Cuando se suele hablar de conceptos como “libertad” o “democracia”, a pesar de lo hermoso e ideal que ambos representan, es posible advertir de la forma en la cual ambos caen en “saco roto”. Constituciones, documentos programáticos, sustentos ideológicos, invitan a codearse con la soñada autonomía material y espiritual dentro de un entorno limitante, donde los beneficiados suelen ser muy pocos.
Haya cualquier tipo de modelo político, la posibilidad efectiva del ejercicio del bien común proveniente desde el Estado, del individuo común, la verdadera esencia de las distintas libertades, acaba convertida en letra muerta sobre el papel aunque sirva para garantizar un orden social adverso. Quienes ostentan el poder, pueden hacer prácticamente cuanto les venga en gana, mientras burocracia o mala voluntad mediante, las instituciones no cumplen la función para la que fueron creadas y por reflejo, los seres humanos se ajustan a dicho sentido egoísta e insolidario de realidad.
En su libro Escritos Políticos, Jorge Eliécer Gaitán (1898 – 1948) reconocía las barreras de su propio ideario liberal, al admitir si un gobierno de esas características llegara al poder, decretaría también la libertad económica, dando al traste con el resto de libertades otrora pregonadas. Una reflexión muy adelantada para la época. Sin pretender juzgar al personaje histórico fuera del contexto de época, al seguir el cauce de la misma obra -harto recomendable- el “Caudillo del Pueblo” no pudo escapar al “rigor mortis” de la teoría ni de la letra muerta.
Resulta increíble que el autor de Las ideas socialistas en Colombia o El debate sobre las bananeras, auténticos alegatos de justicia social contra el despótico régimen conservador, como tantos otros haya llegado a justificar las purgas en la antigua Unión Soviética, impulsadas por Stalin, celoso de perder el poder. De hecho, solía citar la constitución del primer estado obrero del mundo, genuino compendio de derechos pero que en la práctica no se cumplía.
Hoy, los mismísimos Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, por citar algunas de las potencias dominantes del globo, de forma inversamente proporcional al dominio ejercido sobre los países emergentes, sucumben ante los intereses de megacorporaciones de diferentes banderas. Las elites que les dan vida, cuidando las formas, encarnan con pequeñas variaciones el poder equivalentes de las monarquías absolutas de pasados siglos. Mientras se llevan preso a un pobre infeliz por intentar ganarse la vida vendiendo tinto en el espacio público, estos personajes destruyen pueblos enteros, organizan bloqueos económicos, manejan el tráfico de armas, de drogas, de personas. Inician guerras, definen amigos, enemigos, crean “clubes” donde son vejados de forma deliberada niños, niñas. ¿Y quién los va a juzgar, cuando probablemente el magistrado encargado debe el cargo a semejantes influencias o cuando no, es “amigo”, “compañero”, participe activo de tamañas aberraciones?
La injusticia posee un poder tan grande, que eclipsa el de presidentes, ministros, senadores, diputados, concejales, yendo y viniendo, como material prescindible en el tablero de ajedrez mundial, los cuales cada tanto son “echados a los lobos” para demostrar a la opinión pública que “quien las hace las paga”. El único fin de simular estar “tomando cartas en el asunto”, unas veces dejando hacer y otras, sin moverse de la silla, prestos a arrancar de cuajo cualquier amenaza real a su posición e intereses. El resto se trata de repartir la miseria generalizada -no sólo monetaria- para que a los servidores públicos, los filósofos, periodistas, comerciantes, propietarios, industriales, terratenientes, filántropos, eminencias, artistas, vendan el alma a cambio de subsistir, al fingir ante ellos o los demás, ostentar una posición importante dentro del sistema.
Vicisitud
En un medio de tanta manipulación cada vez más evidente, donde las teorías conspirativas se vuelven más obsoletas frente a la realidad objetiva determinada por hechos, el orden social injusto e impuesto no tendría tanto éxito si en lugar del arribismo, la conveniencia, la insolidaridad, el vivir de las apariencias, retroalimentando el injusto sistema, hubiera valores, convicciones. Ética.
