Por Juan David Hurtado Bedoya
Una tragedia destruye. Pero también puede obligarnos a preguntarnos qué queremos construir después de ella.
El terremoto del 10 de agosto volvió a poner al Eje Cafetero frente a una experiencia que, aunque dolorosa, ya conocemos. En 1999 aprendimos que reconstruir no significaba simplemente levantar nuevamente lo que había caído. El terremoto del 99 según el Banco Mundial, afectó 28 municipios, dejó 1.185 personas muertas, más de 100.000 edificaciones destruidas y daños estimados en unos US$1.800 millones.
Hoy tenemos una nueva oportunidad, pero también una responsabilidad: no reconstruir el territorio que teníamos, sino construir el territorio que necesitamos.
El Gobierno Nacional estima preliminarmente que los daños del terremoto de agosto de 2026 exigirán más de $30 billones, de los cuales $24,5 billones corresponderían a edificaciones y $5,5 billones a infraestructura. Caldas, Risaralda y Quindío están entre los departamentos afectados.
La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto costará reconstruir. La pregunta es ¿Qué desarrollo queremos comprar con esos recursos?
La tragedia como punto de inflexión. Existe una idea poderosa en economía y desarrollo: los grandes procesos de transformación suelen destruir estructuras anteriores mientras crean espacio para nuevas formas de producir. Joseph Schumpeter llamó a esto “destrucción creativa”.
No significa romantizar una tragedia ni afirmar que los desastres son buenos. Todo lo contrario: significan pérdidas humanas, económicas y sociales enormes. Pero una reconstrucción inteligente puede convertir la necesidad de recuperar lo perdido en una oportunidad para corregir vulnerabilidades y acelerar transformaciones que, en condiciones normales, tomarían décadas.
Eso tiene incluso un nombre en la política internacional de gestión del riesgo: Build Back Better: construir mejor de nuevo. El Banco Mundial plantea que reconstruir después de un desastre debe servir para reducir vulnerabilidades, mejorar infraestructura, fortalecer instituciones y generar condiciones para un desarrollo más resiliente.
El Eje Cafetero ya tiene experiencia: Después del terremoto de 1999, el FOREC creó un modelo institucional novedoso, con participación del Estado, organizaciones sociales, comunidades y sector privado. La reconstrucción produjo infraestructura, vivienda y capacidades institucionales que transformaron buena parte de nuestras ciudades. Pero existe una lección que deberíamos tomar muy en serio: aquel proceso tuvo una orientación predominantemente urbana y constructiva. Un análisis publicado por el Banco de la República señaló precisamente esa transición: la reconstrucción se concentró en las cabeceras municipales, mientras el modelo económico cafetero anterior había tenido una orientación mucho más rural.
Esta vez no deberíamos cometer el mismo error. Propongo tres motores
La reconstrucción podría convertirse en el comienzo de una nueva estrategia regional basada en tres motores: construcción, agroindustria y logística.
El primero es evidente: la construcción: Habrá que reconstruir viviendas, colegios, hospitales, vías, redes de servicios y equipamientos. Pero deberíamos aprovechar esa inversión para desarrollar capacidades locales: empresas regionales, mano de obra calificada, materiales, ingeniería, arquitectura, innovación constructiva y sistemas de construcción resistentes al riesgo. No es un sector menor. En Colombia, la construcción ocupaba 1,67 millones de personas en julio de 2025, equivalentes al 7 % del empleo nacional, de acuerdo al DANE; en nuestra región es un desarrollador de empleo muy interesante.
