Hay cosas en la ciudad que vemos todos los días…pero casi nunca nos detenemos a entender.
Las araucarias del Parque de Bolívar en Santa Rosa de Cabal son un buen ejemplo. Están ahí desde hace décadas, imponentes, silenciosas. Muchos las reconocen como símbolo, pocos saben que fueron sembradas en un momento en que la ciudad quería parecer más “moderna”, más ordenada, más urbana: pasando de la villa al pueblo. Y menos aún que su número, doce, no fue casual: representaban a los doce apóstoles. Terminan siendo el sello de la ciudad modelo.
No es un detalle menor. Es una decisión que mezcla de fé, la estética y la visión de la ciudad, que para su entonces era diseñada y construida bajo muchas ideas de los religiosos conservadores que en ella florecen, como la comunidad vicentina.
Y ahí aparece una idea que vale la pena poner sobre la mesa: las ciudades también comunican. Siempre lo han hecho.
El urbanista danés Jan Gehl insiste en que la forma en que diseñamos los espacios influye directamente en cómo vivimos y nos relacionamos. No es solo infraestructura. Es cultura construida.
Pasa en todas partes. En Barcelona, por ejemplo, el Eixample no sólo resolvió un problema de expansión urbana en el siglo XIX. Su diseño en cuadrícula, con esquinas abiertas, buscaba mejorar la ventilación, la luz… y también la vida social. Era una forma de decir: aquí se vive distinto.
En Curitiba, el sistema de transporte no fue solo una solución técnica. Fue una declaración de principios: priorizar lo público sobre lo privado. Décadas después, sigue siendo referencia mundial.
Y en Medellín, las escaleras eléctricas de la Comuna 13 o el Metrocable no son solo obras de infraestructura. Son símbolos de inclusión, de una ciudad que decidió reconectar territorios históricamente olvidados. Toda la obra de Sergio Fajardo en la ciudad es el ejemplo perfecto, urbanismo, inclusión, transformación social, una ciudad con identidad.
Nada de eso es casualidad. Pero aquí viene el problema. Hoy seguimos construyendo ciudades… pero cada vez las entendemos menos.
Levantamos edificios, abrimos vías, transformamos espacios, pero rara vez nos preguntamos qué están diciendo esas decisiones. Qué historia cuentan. Qué identidad están construyendo. El geógrafo David Harvey lo ha explicado de forma sencilla: la ciudad no es solo un lugar donde vivimos, es una expresión de las relaciones sociales, económicas y políticas de su tiempo.
Es decir, la ciudad habla.El problema es que dejamos de escucharla. Y cuando dejamos de entender lo que tenemos… también perdemos la capacidad de construir mejor. Porque no se trata solo de crecer. Se trata de saber hacia dónde y por qué. Tal vez por eso vale la pena volver a mirar con más atención lo cotidiano. Preguntarse por los árboles, por las plazas, por los barrios, por las decisiones que dieron forma a lo que hoy parece obvio.
Porque al final, nada en la ciudad es casualidad… el problema es que dejamos de preguntarnos por qué.
Más en en mi blog: Vida Sabática:
https://blogvidasabatica.blogspot.com/
Textos, imágenes y conversaciones para entender la ciudad desde otra mirada.
*Investigador y consultor en Sostenibilidad de Ciudades y Territorios, Economía Ambiental y Servicios Públicos.



Que buena columna y reflexión. No deje de escribir sobre el tema. Excelentes las referencias. Lo puedo citar en una de mis columnas ?