Desde la infancia temprana, se empieza a tratar de “colocar” a la gente en el molde, por nefasto que pudiera resultar. ¿Cuántas veces, aún para intentar protegerlos, se pudo escuchar a padres, familiares, amigos, recomendando a los hijos callar, ponerse tal ropa, hacer maldades porque “conviene”, aplastar al prójimo, moverle el piso al compañero de trabajo, entre otras sugerencias “prácticas” para “encajar” en los devaneos de la “vida moderna”?
Los sucesos cotidianos dan muestras del estrepitoso éxito de estas prácticas: Dos muchachones trompeándose por una moneda, los presuntos amigos compitiendo hasta desangrarse, la “amiga del alma” robándole el novio a la otra, el que traiciona o abandona en el mejor momento al amigo. Los hijos masacrando a los padres, cual tiranos en miniatura, para que les compren el celular de alta gama, la moto o el ordenador último modelo. El avance sobre el débil, el bulling escolar, la estigmatización del pobre, el deseo irrefrenable de tener aunque le pertenezca a los demás.
La pesadilla no concluye. Se remonta a la adultez: Los hermanos que se estafan por dinero, los hijos enterrando en vida a los padres al interior de un ancianato. La agresión de la indiferencia, la utilización de las personas en provecho propio, la falsedad institucionalizada, obrar a sabiendas de estar equivocado. Intentar realizarse, buscando imitar al verdugo en vez de superarlo, al asumir la defensa de los “dueños” de los derechos de los cuales se carece, en la falsa creencia de ser parte de una clase exclusiva a la que es imposible pertenecer ni pagando con toda la riqueza del mundo.
Y una sociedad capaz de concebir siquiera los hechos mencionados, no cabe duda la clase de líderes, referentes, ejemplos a seguir que podría llegar a engendrar.
Si alguno se muestra remiso a acatar esas directivas donde el éxito queda reducido a los más energúmenos, es descripto como rebelde, inadaptado, de insolvente, de “improductivo”, de inútil a tiempo completo. Ante el eventual fracaso, abundan frases como: “Así debía terminar…”, “piensa demasiado”, “se aísla de los grupos”, “tiene tendencia a desconectarse”, “no se deja orientar”, junto a otras tantas destinadas a subestimar a los que a sabiendas del alto riesgo, tienen el sagrado valor de insistir en vivir como personas.
Por supuesto, se reconocen u omiten los nombres de Epicuro, Espartaco, Leonardo Da Vinci, Confucio, Miguel de Cervantes Saavedra, Lope de Vega, Miguel Servet, Nostradamus, Shakespeare, Nietzsche, Honorato de Balzac, Albert Einstein, Karl Marx, Vladimir Lenin, Roberto Arlt, Alejandra Pizarnik, María Cano y hasta de los personajes históricos de Buda o Jesucristo, entre otros. Genios que pusieron a girar el planeta desde su “inutilidad contemplativa”, aunque muchos se llenen la boca aún sin saberlo con sus testimonios pero al mismo tiempo los consideren “escasamente prácticos” a la hora de ejercerlos para “trepar” en estos “tiempos tan frenéticos”.
Diagnóstico
La conclusión que se extrae de esta interpretación realista sin edulcorantes, es que las mujeres y los hombres, independiente de los modelos sociales, políticos, económicos, de las instituciones pretendiendo representarlos, de la sociedad donde conviven, padecen de una falta alarmante de libertad, de democracia real.
La vida se les escapa de las manos no siempre debido a la falta de responsabilidad, como insinúan los artífices de este modelo de dominación o sus repetidores morales gratuitos. Los Estados moldean las normas en base a los dictados de las cúpulas apenas visibilizadas. Las religiones predican bienes intangibles cuyas enseñanzas de amor al prójimo, de solidaridad, de hermandad, son muy valiosas aún para los carentes del “milagro de la fe”, pero sus sistemas y prácticas no coinciden con la nobleza del mensaje. La beneficencia resulta una forma distinta de defender intereses comunes, excediendo el de blanquear capitales.
De hecho, la ex primera dama argentina, María Eva Duarte de Perón (1916 – 1952), la consideraba con justa razón junto a la limosna como “un placer desalmado de los ricos que excitaba la necesidad de los pobres sin satisfacerla realmente. Las llamaba «limosna oligárquica» porque perpetuaba la dependencia, en lugar de solucionar los problemas de fondo porque considera la “fábrica de pobres” su principal sostén.
