Es una de las más conocidas y dio origen a la llamada “música de carrilera”, hoy, música de despecho, guasca, guascarrilera, tusa y cantinera, siendo escuchada en todos los rincones de los pueblos y cantada en medio del licor, combustible elegido para alimentar los sentimientos de todo tipo, que, en este caso en particular, de odio, rabia, desprecio, celos, no precisamente de amor, respeto, consideración, bondad, etc.
Culturalmente se la ha rotulado como una canción de humor de carrilera, devela como ciertas manifestaciones normalizan la violencia familiar, las conductas obsesivas y la agresión sistémica, que aunque se escuche en espacios festivos o de despecho, su letra, con una visible crudeza, describe dinámicas relacionales altamente patológicas, que casi sin darse cuenta, la persona que la escucha, la está interpretando automáticamente, sin detenerse a analizar su contenido y el efecto que le ocasiona a su personalidad, comportamiento familiar y vida en sociedad.
La canción abre su escenario en una cantina de San Roque en 1924, municipio de Antioquia, (otros dicen que la cantina estaba ubicada en Medellín), donde nació su compositor, el maestro colombiano, señor Jaime Rincón Parra (quien también fuera el fundador de Discos Ondina de la capital antioqueña, ayudando a la mayoría de artistas colombianos), con una riña entre una pareja de novios. Al parecer fue inspirada en los celos extremos, el desprecio y la ira provocada por una infidelidad o un amor no correspondido. Rincón plasmó en la letra una catarsis exagerada y visceral de dolor y venganza amorosa.
“En una cantina lo encontré, en una cantina lo perdí, y hoy voy de cantina en cantina buscando al ingrato que me abandonó. Si no me querés, te corto la cara con una cuchilla de esas de afeitar, y el día de la boda te doy puñaladas, te arranco el ombligo y mato a tu mamá…” “Borracho yo lo he de encontrar, borracho y tirado en un andén, borracho y toítico gomitao, al pie de una vitrola llorando su desdén”
Me imagino a muchos de ustedes recordando las veces que la bailaron o la cantaron como una canción realmente, divertida, graciosa, de humor.
Pues, resulta que encierra en sus versos todo el odio que nadie se ha podido imaginar. El alcohol, que actúa como un desinhibidor conductual, tanto para la víctima como para el victimario, nos lleva a pensar en la importancia del desamparo y el consumo problemático de sustancias psicoactivas, incluyendo algunos antidepresivos, aparentemente inofensivas: una copita de vino que nos identifica como bebedores sociales, luego dos, después medio de “Amarillo”, porque el otro se acabó y sin darnos cuenta, traspasamos el límite de la sobriedad y el control consciente de nuestras emociones, dentro del entorno familiar, debilitando el control de impulsos, transformando el dolor de una ruptura o desengaño en ira abierta y destructiva, que puede originar hechos de agresividad física, e incluso, cometer feminicidio. Como decía mi suegro Néstor, “es mejor estar a media caña, (aclaro, nunca fue alcohólico) pues, la vida en sano juicio es imposible vivirla”, sin perder el pleno manejo de sus emociones y sentimientos.
Borracho y toítico gomitao, es decir, sin control, sin dignidad, vergonzoso estado de abandono físico y mental.
La premisa central de la canción radica en el condicionamiento “si no me querés, te corto la cara, con una cuchilla de esas de afeitar…” la amenaza es en la cara, parte totalmente visible para todo el mundo, una marca de pertenencia, de recordación permanente, con una cuchilla de esas de afeitar para que la herida sea más limpia y difícil de curar. Esta expresión refleja un modelo de apego patológico, ansioso, ambivalente o desorganizado donde la validación personal depón ende exclusivamente del otro.
Al no existir una aceptación de la libre voluntad de la autonomía de la pareja, el abandono es percibido como una amenaza de aniquilación del “yo”, lo que justifica en la mente del agresor la violencia física como mecanismo de control.
