Este capítulo habla de cómo Pereira fue construyendo exposición y vulnerabilidad sobre el antiguo valle de Egoyá. Riesgo, infraestructura y estudios técnicos.
Cientos de veces usted y yo hemos caminado por encima de Egoyá sin saberlo. Seguramente ocurrió mientras íbamos por un cucurucho a La Lucerna en el centro o a comer un delicioso Cholao Peter’s, en la Circunvalar, junto a La Rebeca, arriba de la calle del humo. En ese sector, las reconstrucciones históricas sitúan uno de los nacimientos de Egoyá. Y desde allí la visual de Pereira: vitrinas, carros, peatones, conversaciones, afán, vida. Debajo seguían el agua, las estructuras y la memoria física de un valle, el del Egoyá, que la ciudad decidió transformar a lo largo de su historia.
Después de los dos primeros capítulos de esta serie, la pregunta ya no es por dónde pasa Egoyá ni cuándo comenzó a ocultarse. Ahora la pregunta, que puede ser incómoda, es otra: ¿qué significa haber construido una parte de Pereira sobre ese antiguo valle?
Egoyá no produce terremotos
Conviene empezar por una precisión que tanto el ingeniero Álvaro Pío Combariza como el geólogo Davey Carvajal han insistido en hacer durante esta investigación: “Egoyá no produce sismos”. Tampoco podemos atribuir automáticamente el daño de un edificio a su cercanía con el antiguo cauce de la quebrada.
Una cosa es dónde nace un terremoto y otra muy distinta cómo responden el terreno y las edificaciones cuando las ondas llegan a una ciudad. En la información oficial divulgada por el Servicio Geológico Colombiano el 10 de agosto de 2026 se indicó que el terremoto del 10 de agosto de 2026 tuvo magnitud 7,4, epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una profundidad de 103 kilómetros. Cuatro días después, en una nota explicativa del 14 de agosto, la misma entidad recordó que en el Pacífico colombiano este tipo de sismos se relaciona con el proceso de subducción, es decir, con la interacción entre la placa de Nazca y la placa Suramericana, y explicó que la forma en que el movimiento se percibe depende, entre otros factores, de las características del terreno y del tipo de construcción.
Ahí comienza el asunto que realmente nos interesa. El geólogo Carvajal lo resume mejor que cualquier titular alarmista: no es el agua de Egoyá la que explicaría por sí misma una respuesta sísmica particular; lo que debe estudiarse es la configuración geológica y geotécnica del antiguo valle, especialmente los rellenos antrópicos, su espesor, su rigidez, su humedad y el material natural sobre el cual fueron depositados.
Rellenar no significa borrar
Cuando Pereira niveló depresiones y cubrió sectores asociados con Egoyá, el relieve dejó de verse. La geología no desapareció. El esquema histórico de microzonificación sísmica de Pereira, citado por Correa y Narváez y reproducido también en el estudio Diagnóstico, caracterización y evaluación de la vulnerabilidad física y funcional de los sectores salud, educación y vivienda del municipio de Pereira, disponible en el repositorio de la Universidad Libre, identificó una zona 6: Egoyá–La Dulcera–La Arenosa, caracterizada por rellenos antrópicos heterogéneos, de blandos a muy blandos, con espesores de referencia entre 6 y 15 metros. Es una clasificación histórica que debe distinguirse de los procesos posteriores de actualización de la microzonificación.
La palabra antrópico quiere decir que el material fue colocado por acción humana. Pero esa definición sencilla encierra una dificultad técnica: un relleno puede reunir suelos, escombros y materiales de épocas distintas, compactados de manera diferente y con comportamientos también diferentes. No todo relleno es inseguro; tampoco todos los rellenos pueden tratarse como si fueran iguales.
