De comunicar historias a traducir decisiones.
Entre la técnica, la vida y la palabra.
Hay momentos que lo obligan a uno a mirarse desde afuera.
Recuerdo uno con claridad: volando en el avión presidencial, en medio de una misión de trabajo, rodeado de documentos técnicos, agendas apretadas y decisiones de alto nivel. Afuera, el país se veía pequeño desde la ventana.
Adentro, las responsabilidades eran enormes.
Y en ese contraste apareció la pregunta que me hice: ¿en qué momento pasé de ser comunicador a convertirme en un policy maker?
La respuesta no fue inmediata.
Pero con los años se ha vuelto evidente: nunca dejé de ser comunicador.
Solo entendí que la comunicación no era un complemento de la política pública, sino su columna vertebral.
Mi formación empezó en las aulas: Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, y una licenciatura en español, literatura y comunicaciones en la Universidad Tecnológica de Pereira. Luego vinieron las especializaciones y la maestría en Dirección Estratégica de Proyectos en la UNIR de España.
Todo eso construyó base, método, estructura. Si.
Pero sería un error pensar que ahí se define una trayectoria.
Lo que realmente transforma es el terreno. El territorio y no el escritorio.
Porque hay profesiones que se enseñan. Y hay otras que se construyen enfrentando realidades complejas, tomando decisiones bajo presión y, sobre todo, asumiendo la responsabilidad de explicar lo que parece imposible de entender.
Eso es lo que hago. Traducir.
Traducir leyes en lenguaje claro. Traducir cifras en impactos reales. Traducir decisiones de Estado en mensajes que la gente pueda comprender sin sentirse excluida.
Y eso, en países como el nuestro, que nuestra gente entienda, no es un detalle menor.
Es una línea que separa la inclusión de la indiferencia, de la exclusión.
El que no entiende, queda por fuera. Y el que queda por fuera, pierde. Así de simple.
He trabajado con diferentes gobiernos aquí y allá, con organismos multilaterales como el Banco Mundial y el BID, en más de una decena de países, participando en escenarios donde se define política pública.
Pero también he estado en el otro extremo: escuchando a ciudadanos, entendiendo sus dudas, conviviendo con ellos en sus caseríos o en sus tambos, durmiendo en chinchorros, leyendo a la luz de una vela, viajando en burro por las montañas de la Sierra Nevada o desplazándome en los “potrillos” de los ríos del pacífico, enfrentando la frustración que genera un Estado que no logra explicarse.
Ahí es donde todo cobra sentido.
Porque comunicar no es adornar discursos ni suavizar decisiones.
Es asumir una responsabilidad ética. Es entender que un mensaje mal explicado puede ser tan grave como una mala decisión.
Con el tiempo, uno deja de querer sonar bien y empieza a querer ser entendido.
Deja de escribir para impresionar y empieza a escribir para conectar.
Porque no hay nada más inútil que un mensaje técnicamente impecable que nadie comprende.
Y en medio de todo, la vida también interviene.
No como teoría, sino como prueba. Enfermedades, momentos límite, silencios obligados. Instantes donde los títulos no sirven y la experiencia técnica no alcanza.
Ahí aparece lo que no se enseña en ninguna universidad: la fe, la familia, la resiliencia.
Eso también forma.
Hoy, si tuviera que definirme, no lo haría desde los cargos ni desde los logros.
Diría, más bien, que soy alguien que ha aprendido a moverse entre dos mundos —el técnico y el humano— y a construir un puente entre ambos.
Porque al final, la política pública sin comunicación es incompleta. Y la comunicación sin propósito es vacía.
Y en ese punto exacto —donde se cruzan la técnica, la vida y la palabra— es donde sigo trabajando. Porque al final, explicar bien no es un lujo ni una habilidad adicional: es una obligación.
Porque cuando la gente entiende, decide mejor. Y cuando decide mejor, el país y su gente avanzan.
Y en un país donde tantas decisiones pasan sin ser comprendidas, el reto no es solo de quien comunica, sino también de quien escucha.
Hagamos algo distinto: no normalicemos no entender. Preguntemos, cuestionemos, exijamos claridad. Porque solo cuando entendemos, realmente participamos.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador, Consultor y Columnista



Excelente reflexión, la comunicación es la base de toda relación y creo que no le damos tanta importancia en el día a día, pero que si lo hiciéramos nos ahorraríamos muchos dolores de cabeza.
Gracias por ese llamado,