Así, el modelo actual de sociedad va digitando las diferentes variables de opresión. Utiliza la tecnología para perfeccionarlas, dilata cuanto no es afín a sus negocios -cura del cáncer, relevancia de combustibles no fósiles- altera mercados al provocar crisis económicas artificiales, vendiéndolas como hechos inevitables. La perversión adquiere connotaciones diabólicas cuando ante cada propósito, se encarga de “fabricar” a los falsos profetas o filósofos de la decadencia para justificarlas como si fueran una necesidad.
Ejemplo de ello a nivel internacional, fue el del politólogo japonés, Francis Fukuyama, con el objeto de dar por sentada la nueva política mundial a partir del colapso del comunismo en su obra El fin de la historia y el último hombre (1992). De alguna forma, se buscaba intelectualmente anteponer los beneficios ruinosos de la absoluta libertad de mercado, en reemplazo de una economía socialista planificada que generaba mayor previsión, pero deformada en capitalismo de Estado caduco, junto a brutales sistemas opresivos para imponerla.
De ninguna manera se trata de poner paños fríos ni mucho menos, naturalizar, la corrupción de los jerarcas, las terribles violaciones a los derechos humanos, el atropello a las libertades colectivas e individuales, ocurridos en la desaparecida Cortina de Hierro, donde igual o peor a los actuales los beneficios se concentraban al interior de los círculos del poder a expensas de la inmensa mayoría.
La misma caída de la Unión Soviética se debió a la compra deliberada de importantes miembros del politburó (oficina política), del congreso, de los funcionarios del super poderoso Partido Comunista, empezando por su último primer ministro, Mijaíl Gorbachov (1931 – 2022). Sus “brillantes servicios” gracias a una codicia desmedida, lo hicieron acreedor al Premio Nobel de la Paz (1990), además de fungir como estadista cuando fue el arquitecto alevoso, el cómplice de la desaparición del país, so pretexto de una glasnost (apertura) sólo útil para entregarle el patrimonio del pueblo soviético a grupos de oligarcas.
En esa perspectiva, Fukuyama y otros intentaron explicar por qué, al tiempo de ir acabándose el champagne durante la caída del muro de Berlín, con la llegada de la presunta “libertad” también se acabaron otras como contar con la suma de la protección social estatal. No por asistencialismo, dádiva, ni caridad, sino a cambio de los impuestos abonados a partir del capital producido a través del trabajo.
Tampoco esa falsa democracia tardó demasiado en mostrar su rostro verdadero. De acuerdo a los datos de Circa (1990), durante la transición de la caída del comunismo al auge del neoliberalismo, la globalización, aumentó exponencialmente la pobreza y la indigencia desde finales del siglo XX, casi de modo irreversible hasta el presente. Esta situación despertó sobre todo en Europa del Este, la nostalgia de aquellos “malos buenos tiempos”, donde la gente no era “tan libre”, pero podía tener “lujos” como asistencia médica gratuita, educación o vivienda digna. Es ahora, que supuestamente nada ni nadie los priva de nada, cuando parecen esclavos sin cadenas: Pueden ir donde quieran. No los vigila nadie, aunque no tienen nada.
Rumbos
El mundo intentó con suerte dispar restablecer el balance de la economía a niveles de esa pasado demasiado imperfecto y diametralmente mejor a la actualidad. Las administraciones capaces de intentarlo, de revertir esa clase de involución, se encontraron de repente con el señalamiento de las elites, las megacorporaciones, los países más poderosos.
Lo comenzaron a hacer con la propaganda malintencionada de los principales medios de comunicación, callando los estragos de sus dueños al tiempo de exacerbar a los lectores, a las audiencias, con hechos la mayoría de las veces insignificantes. Parecen horrorizarse más a causa de hechos igual de violentos, promovidos desde órbitas de poder ajenas, que debido a la gravedad conllevada en acciones tan sanguinarias. De allí, a cobrar “mayor importancia” la justa lucha por los derechos de las mujeres en Irán, frente al exterminio sistemático de los palestinos a manos del Estado genocida de Israel; a condenar a Rusia tras atacar a la nazista Ucrania, al apuntarle esta con misiles de la OTAN para amenazar la soberanía. A “normalizar” la intervención norteamericana en Venezuela, secuestrando al jefe de Estado, Nicolás Maduro Moros, acusándolo de “dictador”, cuando además de encontrarse Estados Unidos gobernada por el payaso pedófilo de Donald Trump, a lo largo de la historia se dedicó a apoyar dictaduras o gobiernos títeres.