En el documento técnico de soporte del POT de Pereira, adoptado en 2000, la administración municipal fue especialmente directa. Al referirse al sector de Egoyá señaló la existencia de rellenos heterogéneos y relacionó esa condición con la respuesta observada en terremotos anteriores. El documento consignó que, en el universo analizado después del sismo del 8 de febrero de 1995, casi el 80% de las construcciones dañadas estaba sobre rellenos y que, entre ellas, el 43% se localizaba sobre el corredor del colector Egoyá. Son cifras históricas de aquel inventario; no pueden trasladarse sin más a la Pereira de 2026.
El mismo POT registró que durante el sismo del 19 de febrero de 1997 las estaciones ubicadas en rellenos mostraron aceleraciones mayores que las registradas en roca y suelo natural, y que el terremoto de 1999 volvió a concentrar una alta densidad de daños en parte del centro. Estos antecedentes no prueban una causalidad única, pero sí explican por qué la condición del subsuelo merece ser estudiada y no ignorada.
El suelo puede cambiar el movimiento

La microzonificación existe precisamente porque una ciudad no se sacude de manera uniforme. Las ondas sísmicas pueden modificarse al atravesar materiales con distinta rigidez, espesor y geometría. Ese fenómeno se conoce como efecto de sitio. En algunos lugares el suelo puede amplificar determinadas frecuencias; en otros, la respuesta puede ser diferente. Por eso dos edificios cercanos no necesariamente reciben la misma demanda sísmica.
A esa condición del terreno hay que sumarle la otra mitad del problema: el edificio. Diseño estructural, antigüedad, materiales, mantenimiento, intervenciones posteriores y cumplimiento de las normas sismorresistentes también pesan. El riesgo aparece en ese cruce entre lo que ocurre debajo y lo que hemos construido encima.
Invico: prudencia antes de sacar conclusiones
El caso de Invico dejó una de las imágenes más estremecedoras del terremoto de 2026: el piso 12 colapsó y el nivel superior descendió sobre él. Un video divulgado semanas después registró el momento. La imagen demuestra el colapso; no demuestra por sí sola por qué ocurrió.
En un artículo publicado por El Colombiano el 5 de septiembre de 2026 se difundió ese registro visual. Pero, al cierre de esta versión, no he encontrado un peritaje estructural público que permita atribuir con certeza la falla a una causa específica. Para establecer el mecanismo real de colapso se necesitan planos, revisión de reformas, inspección de elementos remanentes, ensayos de materiales y modelación estructural. Sin esa evidencia, escoger una sola explicación es especular. Y nosotros no lo vamos a hacer.
El riesgo se va construyendo
Pereira no fabricó los terremotos, pero sí fue construyendo, durante décadas, su exposición y parte de su vulnerabilidad. Rellenó depresiones, prolongó calles, levantó viviendas, luego edificios, aumentó cargas, enterró redes y permitió que una ciudad cada vez más densa ocupara un territorio cuyas condiciones no eran iguales en todas partes.
A eso la gestión del riesgo lo llama construcción social del riesgo: los daños potenciales no dependen únicamente del fenómeno físico, sino también de las decisiones económicas, urbanas, institucionales y sociales que van determinando quién queda expuesto y en qué condiciones. Ese enfoque aparece en los marcos conceptuales de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres y también dialoga con la lectura histórica que proponen Correa y Narváez para el caso de Egoyá.
Ese concepto me resulta conocido por otra vía. Durante años trabajé como policy maker en asuntos de política social, pobreza y protección de niños y familias. Allí aprendí que el riesgo rara vez aparece de un día para otro. Un niño puede ir acumulando pobreza, inseguridad alimentaria, dificultades para permanecer en la escuela, violencia en su entorno o falta de oportunidades. Ninguna de esas condiciones explica por sí sola un desenlace, pero juntas van estrechando sus posibilidades y aumentando su vulnerabilidad.
La analogía tiene límites, por supuesto, pero ayuda a entender la ciudad. Un desastre ocurre en segundos. El riesgo puede tardar generaciones en construirse: una decisión sobre dónde rellenar, otra sobre dónde edificar, una licencia, una reforma, una estructura que envejece, una inspección que se hace —o que no se hace—. El terremoto es el momento en que todos miramos. La vulnerabilidad suele venir de mucho antes.