Sin embargo, esta amenaza no se queda ahí, va escalando hacia la agresión y el sadismo impulsivo “te arranco el ombligo y mato a tu mama…” es una metáfora de arrancar de raíz la existencia y el origen de la otra persona, enlazando directamente el asesinato de la madre, la eliminación de la raíz vital del agresor ficticio. Es más que lógico que si además amenazan la vida de la madre, se garantiza el resultado, el temor y el deseo de proteger a la progenitora, lleva a la agredida a cumplir todas las exigencia del enamorado burlado o traicionado o iracundo.
El agresor justifica su violencia bajo la lógica de que la víctima provocó el ataque al dejar de amarle: “si no me querés…”
Estas canciones fomentan que los impulsos violentos se vean como una respuesta “esperable” ante la traición, disminuyendo el control de reacciones y la responsabilidad afectiva.
Desde la psicología social, estas canciones que legitiman las dinámicas descritas, funcionan como violencia simbólica. Al cantarse de manera colectiva y generacional en los hogares, los niños y adultos aceptan que la agresión verbal, la humillación y las amenazas de muerte, son componentes folclóricos del amor.
Es tan delicada la situación que durante décadas la hemos pasado por desapercibida, que su normalización dificulta que as víctimas identifiquen las primeras señales de alarma, (banderas rojas o red flags) dentro del círculo de la violencia intrafamiliar.
Esta canción apareció a finales de la década de los años 70, registrada formalmente en álbumes recopilatorios de éxitos de carrileras en 1980, convirtiéndose rápidamente en el mayor clásico del género guasca y de carrilera en Colombia.
Fabiola y Nelly Calle, nacidas en Ciudad Bolívar, municipio de Antioquia, ubicado en el suroeste antioqueño. Nelly Calle falleció en 2003 y Fabiola continuó con el dúo, con varias coequiperas, siendo su actual compañera Irma Doris Salas.
En conclusión, esta canción denota una baja tolerancia a la frustración y una nula regulación emocional, que, en contextos reales de violencia familiar, funciona como un mecanismo de intimidación y coacción, además:
Dinámicas extremas de dependencia emocional.
Violencia simbólica.
Normalización de la agresión.
Dinámicas transgeneracionales.
Mecanismos de control y persuasión, a través de la manipulación psicológica.
Pérdida de la dignidad propia y respeto por el otro.
Motivación al abuso de sustancias dañinas y la dependencia emocional.
La humillación pública y privada.
¿Qué opinan que esta canción sea llamada “El himno de la música carrilera o de despecho en Colombia”?
¿Después de conocer este análisis, volverías a entonar “la cuchilla” de la misma manera?
¿A pesar de su componente altamente violento, dejarías que tus hijos la canten?
Haz click en el siguiente enlace para escuchar la canción “la cuchilla” de las hermanitas calle.
Olga Cecilia Trejos Buriticá



Buen día, a decir verdad no me gusta mucho la carrilera por el mensaje que dejan casi todas las canciones en general.
No deja muy buena huella en las nuevas generaciones, tenemos que ir cambiando de poco éste modo de pensar teniendo en cuenta que la música es el idioma universal.
Para mí no debiera de ser el himno del despecho.
Excelente día.
Totalmente de acuerdo Olga Cecilia y estás haciendo una excelente labor: mostrar cómo la música sin darse cuenta impulsa una cultura de la violencia y del manejo patológico y antisocial de la frustració, sea esta justificada o no. Y la del artículo de hoy «La cuchilla» es un caso extremo, nada divertido, pero hay centenares de canciones, famosas, bien musicalizadas e interpretadas que producen pésimos sentimientos, actitudes y acciones que a veces se convierten en tragedias y delitos.
Esas canciones se escuchan mucho en bares y cantinas de pueblos y veredas y se vuelven mecanismos de «culturizacion», poco a poco van creando una cultura que guía el comportamiento de la gente y la forma de construir sus relaciones, especialmente las relaciones de pareja. De ahí viene tanta violencia en dichas relaciones, el despecho se traduce en venganzas, golpes e insultos.