* Miedo a la virtud, excelencia de merecer ser mejores.
* Objetivo que el distinto no tenga su mayor logro.
Campeón de ligas máximas enseñó a su tribu global que era capaz de ganar en último instante, minutos finales. Blanco europeo. Goles al final.
Allende el atlántico caribe, una selección de gran talento acostumbró a los suyos en indefensión aprendida que era normal perder en ese instante final. Tricolor. Todos sabían el factor diferencial, diagnóstico. Nadie solucionaba. ¿Por qué? . ¿Cuestión de ADN?. ¿Irremediable?.
Era un territorio que vivía del autosabotaje. Mitad contra el resto y viceversa. ¿Algo que ver lo uno con lo otro?. ¿Familia adversa? ¿Incapacidad, resignación, negación de confianza y conciencia de unidad de esfuerzo? ¿Necesidad de anular al otro?. «Que no sea mejor posible ni tenga más que yo..» ¿…? .
El símbolo de unidad y tregua mientras duraba el juego y la dicha en la pantalla y su jolgorio, ese icono de juntos podemos, tenía pendiente llegar a una cúspide irrefutable que confirmara la confianza de somos lo que creímos ser tanto tiempo en que se nos fue la dicha en el último instante.
El famoso faltante de los últimos cinco centavitos para ser dicha completa. No había indicio a la vista de llegar a sobrepasar esa suerte autoimpuesta.
Después de tres en serie en contra, cuando habíamos creído invictus que nada nos devolvería, tocaba sufrir el siguiente evento, el partido que sigue a ver si éramos capaces de merecer lo que debía ser posible con todo lo que hay.
Quizá era el miedo y fatalismo de familia que llegó a creer que no merecía lo mejor. «Nos está yendo tan bien que algo va a pasar…qué miedo «. Aún así había la costumbre placebo de creer ser felices a mayor entretención y engaño. Todo como hace cien años ahora con los juguetes que controlan la autonomía cognitiva en la revolución digital. Los espejos, imanes y el humo del hielo cien años atrás en Macondo. Mismo efecto. Suerte echada. Atentos al próximo sabotaje adversario por dentro con fuego amigo. Exorcismo indescifrable.