Precisamente, fueron los grandes yerros en materia de política exterior de la potencia hegemónica occidental, los que al margen de la consolidación de Rusia y China -gracias al factor político, militar y el músculo económico para evitar ser subordinadas- lo hicieron ceder en el plano geopolítico.
En el caso de la Federación Rusa, de la mano de Vladimir Putin, el gigante euroasiático dejó de ser la clásica marioneta norteamericana para recuperar autodeterminación soberana a partir del fuerte crecimiento de la economía o la reorganización del poder militar que le volver a los primeros planos internacionales. Este ex espía de la temible KGB, muy crítico del sistema comunista, cercano a poderosos oligarcas, bajo serias acusaciones de autoritarismo e intolerancia a grupos minoritarios, cosechando amigos, enemigos, es el responsable del avance de Rusia a paso firme hacia el bienestar general, como base primordial para la construcción de una nueva opción de liderazgo del globo.
Por su parte, la República Popular China no se limitó a ocupar el lugar de los soviéticos. Sin dejar de lado las ideas comunistas ni de planificar la economía, supo comprender a tiempo los errores de la larga etapa de Mao Zedong (1893 – 1976) e interpretar con pragmatismo las demandas socio políticas. Bajo el liderazgo primero de Deng Xiaoping (1904 – 1997) y más tarde de Xi Jinping, lograron poner en práctica el llamado “socialismo de mercado”. En dicha alternativa al comunismo ortodoxo -soviético o maoísta- el Estado protege a la ciudadanía, las empresas e industrias de las fluctuaciones de las leyes mercantiles. Mantiene a ultranza lo público, garantiza las inversiones extranjeras, las protege, pero con fuertes controles, así como un implacable buró comunista encargado de no permitir que el sector privado se enriquezca a expensas de la expoliación. El tráfico de drogas, los delitos de corrupción, los crímenes contra el Estado, son penados con la muerte.
En forma paradójica, el cambio de rumbo fue establecido poco antes de la Masacre de la plaza de Tiananmén (1989), situada en la capital, Beijing (Pekín). Detrás de los llamados genuinos a la libertad, la libre expresión, se encontraban los intereses estadounidenses de sembrar la anarquía, de debilitar el gobierno hasta su derrocamiento, como sucedió dos años después en Rusia. No en vano la presencia de Gorbachov constituyó un claro mensaje político a ese efecto, antes de desatarse la violencia desmesurada del ejército que dejó miles de víctimas, pero técnicamente al aplastar el movimiento disidente, haya logrado evitar la caída de China a expensas de un costo humano indiscutible.
De ninguna manera, se trata de justificar la agresión o la supresión del contradictor político como política de Estado sin importar de donde venga. Sí, de comprender las palabras del pensador italiano, Nicolás Maquiavelo (1469 – 1527), al recomendar que los mandatarios a diferencia de los hombres común, deben “despedirse de su alma y conciencia”, obrando por igual aunque la razón de Estado, despojada de principios o valores morales, actúe en consecuencia para bien o mal tomando posición.
No se pretende establecer que los sistemas políticos de Rusia y China están llenos de “santos”, ni son inexistentes las elites, las cúpulas o los intereses, cuando el motor de los avances resulta ser el mismo del de los corruptos: La ambición, pero con el conocimiento de saber ajustar el cordel sin asfixiar el contenido humano del cual dependen. Sojuzgar es la última opción. Prefieren comerciar, hacer negocios con terceros países. El mundo los busca, los prefiere para tener vías alternativas de desarrollo fuera de los condicionamientos norteamericanos – europeos, como en su oportunidad lo hizo Venezuela con Rusia y Argentina al recibir inversiones de China. No por “buenos y serviciales”, sino en abierta competencia con las potencias rivales, trasladando los campos de batalla al mercado internacional, donde Rusia triunfó con contundencia, mientras China de una economía campesina, pasó a convertirse en la primera potencia económica mundial.
