Es muy común que miremos hacia adelante, cuando el pasado es el que nos muestra nuestras raíces.
Hoy no es un día especial. No tendría que serlo para mí. El mundo no celebra ninguna fecha importante, pero mi yo interior me llevó a escribir y a dejar volar mis dedos por un teclado.
¿Qué es lo que quiero escribir? La verdad, no lo sé. Tal vez solo sea un desahogo ante una vida que, de a poco, se ha vuelto plana; eso sí, sin perder los sueños ni las ganas de seguir viviendo.
Afuera, los señores se disputan el poder y la seguridad de tener la razón; las mujeres activan cada día sus encantos con el afán de sentirse deseadas y los hombres amplían sus dotes de conquistadores. Los niños consumen sus años tras una pantalla y el mundo cree estar cada día mejor.
La necesidad apremia en muchos hogares y los derroches afloran a cada paso, sin medir las consecuencias. Lo superfluo gana terreno sobre lo necesario y la humildad desaparece cuando llega algún logro. Las casas están cada día más vacías y los sitios de diversión suplen el calor del hogar.
Las calles están llenas de desconocidos que no tienen tiempo ni para saludar, y el reloj se convierte en el verdugo de los sueños. Las plazas no tienen visitantes, sino transeúntes; los parques hoy tienen más mascotas y jóvenes perdidos en la droga que niños dejando volar la imaginación. Los lujos califican la condición humana y los valores les van cediendo su espacio a la vanidad.
La vida tiene precio y la muerte ya hasta se paga. Ser bueno no te garantiza nada, pues, en el mercado actual, tu existencia ya la determinan otros y no Dios. El mundo se mueve al vaivén de la bolsa de valores y los verdaderos valores quedaron en una bolsa de basura.
La palabra perdió valor y fue reemplazada por letras de cambio y pagarés. Los títulos valen más que los saberes y tu ropa determina tu condición. Las amistades se miden en «me gusta» y tu grandeza, en poder adquisitivo. Las relaciones ahora son exprés y las familias son, comúnmente, unitarias.
Los viejos libros y cuadernos quedaron en la historia y la inteligencia artificial empezó a gobernar tu mente. Ya no es necesario pensar, pues internet lo hace por ti. El mundo se volvió frágil y tu capacidad de actuar ahora depende de un dispositivo.
Los niños no saben del gozo de correr tras una cometa ni de la satisfacción de anotar un gol callejero. Perdieron el poder del asombro y ahora caminan hacia un destino demarcado por otros, sin su consentimiento; y lo peor es que así son felices.
Tal vez estas líneas parezcan escritas por un viejo que se quedó en el pasado, y quien así lo piense no está lejos de la realidad. Ese pasado que me enseñó el don de la gratitud y el respeto; ese pasado que me llevó a soñar con un propósito diario; el mismo que me enfrentó a los verdaderos riesgos de la vida y me obligó a resolver mis problemas.
Ese pasado que un día me preparó para todo, pero quizás se olvidó de enseñarme a ver el mundo de hoy. Eso sí, me dio la mesura para entender que, aunque añore cosas, estas no volverán a ser como yo las viví.
Desde mi ventana seguiré mirando este mundo, tal y como es. A fin de cuentas, ¿quién soy yo para cambiarlo y para qué hacerlo, si, tal como está, al hombre de hoy lo hace feliz.
Carlos Alfonso Riaño Acevedo


