Onésimo Vásquez Posada
Toda comunidad que nace sobre los restos de un tiempo anterior necesita inventarse un origen. Como bien lo recuerda el mito clásico de Huitzilopochtli en la fundación Azteca de la ciudad de México, los pueblos se aferran a relatos fundacionales donde lo milagroso, el sacrificio o la providencia tapan las asperezas de la historia real. En el caso de Pereira, la historiografía tradicional ha perpetuado un mito fundacional casi inalterable: el de la carta pastoral enviada por el padre Remigio Antonio Cañarte desde Cartago el 23 de abril de 1865, en la que agradecía al obispo de Popayán la erección de la Aldea sobre los terrenos supuestamente donados por el doctor Guillermo Pereira Gamba.
Sin embargo, detrás del pergamino piadoso y la memoria romántica se agita una trama compleja de hilos políticos, intereses económicos, omisiones de archivos y un protagonismo absoluto de personajes oriundos de Cartago. Analizar la génesis de Pereira exige descorrer ese velo para entender cómo el pasado colonial y republicano de Cartago dio a luz a una nueva urbe en el corazón del viejo Caldas.
El laberinto documental: El mito de la carta y el vacío de los archivos
El peso que se le ha otorgado históricamente a la carta del padre Cañarte ha relegado a segundo plano un proceso institucional mucho más álgido y terrenal. Ya en 1858, los colonos establecidos en el paraje de Cartagoviejo —el solar donde antaño estuvo ubicada la primitiva Villa de Robledo fundada por los españoles en 1540— habían solicitado al gobierno nacional el reconocimiento formal como aldea. La respuesta fue un portazo burocrático: no había suficientes pobladores para sufragar los gastos administrativos.
Ante el vacío institucional, la respuesta local no se hizo esperar. El gobernador de la Provincia del Quindío, con sede en Cartago, el doctor Ramón Rubiano, tomó cartas en el asunto y nombró de manera provisional un alcalde y un juez para mantener el orden hasta tanto se cristalizara la figura de distrito.
El engranaje jurídico y político real, no obstante, respondía a las altas esferas del poder federal de la época. En el marco de la Constitución de 1863 —que inauguró los Estados Unidos de Colombia bajo la égida del general Tomás Cipriano de Mosquera—, la creación de nuevas entidades territoriales requería la venia del poder caucano. En este tablero, el lugarteniente político de Mosquera era un influyente abogado cartagüeño: Ramón Elías Palau. Innumerables cartas enviadas por Palau a Mosquera documentan la insistencia para autorizar la fundación en el sitio de Cartagoviejo, argumentando no solo la presencia de más de un centenar de habitantes, sino la fidelidad electoral de estos hacia la causa mosquerista.
¿Por qué entonces persiste en el imaginario popular y en las redes la idea simplista de que los únicos artífices fueron Guillermo Pereira Gamba y Jesús María Hormaza? La respuesta es doble:
- La precariedad en la revisión de archivos en Popayán, donde reposan los expedientes reales del Estado Soberano del Cauca.
- La tragedia archivística local: un exalcalde de Cartago, bajo el pretexto de que los documentos antiguos «estaban muy viejos y no se entendían», ordenó incinerar los tesoros documentales de la ciudad, borrando de un plumazo la memoria viva de su propio protagonismo histórico y el “Cartagazo” del 10 de octubre de 1983 y su piromanía no hizo más que continuar la destrucción de documentos de gran valor histórico.
Los Pereira: Entre el mito altruista y la realidad de los intereses
El punto más álgido de la polémica historiográfica gira en torno a la familia Pereira y, en particular, al patriarca José Francisco Pereira Martínez y a su hijo
Guillermo Pereira Gamba.