Debajo también envejece la infraestructura
Egoyá no es solamente un antiguo valle. También es una infraestructura hidráulica construida por etapas, con materiales y métodos distintos. El documento técnico de soporte del POT de 2000 ya describía dificultades de mantenimiento, fallas estructurales e insuficiencia hidráulica en algunos tramos, agravadas por la presencia de construcciones sobre el corredor.
En un artículo de El Tiempo publicado el 2 de agosto de 2016 se informó que una inspección de Aguas y Aguas, realizada con cámaras y equipos robotizados, había identificado como especialmente crítico el tramo de la carrera 12 entre las calles 16 y 22. La nota señalaba además que, antes de la intervención proyectada, debían mejorarse las condiciones del suelo.
Años después, Aguas y Aguas ejecutó Nuevo Egoyá sobre ese sector. En su información institucional, la empresa reportó 765,1 metros lineales de colector intervenido, excavaciones que alcanzaron 17 metros de profundidad, ocho accesos verticales y una nueva conducción de aproximadamente dos metros de diámetro. La fase superficial renovó redes de acueducto y alcantarillado y recuperó el espacio urbano asociado.
Esa intervención resolvió un problema real en un tramo concreto. Pero no equivale a un diagnóstico de todo Egoyá. El corredor completo es mucho más largo y atraviesa sectores con edades, materiales, profundidades, cargas y condiciones geotécnicas diferentes. La pregunta que sigue pendiente no es si se hizo una obra importante —se hizo—, sino, qué sabemos hoy de los tramos que no fueron sustituidos.

En 2026 cambió la urgencia, no las reglas de la ciencia.
El terremoto del 10 de agosto volvió a poner sobre la mesa preguntas que Pereira ya se había formulado después de 1995 y 1999. El Servicio Geológico Colombiano ha insistido en que magnitud, intensidad y efectos locales no son lo mismo. También ha explicado que la intensidad observada depende, entre otros factores, de las características del terreno y del comportamiento de las construcciones.
Pereira, además, venía trabajando desde 2020 y 2021 en la actualización de la microzonificación y en un escenario de riesgo sísmico con el Servicio Geológico Colombiano. En comunicados publicados por la Alcaldía de Pereira y en informes de la DIGER se informó que se habían recopilado estudios geológicos y geotécnicos, realizado campañas de microtremores y avanzado en la adopción de espectros de diseño. Para este capítulo no he encontrado todavía un documento público único que permita afirmar cuál es, en 2026, la cartografía integral y vigente que debe utilizarse para leer específicamente todo el corredor de Egoyá. Esa verificación sigue abierta.
Lo que sí cambió fue la urgencia. En una nota divulgada el 10 de septiembre de 2026, un mes después del evento, el Servicio Geológico Colombiano (SGC), informó que el sismo del 10 de agosto es el tercero de mayor magnitud registrado en la historia de Colombia y que, con corte al 8 de septiembre, la Red Sismológica Nacional había identificado alrededor de 300 réplicas, además de un enjambre sísmico en Chocó con más de 1.200 eventos. Ese mismo balance explicó que el SGC había visitado más de 20 municipios para evaluar los efectos del terremoto y fortalecer el monitoreo.
Y hay otra ausencia todavía más importante: no he encontrado publicado un diagnóstico que cruce, tramo por tramo, el antiguo valle, los rellenos, la canalización, el estado estructural de la infraestructura, las edificaciones existentes y los daños georreferenciados del terremoto de 2026. Puede haber información dispersa en varias entidades. Lo que falta, por ahora, es verla integrada y disponible de una manera que permita responder preguntas concretas.
¿Sabemos realmente sobre qué estamos parados?
Yo volveré a caminar por esas calles. Volveré a pasar por La Lucerna y seguramente por la calle del humo. La ciudad seguirá funcionando como siempre: tráfico, comercio, oficinas, cafés, gente que llega tarde a una cita, turistas de aquí y allá, periodistas e influencers haciendo lo suyo. La vida sigue.
