VOY A INVOCAR UN JARDÍN

OpiniónLiteraturaVOY A INVOCAR UN JARDÍN

Era domingo, fui a un bosque cercano muy temprano, a realizar un pagamento, descendí por un sendero escarpado, recogí basura, sentí alivio de hacer un pequeño acto por la madre tierra, hacía un calor insoportable, un gato que me visita esporádicamente se quedó dormido en un rincón fresco de la casa, era tan apremiante el acaloramiento que decidí dejarlo ahí mientras salí a hacer algunas compras, en el trayecto advierto que un perro camina con su dueño, encima de un asfalto como fuego. Un preludio apenas de lo que vendría al día siguiente.  

         El techo empezó a crujir como si pasaran caballos al galope. La casa parecía descuadernarse, se zarandeaba como una barca en un naufragio. El piso, iba hacia adelante y hacia atrás con estrépito, la gente se desmayaba, gritos, llantos, y el estremecimiento era más y más fuerte. Luego vino la calma. Fui a buscar a mi sobrina a un conjunto cercano, en el camino vi una calle agrietada, avancé un poco más y un grupo sentado en una acera, miraba con estupor su edificio derrumbado.   Veo una niña con su muñeca y una palidez de espanto. “Primero se acaba el mundo que el capitalismo”, pensé.   Y ahí se me despertó la indignación que me produce la avaricia de los constructores sin escrúpulos, ¿dónde están los ingenieros? Los honestos y los deshonestos. ¿Dónde están los gobernantes? Los honestos y los deshonestos, y el estudio de los suelos, y los buenos materiales y los protocolos de sismo resistencia. Si. Indignación, coraje, porque detrás de estos desastres, hay irresponsabilidad, hay negociantes y traficantes que densifican las ciudades en terrenos inapropiados y no les importa, y mandatarios sin la visión y misión de proteger y preservar.

         Tengo una mesa grande, fuerte y sólida, que se gira sobre su torno, la observo en medio de una permanente sensación de un nuevo crujido. Es inevitable repensar lo vivido, lo sentido.  Me siento extraña en este cómodo despertar de una cama caliente, me duele la cabeza. Quiero encontrar mi cuerpo. Necesito revertir de esta sensación de pánico, este vértigo, esta sensación de ciudad violentada, sacudida por el horror.  Intento deshacerme del miedo, lo llevo lejos, a otros agujeros negros, lejos, lejos, donde ya no pueda alcanzarme.  

          A un mes del trágico suceso, hago un recorrido por una franja de la ciudad. Veo destrucción, pero también veo una urbe erguida, con sus casas enraizadas, y sus edificios retadores, y sus gentes de vuelta a la decisión de resurgir. Veo una ciudad solícita, batiente, insumisa, como el Bolívar, que sigue ahí indomable, irreductible e indoblegable, invitándonos a levantarnos.  Poco a poco la ciudad va recuperando sus tejidos, su color, su piel, su canto, sus voceadores, murmullos,  tonos,  y su rítmico andar, con sus inocultables traumas y fisuras. Necesitamos hoy más que nunca tener un propósito para transformar este dolor en vigor, y tenacidad.  Nuestro pueblo tiene vínculos, sabe de solidaridad, de comunidad, de fraternidad. Tendremos que aprender a vivir de nuevo, ensanchar el convite, dejar que la vida fluya y se desborde. Hay que continuar, ahuyentar el descreimiento, prenderles fuego a las viejas hipocresías, sobrevivir a los opresores, a los apátridas, al ojo que nos vigila y nos controla, (del que hablara George Orwell en su obra 1984).  

         A un mes de aquella apocalíptica mañana que había visto ya en mis sueños, voy a invocar un lago sereno, voy a invocar un bosque desescombrado donde la tierra reescribe sus memorias y conquista de nuevo el insondable poder del florecimiento. Voy a invocar un jardín para la ciudad, construido con la paciencia de manos que se abren y juntan para forjar la historia de la restauración y el fulgor de una nueva promesa.

Aleida Tabares Montes

Septiembre 6 de 2026

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