Lo cierto es que si en algo ambas naciones, es en haber interpretado la construcción del poder, del bienestar, del desarrollo, de la armonía social, ya no a expensas sino con el pueblo como principal legatario de esa grandeza, contrario al proceder de los Estados Unidos sumergiendo al suyo, desmitificando de paso el alicaído “sueño americano”.
Propósito
Otro de los despropósitos de la gran prensa occidental, es criticar la aparente falta de libertades individuales, traducidas a veces en el hecho de la falta de garantías para hacer cuanto a los delincuentes de cuello blanco se les venga en gana. Ni hablar si los países reaccionan contra los chacales de turno. Pasan a convertirse en “el eje del mal”, aunque puertas adentro, llegado el caso, en idénticas circunstancias la CIA o el FBI por mucho menos, sean capaces de introducir a cualquiera dentro de un automóvil oscuro para nunca más volverse a saber de él.
En ese grado de hipocrecía mayúscula, de manera reciente pusieron el grito en el cielo al trascender el severo control de China a sus ciudadanos a través de monitoreo por dispositivos computarizados en distintas ciudades. Algo que el escritor británico George Orwell (1903 – 1950) había previsto décadas antes. Ello, agregando a colación una ley otorgando puntaje de acuerdo con el grado de adhesión al régimen, otorgando y quitando servicios básicos en retaliación. Hacia el final el informe aseguraba el eventual encarcelamiento de una joven, luego de hacerse una selfie manchando con pintura un afiche partidista de Xi Jinping, a manera de acentuar la exposición represiva.
Aún en repudio absoluto a toda actitud o naturaleza represiva; ¿se trata de autoritarismo o de la generación de anticuerpos sociales, para prevenir la instalación de modelos de estado como el colombiano, el argentino, el chileno, del brasileño de la etapa del presidente, Jair Bolsonaro, donde los pueblos son puestos como prenda de garantía a la codicia de los poderosos?
¿Qué es la democracia? ¿El mero acto de elegir de forma relativamente libre, constreñida, entre distintas burocracias promoviendo el continuismo saqueador, o la garantía de una justicia social permanente, de los derechos adquiridos y de las oportunidades de crecimiento colectivo e individual de las mayorías?
Sería lógico defenderse del atropello, de las injusticias, en lugar de aceptarlas con parsimonia, al pensar, hasta colaborar con los victimarios, cuando no se trata de elegir el collar sino de dejar de ser perro. ¿Pero cuál es la opción más democrática? ¿Apoyar sin convicción, presa del resentimiento, del arribismo, a quienes llegan a perjudicar a sabiendas de estar equivocado, con tal de impedir la llegada de alternativas, o sabotear a los que vienen a devolver dignidad a pesar de las defecciones de cualquier organización humana?
¿Hace bien un Estado generador de beneficios materiales, espirituales, al sancionar a aquellos pretendiendo sustituirlo por otro, capaz de endeudarlo, de saquearlo, de destruir con la velocidad de un pupitrazo lo construido a lo largo de veinte, treinta o cincuenta años?
¿Dónde reside la legítima libertad? ¿En los gobiernos impidiendo no surjan adefesios de la talla de Álvaro Uribe Vélez, de Javier Milei, de José Antonio Kast, de Daniel Noboa, de María Corina Machado, de Rodrigo Paz Pereira, de Vicente Fox? ¿Sería que poseen más legitimidad quienes predican el concepto a la hora de matar de hambre a la gente, apalear pensionados al protestar, asesinar jóvenes, volver el desempleo un mal endémico, destruyendo la cultura, el tejido social, al profundizar la inequidad en pos de conservar privilegios desmesurados e inmerecidos? ¿Cuál es el maldito problema de intentar por todos los medios, poner el plato de comida en la mesa de quienes lo necesitan, de darles la oportunidad de progresar ganando el pan mediante el esfuerzo del trabajo, de lograr acceder a la vivienda digna, de costear al menos cuanto consumen?
Queda la creencia en la realización del bien común, como supremo impulsor de lo que resulta menester realizar cuanto antes, de confrontar la maldad en lucha desigual hasta el fin de los días. Quizás muchos pese a saberlo, no quieran admitir que el fin justifica los medios. Pero al menos deberían reconocer que se da maña cuando se trata de una causa justa, sin otra recompensa ajena a la del placer de haber hecho un poco más felices a los conciudadanos.
Carlos Alberto Ricchetti