Pero después de reconstruir esta historia resulta difícil mirar el piso de la misma manera.
Debajo no hay solamente agua. Hay decisiones urbanas acumuladas, materiales diferentes, estructuras que han envejecido, obras nuevas que corrigieron parte del problema y preguntas técnicas que todavía necesitan respuesta.
Antes de discutir si algún día Pereira debería recuperar visualmente sectores de Egoyá, abrir tramos o construir un parque lineal, convendría resolver una cuestión más elemental: conocer con precisión qué existe debajo de cada sector y qué riesgo representa hoy.
Porque el suelo también tiene memoria. Y una ciudad que quiera reconstruirse mejor después de un terremoto debería empezar por leerla.
Si una parte del riesgo quedó enterrada bajo la ciudad, la pregunta que sigue es inevitable: ¿Puede Pereira convertir esa misma huella en una oportunidad de reparación urbana?. Empezaremos a resolver esa inquietud el próximo domingo en el capitulo 4.
Nota editorial de verificación
La referencia a Zona 6 corresponde al esquema histórico de microzonificación reproducido por Correa y Narváez (2004) y otros estudios técnicos.
Aportes técnicos consultados para la serie: Ing. Álvaro Pío Combariza y Geólogo Davey F. Carvajal. La responsabilidad editorial del texto es del autor.
Fuentes y referencias
Alcaldía de Pereira. (2000). Documento Técnico de Soporte del Plan de Ordenamiento Territorial de Pereira. Componente general, riesgo sísmico y sector Egoyá.
Alcaldía de Pereira. (2021). Dirección de Gestión del Riesgo de Pereira (DIGER): información entregada al Servicio Geológico Colombiano para el modelo de riesgo sísmico de Pereira.
Alcaldía de Pereira. (2022). Informe de gestión de la DIGER: avances de la microzonificación sísmica y escenario de riesgo sísmico.
Ángel Morales, S., & Guzmán León, A. F. (2011). Diagnóstico, caracterización y evaluación de la vulnerabilidad física y funcional de los sectores salud, educación y vivienda del municipio de Pereira. Universidad Libre Seccional Pereira.
Correa, N., & Narváez, L. (2004). Egoyá: degradación ambiental y riesgo. En C. López & M. Cano (comps.), Cambios ambientales en perspectiva histórica (pp. 132–144). Universidad Tecnológica de Pereira.
Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Pereira S. A. S. E. S. P. Nuevo Egoyá: intervención del colector y renovación de redes entre las calles 16 y 22.
El Tiempo. (2016, 2 de agosto). Pereira encara nueva intervención del colector Egoyá.
El Colombiano. (2026, 5 de septiembre). Nuevo video del terremoto en Pereira muestra cómo desapareció el piso 12 del edificio Invico. Se utiliza únicamente para documentar el hecho visible del colapso; no como peritaje de causa.
Servicio Geológico Colombiano. (2026, 10 de agosto). Actualización de la información sobre el sismo ocurrido en San José del Palmar, Chocó.
Servicio Geológico Colombiano. (2026, 14 de agosto). Sismo de magnitud 7,4: el SGC resuelve las preguntas más frecuentes para entender el evento.
Servicio Geológico Colombiano. (2026, 10 de septiembre). Sismo de San José del Palmar: un mes de monitoreo, investigación y trabajo en territorio del SGC.
UNGRD (s. f.). Plan Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, segunda actualización. Marco conceptual sobre construcción social del riesgo.
Enlaces de consulta
POT Pereira – Documento Técnico de Soporte
Correa y Narváez – Egoyá: degradación ambiental y riesgo
Universidad Libre – estudio de vulnerabilidad física y funcional
Alcaldía de Pereira – modelo de riesgo sísmico
Aguas y Aguas de Pereira – Nuevo Egoyá
El Tiempo – intervención del colector Egoyá, 2 de agosto de 2016
SGC – sismo del 10 de agosto de 2026