José Francisco (Cartago, 1783 – Tocaima, 1863) fue una de las mentes jurídicas e intelectuales más brillantes de la Independencia: jurisconsulto, ministro de Estado, compañero de ruta de Bolívar, Santander y Obando, y un terrateniente que desde 1825 comenzó a adquirir predios en el norte del Cauca con la clara visión de propiciar un poblamiento futuro. A su muerte, acaecida en agosto de 1863 en Tocaima, dejó un legado de tierras que la tradición popular convirtió en un acto de altruismo puro: la «donación generosa» de su hijo Guillermo para fundar la ciudad que llevaría su apellido.
No obstante, revisiones críticas como las del historiador Víctor Zuluaga han puesto en jaque esta narrativa hagiográfica. Según los títulos de propiedad y la documentación notarial, los terrenos familiares originales llegaban hasta las inmediaciones del actual aeropuerto Matecaña, perteneciendo los predios exactos de la fundación a los descendientes de Manuel Antonio Gómez de Lasprilla. Desde esta perspectiva, la actuación de Guillermo Pereira Gamba habría respondido a complejas estrategias de valorización de sus propias tierras vecinas más que a un desprendimiento puramente caritativo.
La vida de Guillermo Pereira Gamba retrata fielmente los claroscuros de una época de guerras civiles y pasiones extremas. Anticlerical a ultranza, radical liberal, abogado de renombre y senador, su figura oscilaba entre el esplendor de los salones y la tragedia íntima. Su profunda amistad con el poeta conservador antioqueño Gregorio Gutiérrez González —sellada en las aulas del Colegio San Bartolomé— dejó momentos de conmovedora humanidad, como su peregrinación borrachera y nostálgica al cementerio de Gualteros en Medellín para honrar la tumba de su amigo, o su valiente llamado a cesar el fuego y evitar el derramamiento de sangre tras la toma de Manizales en 1878.
Sin embargo, los malos negocios y el alcohol terminaron dilapidando su fortuna. En julio de 1896, abatido por la pobreza, regresó a las tierras de Cartagoviejo con la esperanza de obtener un lote en la Villa de Robledo. Irónicamente, la Junta Repartidora le dio la espalda: le negaron el solar bajo el argumento de que no residía allí ni era considerado colono. Guillermo Pereira murió el 2 de agosto de 1896, contemplando desde Dosquebradas el tapiz verde del Quindío, olvidado por aquellos mismos que habitaban sobre el sueño territorial ideado por su padre.
Cartago como matriz y el pulso regional
La conformación de Pereira no puede entenderse como un acto espontáneo en despoblado. El sitio elegido guardaba los ecos profundos de la antigua Cartago colonial (1540-1690), aquel nodo estratégico de caminos que conectaba el Cauca con el Magdalena a través del paso del Quindío. Cuando los colonos —impulsados tanto por la marea de la colonización antioqueña como por la iniciativa de las familias letradas de Cartago— ocuparon el territorio en 1863, no pisaron tierra virgen: pisaron un yacimiento de memoria histórica, oro precolombino y ruinas coloniales.
Mientras figuras como el médico cirujano Ramón Rubiano (Gobernador del Quindío que proveyó la primera estructura de autoridad local) y Ramón Elías Palau (el estratega político que canalizó la voluntad de Mosquera desde Cartago) tejían el andamiaje institucional, el sacerdote Remigio Antonio Cañarte aportaba el pegamento espiritual y pastoral indispensable para consolidar el asentamiento humano.
Conclusión
La historia de la conformación de Pereira es mucho más rica y compleja que el simple relato de una donación patriótica o una carta eclesiástica. Es el resultado de una convergencia histórica donde Cartago actuó como la matriz política, administrativa y demográfica inicial; donde funcionarios como Ramón Rubiano y Ramón Elías Palau abrieron los cauces legales ante el poder central de Mosquera; donde el cura Cañarte congregó las almas; y donde la familia Pereira aportó el apellido simbólico y la impronta de un proyecto territorial que sobrevivió a las contradicciones, la pobreza y el olvido de sus propios creadores. Despojar a Pereira de su mito fundacional no empobrece su historia; por el contrario, la devuelve a su dimensión verdaderamente humana, política y social.


