En los momentos más difíciles, cuando la adversidad nos visita, cuando más frágiles parecemos aparecen el tesón, la fortaleza, la resiliencia y todas aquellas virtudes que han forjado a través de los años «la pereiranidad», un espíritu indomable que expresa la idiosincrasia singular de las gentes de nuestra tierra.
No hay que confundirla con el civismo, otra virtud que antaño teníamos y que implica desprendimiento y solidaridad. Una actitud que nuestra sociedad ha asumido frente a los grandes retos. Es el trabajo conjunto, sin distinciones de raza, credo o condición económica. Es dar de lo que se tiene para que la ciudad avance. Es generosidad y filantropía. Pero la verdad es que ese civismo lo hemos venido perdiendo a través de los años. No hay sinergia entre lo público y lo privado, se acabaron los convites comunitarios que nos permitieron construir aeropuerto, villa olímpica, hospital y la mayoría de los barrios populares, no hay proyectos que sean comunes en su construcción a todos los estratos.
Pereira es hoy una ciudad con muy escasos líderes. Hace veinte o treinta años teníamos muchos: César Gaviria Trujillo, Juan Guillermo Ángel Mejía, Carlos Arturo Ángel Arango, Rodrigo Rivera Salazar, Iván Marulanda Gómez, Luis Carlos Villegas Echeverri, Jorge Mario Eastman Vélez y algunos más que fulguraban en el concierto nacional, que abrían puertas en la capital, que hablaban duro y eran escuchados. Todos provenientes de la política. La verdad también es que nos cuesta mucho esfuerzo fabricar dirigentes de talla porque la ciudad no tiene empresa privada. No somos dueños de las grandes sociedades que están asentadas en nuestro territorio. Hitachi, La Rosa, Colpapel, Papeles Nacionales, Coats Cadena, Suzuki, Busscar, Hyundai y otras más pertenecen a inversionistas extranjeros. Y para colmo de males y como buenos comerciantes que somos hemos vendido las poquitas que logramos sacar adelante: el hotel de Pereira, el Ingenio Risaralda, la Telefónica, la Empresa de Energía, Gas de Risaralda. O las concesionamos como sucede con Aseo de Pereira, el alumbrado público y el aeropuerto Matecaña. Así es muy difícil construir verdaderos líderes. Y el terremoto nos cogió sin ellos. Por tal motivo será necesario apelar a los «viejos». Será menester llamarlos y decirles como Bolívar le dijo a Rondón en el pantano de Vargas: «Salve usted la patria».
Este cimbronazo que nos regaló el planeta debe servirnos para unir fuerzas, recuperar el amor por la ciudad, las ganas de hacer civismo, el entusiasmo por lo nuestro, apelar a nuestra «pereiranidad». Nos va a tocar solos. No se siente ningún ánimo en el gobierno de Abelardo para una adecuada reconstrucción física, económica y social y no parece que exista en el alto gobierno conciencia de la verdadera dimensión de la catástrofe. Hasta ahora no hay ni plata, ni norte.
Pero de eso sí sabemos los pereiranos, de enfrentar el futuro y el desarrollo «sin fuerza extraña que agradecer». Pa’eso sí somos berracos. Nos demorará más tiempo, pero saldremos airosos. Ahora más que nunca hay que apelar al sentido de pertenencia, ese que llevan en las entrañas personajes como Amparo Jaramillo de Drews, una guerrera de siempre. Su entusiasmo le genera animadversiones e incluso enemigos, pero ella jamás desmaya, para ella Pereira está primero. Puede parecer fanática, pero tras cada acción suya hay amor por su ciudad, de ese que necesitamos ahora por montones. Para la historia quedará esa anécdota en la que algún ciudadano la increpó diciéndole: «Acaso usted se cree dueña de la ciudad?» y ella le respondió: «Sí claro, ¿y usted no?».


