Lo interesante de una imagen como «El Diablo», pregonada por las abuelas de antes, no es asumirla como un anuncio del destino, sino leerla como una metáfora de la condición deshumanizada, por ejemplo, en el ejercicio del poder. Despojada de cualquier pretensión adivinatoria, puede convertirse en un recurso para reflexionar sobre la voluntad democrática y la manera en que cada persona construye o limita su propia existencia. En ese sentido, el “verdadero” diablo rara vez se presenta como una fuerza externa. Con mayor frecuencia adopta formas cotidianas: un detrimento persistente, una costumbre que dejó de servir honestamente, una rara dependencia emocional, la necesidad constante de aprobación, la adulación, el requiebre promiscuo por el erotismo, el odio, el orgullo que impide rectificar o la comodidad de no afrontar el cambio plausible, son cadenas de confusión fortalecidas lentamente hasta el punto de imputar los yerros propios a sus subalternos.
Hay quienes permanecen durante años en relaciones exacerbantes que les restan serenidad porque temen la soledad; otros sostienen ideas que la experiencia ya ha desmentido porque cambiar de opinión parece una derrota; convierten el éxito en apropiación fraudulenta, el prestigio o el poder en el eje absoluto de su identidad, descubriendo tarde que aquello que creían poseer terminó por poseerlos a ellos. El apego no siempre nace del placer desordenado; con frecuencia surge del miedo a perder aquello que demanda su propia codicia.
Desde la psicología contemporánea podría hablarse de sesgos cognitivos, hábitos reforzados o patrones de conducta adquiridos. La filosofía, desde los estoicos hasta los existencialistas, pasando por los dialécticos y deconstructivistas, lo expresaría como la permanente tensión entre el albedrío y el condicionamiento. La neurociencia mostraría que el cerebro tiende a repetir circuitos que le resultan conocidos, incluso cuando producen sufrimiento tóxico. Aunque cambie el lenguaje, la conclusión es semejante: el ser humano corre el riesgo de convertirse en prisionero de aquello que repite sin examinar. Por eso resulta sugerente la invitación a preguntarse: ¿qué estoy sosteniendo que, en realidad, me sostiene a mí? La pregunta invierte la perspectiva. No se trata únicamente de identificar aquello a lo que se está aferrado, sino de descubrir qué necesidades profundas alimentan ese apego como seguridad personal, reconocimiento, control, temor al fracaso o resistencia a aceptar que una etapa terminó.
La pretensión no consiste en vivir sin vínculos ni deseos. Consiste, más bien, en poder elegir cuáles de esos vínculos enriquecen la existencia y cuáles la empobrecen. Toda vida necesita compromisos; el problema aparece cuando ellos dejan de ser elecciones para convertirse en prisiones invisibles y llevaría a la falacia el lema motivacional de ser “Colombia una potencia de la vida”. Es lo mismo no fungir con el sentimiento de propender por la unidad nacional para cerrar brechas sociales a cambio de incitar al resentimiento de clases con llamados a la insubordinación y a la desobediencia civil.
Quizá la mayor enseñanza de esta paráfrasis sea que la equidad no suele conquistarse mediante actos espectaculares. Empieza cuando una persona deja de señalar su mitomanía únicamente a las circunstancias y se atreve a revisar con sinceridad aquello que piensa, siente, desea y repite. En ese examen silencioso nace una forma de emancipación mucho más profunda: la capacidad de gobernar la propia vida con lucidez, pero no fue así. Por el contrario, se constituye en algo peor tal como cultivar la amistad ilegal y el fomento al caos dirigido e intervenciones televisivas vestido de arlequín. En el horizonte quedarán la frustración y el pesar por el engaño. Recuperar el bien común corresponde ahora al ilusionado por la “Patria Milagro”, avanzando, al igual que el nombre de la novela epónima de Marcel Proust, “En busca del tiempo perdido”.
NOTA: El diablo del cuento, no se refiere a Luzbel llamado “El Maligno”, pues aquél en sus delirios es más audaz que este.


