existencia por esta vida pasara.
Hay cosas que en el tiempo quizá no sea posible rastrearlas, pero otras en cambio, suceden a diario frente a nosotros como evidencia de la que permanencia es una mentira de la que la mente nos habla; el cambio es lo natural, aferrarse a una idea es del sufrimiento la causa. Vemos constantemente cómo todo en la vida cambia: las estaciones, las personas, las emociones, los amores, los odios y los dramas. Todos somos procesos que suceden concurrentemente sin excepción y sin falta, así nos va pasando la vida, como fases de una existencia que no se cuenta, pero de la que el espejo habla.
En lugar de luchar contra lo imposible, sería más sabio si nuestro ego, esta verdad abrazara, si el miedo a desaparecer ya no nos gobernara. Porque nuestra vida misma es ínfima, vista a gran escala, somos una mínima expresión de las partículas que componen nuestra galaxia. Quizá si pensamos en nosotros mismos desde esta realidad, si nos vemos como parte de un devenir en que el que todo surge y lo que surge, en algún momento cesara, entenderíamos entonces que el cambio continuo es una realidad inherente a la condición humana.



Que bello !!