El segundo motor debería ser el que durante años hemos dejado perder protagonismo: el campo, pero convertido en agroindustria. No propongo regresar al modelo rural del siglo pasado. Propongo agregarle valor a lo que producimos: Café tostado y procesado. Lácteos. Frutas transformadas. Cárnicos. Productos forestales. Alimentos preparados. Bioeconomía. Tecnología agrícola. Más investigación para el desarrollo de productos y servicios que desde nuestra biodiversidad podemos ofrecer al mundo entero. La agroindustria en toda la cadena genera mucho empleo para el que tenemos cómo responder la demanda con formación y experiencia. La reconstrucción debe llevar inversión, crédito, conectividad, asistencia técnica y transformación industrial hacia las zonas rurales. El DNP reconoce que fortalecer las cadenas agropecuarias y conectar productores, industria y comercializadores es fundamental para aumentar ingresos y valor agregado.
Y aquí aparece un efecto fundamental: la agroindustria puede convertirse nuevamente en una razón para que los jóvenes permanezcan en el territorio.
El tercer motor es la logística: Nuestra posición geográfica es una ventaja que todavía no hemos explotado completamente. Estamos entre el centro del país, el Pacífico, Antioquia, conectados con importantes mercados nacionales y corredores hacia Buenaventura y el nuevo puerto de Antioquia. La logística además impulsa y facilita la transformación del campo en agroindustria. No somos nuevos en logística, llevamos años trabajando en ella, desde la misma construcción del ferrocarril de Caldas donde aprendimos a llevar el mejor café al mundo entero desde nuestras montañas a lomo de mula y a tren hasta los puertos.
Sí, producimos, transformamos y sabemos movilizar eficientemente esos productos, podemos convertir nuestra localización en una verdadera plataforma regional. La lógica es sencilla: la construcción reconstruye; la agroindustria produce y agrega valor; la logística conecta y comercializa. Ahí está mi propuesta de desarrollo regional:
El nuevo pacto territorial: Podríamos pensar en una especie de teoría regional de los tres motores: utilizar una inversión extraordinaria provocada por una tragedia para reconstruir infraestructura, recuperar la capacidad productiva rural que se articule con la industria urbana y convertir la posición geográfica del Eje Cafetero en una ventaja competitiva.
No se trata de repartir recursos entre sectores. Se trata de conectarlos.
Una finca produce leche → una planta regional la transforma → una empresa logística la distribuye → un mercado local, nacional e internacional la compra.
Una empresa constructora reconstruye una vivienda → compra materiales regionales → contrata trabajadores y profesionales locales → genera ingresos → dinamiza comercio y servicios.
Una vía reconstruida no debería terminar simplemente conectando dos municipios: debería conectar productores con mercados.
Ese es el cambio de paradigma. El Eje Cafetero ya demostró que sabe levantarse después de una tragedia. Ahora tiene que demostrar que sabe transformarse. Si la reconstrucción vuelve a concentrarse exclusivamente en reparar edificios, habremos recuperado lo perdido. Pero si conseguimos utilizarla para reconstruir ciudades, revitalizar el campo, industrializar nuestra producción y convertir la logística en una ventaja regional, podríamos hacer algo mucho más ambicioso: convertir una tragedia en el punto de partida de una nueva etapa de desarrollo.
El reto de 2026 no debería ser simplemente reconstruir lo perdido, sino utilizar la reconstrucción como una política de transformación productiva del territorio. Siguiendo la lógica de los sectores motores de François Perroux y de los encadenamientos productivos de Albert Hirschman, la región puede articular construcción, agroindustria y logística como un sistema capaz de generar empleo, valor agregado y nuevas capacidades productivas. Si 1999 nos enseñó a reconstruir nuestras ciudades, 2026 debería enseñarnos a reconstruir nuestra economía regional: una economía más productiva, conectada, resiliente y, sobre todo, capaz de devolverle al campo un lugar central en el desarrollo del Eje Cafetero.
Una reflexión técnica mas amplia del tema y mas escritos, reflexiones y contenido del autor en: https://blogvidasabatica.blogspot.com/
* Ingeniero Ambiental y Economista, especialista en Planificación y Administración del Desarrollo Regional y Magíster en Medio ambiente y Desarrollo. Académico e investigador.


