​INSTRUCCIONES PARA UN «CAFÉ Y DOS RUEDAS»

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​Qué asunto serio y delicioso esto del café.

Yo lo aprendí sin saberlo, casi por contrabando, allá donde la abuela Francisca en Guadalajara de Buga, me remontó a los años 80’s, en la calle 19 número 11-30 a eso de las once y media de la mañana no faltaba el café, en una casa que supongo levantó el abuelo Grasiliano Gómez a pura fuerza de voluntad. Una casa chévere, imagínate, techo a dos aguas, paredes anchas como abrazos. Allí me despertaba mamá Marina con una taza de café siempre dulce, con ese sabor a canela, que no era más que, agua de panela con café. «Chaqueto», hoy le dicen asi.

Luego vine a saber el porqué de la metáfora: cuando el frío aprieta las costillas, un café así de calórico abriga por dentro, como si uno se encajara una chaqueta de paño grueso.

​Llegué a Pereira, hace más de treinta años, uno pierde la cuenta y lo primero que tuve que adiestrar fue la lengua: aprender a decir «¡Qué hubo pues!» y a pedir tintico. Nunca «café», no se ustedes presuntuosos. El tintico se tomaba al paso, en lugares y parajes que me iban tejiendo el día, la tarde, y sobre todo la noche.

Más tarde apareció el carajillo. Creo que me lo presentó el maestro Alberto Dapena, profesor de historia del arte, por las aulas de Bellas Artes, allá en el Parque Olaya Herrera, donde hoy bien creída ella, se yergue la estación del Megacable mirando hacia Villa Santana. En ese mismísimo espacio, el maestro llegaba con una bella caneca de plata cargada de Brandy, o de Ron, o de Whisky. Le echaba un chorrito lírico al tinto y voilà: el carajillo.

Con los compañeros aprendimos ese rito del carajillo en el primer piso, en el segundo, en la cafetería, o afuera, al pie de unas pinturas hermosas instaladas en el Olaya.

«Años después» como se escribe en las películas de montaje rápido, aprendí a tomar el «buen café», ese que le sirven a uno en restaurantes de alta alcurnia, cuando viajaba. Aunque en Pereira ya teníamos nuestros templos subterráneos, como el autoservicio de la carrera 8.ª entre calles 21 y 22, donde arreglábamos el mundo entre estudiantes de todas las facultades, hasta que nos sorprendía la madrugada. El resto de la historia del origen del grano me la ahorro; que se lo pregunten a alguna inteligencia artificial de esas que andan tan de moda.

​Hoy en cualquier calle del centro de Pereira se puede tomar una taza soberbia. O se podía, antes de que este terremoto absurdo nos moviera el piso y se llevara entre sus grietas tantos sitios amados. Para no deambular a ciegas buscando fantasmas, hay que ir directo a la carrera 10.ª entre calles 16 y 17. Ahí, justo afuera en un establecimiento de Envía, en el centro cultural Lucy Tejada, donde van a parar paquetes de artesanos, comerciantes, emprendedores y caminantes, se instala mi queridísimo David Ramírez Serna. O sencillamente David y su perro Niño, un bello pitbull de pelaje ocre oscuro, tirando a cobrizo.

​El punto se llama «Café y Dos Ruedas».

Uno se sienta en unas bancas de mosaico, -que fabricó Fabio Valencia, un aplauso de pie para Fabio- y, luego uno se queda contemplando la mesa con su perfecto rosetón multicolor. Al frente está David, metido en su carro tras un plástico transparente que parece el cristal de un laboratorio, ahí, ocurre el performance. Herramientas de punta, precisión casi química, filtros, prensas para un expreso justo a la temperatura y tiempo exactos, también te llaman las rosquillas crocantes y unas pequeñas arepas de maíz, ¡deli! Uno se sienta allí, a ver caer los atardeceres o a mirar los cuerpos que pasan: miradas desorbitadas, amorosas, exóticas; siluetas que imitan las curvas de los Andes con tonos siena, pálidos o azucenas. Se ven las montañas a lo lejos, los vendedores ambulantes van y vienen y esa fauna hermosa que trina y vuela sin parar, en esa coordenada donde convergen artistas, gestores, escritores, empresarios y jóvenes milongueros, la obligación es reírse y saludar con reiteracion.

Y de pronto, llega don Rodrigo, el escobita del barrido coordinado, entrando como Pedro por su casa. Saluda de puño, saca la basura donde Fabio y David nunca falla: «Don Rodrigo, ¿se toma un café?». La sonrisa de don Rodrigo lo dice todo; tras una jornada implacable, el café es un tónico para devolverle el alma a la locomoción del cuerpo.

​David lleva años rodando. Lo he visto en encuentros culturales, seminarios, ferias del libro, exposiciones de CortoCircuito, en museos y en pueblos de arquitectura intacta. Ahí va él con su melena de rebeldía y su perro inseparable. Pero, lo verdaderamente revolucionario de David, es que destruye la rutina, nos enseña que el café no es una simple pauta para no dormirse en un parcial o cuidando lo ajeno, sino, un asunto de alta gastronomía. Te habla de sus propiedades, de sus notas, de sus temperaturas como también, de su toque mágico de su propio café.

En los momentos de calma inventa bebidas, muele la pepa, lo convierte en grano fino con amor en sus máquinas, lo empaca, lo sella y lo huele para verificar el milagro.

Luego te mira con una sonrisa de cómplice y te dice: «Estoy empacando el mejor café para mis clientes; son suficientes, y sé que lo van a saber apreciar».

Por eso convoco a los pereiranos y a los caminantes de paso, esta pequeña ciudad atraviesa un momento duro tras el sismo del 10 de agosto; el comercio, los bares, los gestores culturales y los restaurantes andan reinventándose para responderle al golpe económico.

Llegar donde David y Niño su perro, es ingresar a un oasis de paz estética. Tomarse un café allí, es como pintar un atardecer con el paladar, mientras el cielo del poniente se deshace en amarillos, naranjas y azules.

​Rueden por el café de David. Acérquese por ese aroma y, por favor, no olviden saludar al Niño, que es un perro sabio y habla con la pura cadencia de su tranquilidad.

Ahora David y Niño proponen la política de <Café en Café>

Consiste en comprar un café y dejar pago otro, para quién quiera saber de este rico aroma y no tenga como adquirirlo, se le ofrezca de manera grata.

En nombre de un generoso o esponsor enamórate del «CAFÉ Y DOS RUEDAS».

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